26th de February de 2021
COLUMNISTAS revanchas
01-01-2021 23:37

Aventuras del niño Guebel

01-01-2021 23:37

Mediados de la década del 60, durante la medieval dictadura de Onganía. En la Localidad de San Andrés, perteneciente al partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, el niño Guebel asiste a la escuela Nº 20, Juan Bautista Alberdi, cubierto de guardapolvo blanco, pantalones con rodilleras, corbata al uso, y luciendo el pelo corto que es de rigor. La escuela parece apostar al ministerio de la nada: nada se enseña, nada se aprende, excepto el tedio, la violencia larvada o explosiva. Se suceden los años de marasmo educativo, cada uno a cargo de un maestro/a distinto/a. De pronto, el milagro. En sexto grado aparece la, llamémosle señorita A. La señorita A. es rubia, alta, esbelta, hermosa, lo hueco de los adjetivos no le hace justicia: fue segunda princesa en un concurso de belleza de la Capital. Los alumnos no entienden cómo otras pudieron superarla. Además, es activa, atractiva, soltera: una mujer independiente. Usa polleras por encima de la rodilla, módicas minifaldas, y cuando se sienta a su escritorio y se cruza de piernas sus admiradores preadolescentes pueden atestiguar en vertiginosos éxtasis la suavidad de sus muslos rotundos y firmes, cubiertos por medias de seda o de nylon que concluyen, marcando la diferencia entre naturaleza y cultura, en lo más alto. La señorita A. es estimulante pero desafiante. Y el director del colegio no tolera lo que desea y hay una disputa por la extensión de la falda y tal vez por otros asuntos y la señorita A. es sustituida, cerca de fin del año escolar, por otra, una cualquiera. Después, vacaciones.

En el primer día de la vuelta a clases del siguiente año, el niño Guebel entra al colegio con la esperanza de la reiteración del milagro, pero a cambio de la señorita A. le toca la, llamémosla, señorita Z. Petisa, morocha, feúcha, amargada. El niño Guebel, que con A. se creía favorecido, se encuentra de pronto, con Z., disminuido. Z. no lo aprecia. Le molestan sus inquietudes, su nerviosismo, su afán de saber y sus ganas de molestar, y hasta termina diciéndole que es la manzana podrida de la división. El niño Guebel, que no come vidrio, en lugar de contestar como la malvada merece prepara a fuego lento su venganza. En el acto de fin de curso, cuando los maestros de séptimo deban entregar su diploma de egreso a cada alumno de su división, él, luego de recibirlo, tomándolo con expresión seria, dará media vuelta y abandonará el colegio sin saludar ni despedirse de Z. Anticipa y se complace también en una escena que ocurrirá veinticinco años más tarde: el niño Guebel vuelve al colegio convertido en un escritor famoso, un gran escritor, reconocido en todo el mundo, el sistema solar y en la totalidad de las galaxias, traducido en los idiomas del Universo y premiado hasta en los confines del mismo. Vuelve al colegio a recibir el homenaje que deberá rendirle la misma señorita Z., arrodillándose y pidiéndole disculpas por el maltrato que le prodigó en su lejana infancia.

La escena compensatoria no se cumple del modo en que el niño Guebel anticipa. El día del acto, la hipócrita de la señorita Z., cuando llega su turno, lo mira, le sonríe por primera y única vez, y le dice: “Y vos, Guebelito, que te portaste tan mal durante todo el año, ¿no vas a darle un beso a tu maestra?”.  El niño Guebel se adelanta dispuesto a humillarla con la expresión del mayor de los desprecios, tomar, gélido y soberbio, el diploma, y retirarse, pero en vez de eso se acerca, se inclina sobre ella, huele el perfume apestoso del spray con que la señorita Z fija la torre capilar con la que compensa su baja estatura, y apoya los labios en la mejilla de la infame.

Pasan años antes de que, ya no tan niño, el niño Guebel acepte que la escena de reparación no ocurrirá. El nunca volvió a esa escuela, nunca lo llamaron ni lo llamarán para acto alguno, y, además, es posible que la señorita A. y la señorita Z. hayan pasado a nula vida. Pero el milagro existió, y doblemente. Con una maestra el niño Guebel descubrió el amor. Con la otra, aprendió acerca de la espera, el rencor, el resentimiento y la decepción; se encontró con su íntima debilidad y entendió lo innecesario de cultivar el deseo de revancha.

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