¿Messi o Riquelme? El fútbol patrio se resiste a tener que optar: quisiera la suma en vez de la resta, sueña con conciliaciones; o bien se pudre y se divide y elige a uno y descarta al otro: salva y crucifica. Messi o Riquelme parece ser la disyuntiva de la hora, en un país que funciona a fuerza de disyuntivas en cualquier rubro de que se trate. Me permito interponer en la cuestión a un tercero en discordia, o a un tercero en concordia si se quiere. Es Maxi López. ¿Maxi López, el blondo centroforward, el consorte de Wanda Nara? El mismo, sí. ¿Lo pido para la Selección? No lo pido para la Selección, no estoy hablando de fútbol, estoy hablando de argentinidades posibles. Me desentiendo por lo tanto de las prestaciones deportivas de los futbolistas en cuestión, y me concentro en lo que todo futbolista es en potencia: una figuración posible de la argentinidad. Sobre todo cuando juega para la Selección argentina (llamada “Selección” a secas, así como Aerolíneas Argentinas pasó a llamarse “Aerolíneas” a secas) o cuando es transferido a algún club europeo de importancia. Estos tres: Messi, Riquelme y López han pasado al Barcelona; cada uno en su momento, cada uno a su manera, portador cada uno de una imagen singular de lo que ser argentino supone.
Messi encarna en estos días una ambición muy arraigada en todo tiempo: la de ser los mejores del mundo. Persuadidos de que Dios nos bendijo con privilegio al concedernos cuatro climas y un suelo pródigo, la de ser los mejores del mundo ha llegado a ser menos una pretensión que un convencimiento. Es un destino, ni siquiera una posibilidad. Es un destino. Y ese destino se aloja hoy en día en Lionel Messi, quien para eso ha tenido que pagar el mismo precio que otros pagaron antes: el precio de ausentarse del país desde chiquito. Messi en este suelo no crecía. Hoy florece en el Camp Nou.
Riquelme constituye, por su parte, una variante no menos significativa para el repertorio usual de mitologías patrias. Llegó a Barcelona precedido por la fama de un talento de excepción. ¿Era mentira? Era verdad, la pura verdad. Riquelme es un gran jugador, dotado de extraordinarias aptitudes técnicas y una notable inteligencia de juego. Pero no hubo fortuna en su paso por el Barca. Pudo más ese desapego descomunal del que Riquelme hace gala, el desgano y la reticencia que si se lo propone ejerce a la perfección, ese temperamento Bartleby que a veces se adueña de él o del que él a veces se adueña. ¿Le faltó genio? Para nada, más bien lo desperdició. Y en esa figura, la del desperdicio, la del futuro de grandeza perdido, la de la potencia infinita que nunca se realiza, plasma Riquelme la cifra acabada de otra posible argentinidad (lo de Saviola en Barcelona fue distinto. Con él se tiene la impresión de que lo desperdiciaron; con Riquelme, la de que él se desperdició).
Estas dos líneas rectoras, la del éxito y la del desperdicio, la del genio logrado y la del genio malogrado, ¿no pueden acaso combinarse, no pueden fusionarse incluso? Por supuesto que pueden, y de hecho esa fusión existió. ¿Qué otra cosa fue Maradona, en definitiva? Atendamos sobre todo a su opaco paso por Barcelona allá en 1982. Maradona fue el mejor jugador del mundo, y al mismo tiempo dejó la sensación de que podría haber llegado todavía más lejos. Lo dio todo, y a la vez podría haber dado más. Todo lo logró, pero también se malogró. Rindió y se desperdició. Le sobró y le faltó.
Esa figura, que en Maradona se completaba, actualmente se divide en dos. Uno es Messi, el otro es Riquelme. Uno sostiene la convicción de ser los mejores del mundo. El otro señala la opción de no serlo, pero pudiendo haberlo sido y hasta debiendo haberlo sido. Así nos imaginamos, con destinos de grandeza que se alcanzan o se pierden pero que siempre suponemos nos van a estar esperando. Ahora bien, ¿qué pasa si agregamos a Maxi López al planteo del problema? Maxi López no tiene un gran talento, no nació para triunfar. No es un genio, no lo tocó la varita mágica de ningún Dios. Juega normal, no es extraordinario. Y aun así, hace un tiempo, el Barcelona lo compró. O sea que puede decirse que además de todo tuvo suerte, que llegó más alto de lo esperado.
¿No deberíamos razonar así: que ningún Dios nos bendijo ni es argentino, que no somos extraordinarios, que no estamos condenados al éxito, que no somos los mejores del mundo ni tendríamos por qué serlo? ¿Y si fuera Maxi López el jugador que de veras nos representa? ¿El mismo y Wanda Nara, su otro yo, su complemento?