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COLUMNISTAS / traducciones
sábado 6 julio, 2019

Aventuras de Stevenson

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por Daniel Guebel

default Foto: CEDOC
sábado 6 julio, 2019

Hace una semana, revisando las mesas de saldo, encuentro una vieja edición de editorial Losada: Secuestrado, de Robert Louis Stevenson. Sucia de polvo, resplandeciente el brillo plastificado de la tapa, el precio de lo más adecuado. No leí el libro ni recuerdo que alguien me lo haya mencionado. Me unen a Stevenson no las atracciones del estilo sino las peripecias del acontecimiento.

Una vez, en la adolescencia, de vacaciones en Esquel, me quedé sin provisión de libros cuando acampaba frente al lago así que volví al pueblo y en una librería compré una edición de su novela breve Aventuras de un cadáver. (Parece increíble escribirlo ahora, pero hubo una época, en la Argentina, en que un adolescente de clase media podía contar con el dinero suficiente para tomarse vacaciones y comprar libros, lo que quiere decir que había familias que podían pagar sin mayores sacrificios las vacaciones de su prole.)

El caso es que me compré el libro y empecé a leerlo. Apenas pasadas algunas páginas, algo me molestó, algo no me interesó, o algo capturó mi atención de manera tan particular que me sentí invadido por el disgusto y –como tampoco tenía tanta plata para comprarme otro, pero quería seguir leyendo algo, lo que fuera– arranqué algunas páginas del ejemplar y fui a devolverlo a la librería alegando que estaba incompleto. La escena todavía me remuerde la conciencia, porque expresaba una irresponsabilidad y una alevosía que yo ignoraba tener, y al mismo tiempo contenía algo de la avidez y el egoísmo que poseen las personalidades en formación cuando eligieron su destino. En la librería pueblerina me cambiaron sin mayor problema el libro por cualquiera. Pero lo importante para mí es que décadas más tarde, habiendo olvidado por completo, estratégicamente, aquella novela rechazada y apenas intuida, me apropié y modifiqué su argumento para escribir una versión de esa historia que no terminé de conocer.

Sería innecesario abundar sobre ciertas renuncias prematuras a leer que producen a futuro deseos de escribir, pero no sobra decir que en ese rechazo en apariencia injustificado de mi adolescencia de lector se encuentra una fuente, la claridad de un encuentro o descubrimiento futuro que produce un destello demasiado fuerte, esa clase de fulgor del que un autor incipiente debe cuidarse.

Yendo al autor: la edición de Losada es de 1999 y está traducida y prologada por Marcelo Cohen. Eso sumaba un doble o triple atractivo para la adquisición. La garantía absoluta de la calidad de la traducción  y la inteligencia poderosa del traductor aplicada a la lectura del libro que traduce y conoce como nadie. En algún punto ya me gustan más los prólogos que el texto completo, capturar el núcleo con la intensidad de un punto de vista (ajeno). Tomo el libro entre manos, voy a la contratapa, y, pequeño milagro, solo que ahora perceptible por repetición del efecto, en la contratapa están resumidas las aventuras del personaje de la novela que estoy escribiendo o que dejaré de inmediato.

Volviendo a Marcelo Cohen: mientras pagaba en caja por la compra (nada de arrancar las páginas luego), recordé que hace unas décadas estuve en España y por recomendación de alguien (¡ya no recuerdo quién! La edad, la edad…) fui a verlo a Cohen, a quien no conocía y que por entonces vivía allí (¿Barcelona o Madrid?). Nunca fui tratado con tanta amabilidad en mi vida. En algún momento salimos a caminar por una calle plagada de librerías y entramos a una y Cohen me dice: “Te voy a regalar un libro” y estira la mano y toma de una mesa una novela de Stevenson. Con un escrúpulo de vergüenza le digo: “No, ésa no. No la pude leer”, y a cambio de confiarle la verdad le digo: “Está muy mal traducida”. Era, claro, Aventuras de un cadáver. ¿Cómo podía estimar yo la calidad de una traducción, siendo monolingüe? ¿Cómo se podía ser tan farsante? Supongo que en mi función de escritor debutante y menor que el escritor admirado, quería impresionarlo de alguna manera, asentar en la mente del otro las bases de mi propia autonomía. Cohen sonrió: “Puede ser, seguro. La traducción es mía”, dijo suavemente, piadosamente.


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