“La indignación moral es, en la mayoría de los casos, un dos por ciento de moral, un cuarenta y ocho por ciento de indignación y un cincuenta por ciento de envidia.”
Vittorio de Sica.
No todo tiempo pasado fue mejor.
Hubo uno, bastante cercano y digno de nuestra nefasta petulancia, en que era muy común escuchar por ahí que “al fin y al cabo el Uruguay es una provincia argentina”, o que “los chilenos siempre quisieron robarnos la Patagonia”, o que los brasileños “son todos negros, son todos p...”. Nos suponíamos más europeos que habitantes del traste del planeta, educados, talentosos, campeones, rubios y de ojos claritos. Teníamos, claro, algo envidiable y en efecto envidiado: creíamos, por ejemplo. ¿En qué? En la Argentina. En nosotros mismos. Qué sé yo.
Ahora resulta que somos los peores del barrio.
Nos encanta la moderación del ex tupa Pepe Mujica, repentino ejemplo de civilidad para que no quepan dudas de la barbarie impuesta por estos cosos que ni montoneros activos fueron.
Nos subyuga la tremenda popularidad de Michelle Bachelet, dejando la presidencia en medio de mil y un terremotos de veras que, mezquina e infantilmente, nuestra propia mandamás comparó con las “movidas de piso” a que la tienen acostumbrada opositores y traidores.
Nos enamora el izquierdista Lula, porque de última no fue tan distinto al socialdemócrata Fernando Henrique, prueba de que Brasil se ha dado un plan y un rumbo, gobierne quien gobierne.
Todas estas conclusiones podrían apilarse en el estante de lo irrefutable, incluido el romántico glamour de tener al frente de una nación a un florista como Pepe o a una médica como Michelle o a un obrero industrial como José Inácio que un día se amputó dos dedos en una plegadora, realidades fácilmente contrastables con el hecho de venir siendo gobernados desde 2003 por un matrimonio de abogados enriquecidos por la renta inmobiliaria durante las casi tres décadas ininterrumpidas de funcionarios públicos que tienen encima.
¡Qué barbaridad!, decimos con presunta indignación moral, como si eso resolviera algo y sin importarnos un pito que el Frente Amplio no sea en la vida real precisamente un liceo de señoritas, ni que la Concertación chilena se haya achanchado al punto de perder las elecciones, ni que la administración del PT siga acumulando denuncias de corrupción. Pregunto: ¿qué les diríamos a Cristina & Néstor si, como ocurrió en Brasil, Tristán Bauer filmara una película sobre ellos, financiada por Eskenazi o Eurnekian, o por el mismo Costantini?
El norteamericano Noam Chomsky ha dicho que la información sobre política internacional suele ser más usada como herramienta negativa en las disputas domésticas que para entender en qué mundo vivimos.
Está visto que el solo hecho de enojarse porque los Kirchner pudieran desplegar su experimento de cuño familiar (y con éxito, porque fueron electos, reelectos y aún tan baqueteados continúan definiendo la agenda de todos) no hizo de la Coalición Cívica y Social una Concertación, ni del PJ anti K un PT, ni de la izquierda un Frente Amplio. Son, en el mejor de los casos, una película italiana donde la envidia parece candidata al Oscar. Envidia por lo que ejerce el rival. Envidia por lo que avanza el socio. Envidia por los logros del vecino.
El filósofo Fernando Savater sostiene que la envidia es una “virtud democrática por excelencia” que “sirve para vigilar el correcto desempeño del sistema”. Por supuesto que, siendo Savater un español, valdría la pena recordar algo que señalaba Borges: “El tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en ella. Para decir que algo es bueno, dicen: ‘Es envidiable’”. Ya que de España venimos y que de ese destete estamos por cumplir doscientos años, acaso sería oportuno indagar a fondo si no habrá sido en el propio modelo colonizador español, basado en el reparto de tierras a los adelantados que luego otros adelantados disputaron y los caudillos terminaron disputándose entre sí, el origen de este modelo político envidioso, vacío de proyectos a largo plazo y abarrotado de refundadores.
La Argentina que conocemos jamás debió adaptar sus políticas y su cultura a la árida estrechez territorial de los chilenos, ni al minimalismo de los uruguayos ni a las barreras lingüísticas de los brasileños. No creo que hayamos sido tontos, sino voraces. Hasta que nos morfamos la grandeza con papas. Y de postre, la autoestima.