COLUMNISTAS
POLITICA Y PRAGMATISMO

Aproximación a la dilemática

La política constituye un desafío teórico fascinante para quien se dedica a la filosofía. Decir política equivale a nombrar a la actualidad y establecer relaciones distintivas entre los sucesos que nos son contemporáneos.

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La política constituye un desafío teórico fascinante para quien se dedica a la filosofía. Decir política equivale a nombrar a la actualidad y establecer relaciones distintivas entre los sucesos que nos son contemporáneos. Bien dijo Foucault que lo actual se caracteriza por su diferencia. Aquello que sucede en el presente es singular por las variaciones del juego de la historia, es inventivo y produce novedades, y los intentos de buscar en el pasado recursos intelectuales para dirimir la contingencia de lo que sucede hoy, pierde calidad en la observación, ignora matices e interpreta a los protagonistas como reencarnaciones.

No hay teoría sobre la actualidad como tampoco la hay sobre la política. Los paradigmas teoricistas sobre la esencia de la democracia, el análisis de los mecanismos de la representación política en general de acuerdo con los parámetros evaluados por organizaciones internacionales, las disertaciones sobre el rol del Estado en el mundo otra vez en general, todos los incisos detallados de los informes sobre arquetipos y tipologías apreciados por las firmas globales y fundaciones no gubernamentales son más bien autocomplacientes y autosustentables. Se consumen ahí mismo en donde se producen.

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Bien pueden escribirse tomos enteros para caracterizar lo político en relación con lo teológico, articularlo a una semiología de conjuntos o a una ontología del acontecimiento, construir modelos abstractos formales o cuantitativos, estas neuropatías digitales, a la vez que piruetas monográficas, no son más que divertimentos que calientan la cabeza –lo que no es poco– y que no tienen el menor sentido práctico salvo en los pocos casos en los que a la manía de generalizar agregan una intuición empírica o una dosis mínima de sentido común que favorezcan una comprensión de las singularidades.

Y la política, les guste o no a los nostálgicos de la épica heroica o de la teoría sutil, es pragmática, lo que no quiere decir que sea amoral sino que es una práctica social que debe dar cuenta de sus resultados.

Este desafío es muy apreciado por los aficionados a la filosofía porque nos sitúan frente a dilemas. Quienes se acercan a la filosofía como a una ciencia en la que se enuncian problemas están obligados a encontrar soluciones, despejar incógnitas y resolver antinomias. Sienten que cumplen con el mandamiento del rigor y la seriedad imitando a las ciencias. Pero quienes ven nuestra tradicional disciplina desde otro ángulo, el de la conjetura, la paradoja, la búsqueda, la problematización, en suma, el dispositivo de una máquina de soplos pensantes voraz e inquieta, saben que el pensamiento se nutre de dilemas, y los mismos no tienen solución. Al no haber una vía regia de acceso al laberinto que debemos atravesar, nos vemos obligados a pensar una salida frente a las dificultades que nos presentan los dilemas. Es necesario tomar una decisión. Decisión y no solución, salida y no demostración.

Las decisiones tienen un costo, se hacen a pérdida, no es que se pierda todo lo que se juega, pero no se gana todo ni todos ganan. Por eso es difícil asumir el aspecto dilemático de las dificultades, porque no superamos el aspecto conflictivo de los problemas.

Se puede tener o no tener la fuerza para soportar el costo de las decisiones. Uno de los modos de postergarlo o eludirlo es buscar el consenso o invocar el diálogo. Se peca de un excesivo optimismo, o ingenuidad, cuando se piensa que existe el justo medio no sólo en la política sino en las cuestiones humanas.

La posesión o la carencia de la fuerza que se necesita para hacerse cargo de las decisiones nos da un cuadro de situación de la consistencia de una acción política.

La dilemática es el estudio de los dilemas del pensamiento en situaciones históricas. No son juegos concebidos mediante abstracciones, sino acciones y alternativas efectivas que se dan en distintos momentos de la historia.

Los historiadores abocados al estudio concreto de situaciones concretas hacen del pasado un momento presente y vivo al restituir los límites de la acción humana en los escenarios políticos. Los actores sociales no tienen todos los elementos y las informaciones del momento en que viven. No circunvalan su tiempo ni el mundo que habitan. Toman decisiones con información incompleta. Mostrar el cuadro casi crudo de la actualidad ya pretérita es una tarea que realiza el historiador que entiende de política.

El que no comprende el peso de la contigencia en las acciones humanas postula una supuesta inteligibilidad, una consciencia preclara y una extrema lucidez en los agentes sociales, o una falsa conciencia manipulada por demonios antes de ser iluminada por alucinados, que no es más que la posición del analista investigador que ya conoce el desenlace del juego y lo vuelca en las piezas del tablero. Su historia no es racional sino racionalista, demasiado hervida, y encuadra la volatilidad de los tiempos presentes en entelequias supuestamente coherentes, una cuadrícula higiénica a la luz de la matricería ideológica sólo comprensible para un deus ex machina que planea sobre nuestras insignificantes cabezas.

La misma desorientación analítica de la que somos testigos en el presente es la normalidad de cada momento histórico. Esto no quiere decir que los hombres vivan en una crasa ignorancia en medio de la neblina. Por el contrario, la lucidez se juega en la combinación entre análisis y decisiones, azar y necesidad, entre lo posible y lo imprevisible.

Los tiempos de la historia también nos hablan del peso de la cotidianeidad, del transcurrir moroso del día a día en el que los hombres transitan sus vidas, de la enorme importancia de la banalidad. Estamos acostumbrados a interpretar la historia como una construcción de un relato de intensidades extremas protagonizado por enfervorizados doctrinarios y militantes sacrificados. Hemos reducido el acontecer humano a la bisabra poder-ideología como en épocas pretéritas el conocimiento universal del hombre se resolvía en la juntura alma-cuerpo.

Que nada sea sin poder no quiere decir que todo sea poder, ni que esté al servicio del poder, ni que cada expresión o signo de vida sea un producto social, ni que los pueblos primero deben adoctrinarse, luego deliberar y después hacer lo que los mensajes dictan. Son mitologías racionalistas que pueden terminar en delirios de agitación que nos hablan de asambleas permanentes, pasatismos anarquizantes y burbujas rizomáticas, o de controles y planificaciones a cargo de almas bellas de las burocracias del saber, para que los hombres decidan juntos su destino y no sean violados en su virginidad moral. Son numerosas las formas mágicas de la interacción social que los estudios de los especialistas llamados praxeólogos adjuntarán a sus ya profusas tesis de posgrado.


*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).