COLUMNISTAS
Mayo frances

Bajo el empedrado todavía está la playa

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El presidente Emmanuel Macron, nacido nueve años después de aquel Mayo Francés convulsionado, efervescente, mítico, pensó en participar de las conmemoraciones al cumplirse cincuenta años, “sin dogmas ni prejuicios”. El propósito, según sus voceros, era “reflexionar” sobre esos hechos porque “el 68 fue un tiempo de utopías y de desilusiones”, y a decir verdad, ya no tenemos más utopías y hemos vivido demasiadas desilusiones. La mirada presidencial, hija de estos tiempos distópicos, refleja la “incomodidad” de una sociedad que se debate entre apostar al “cambio” o ser “fiel a sí misma”.

El medio siglo que separa el pasado del presente parece diluirse ilusoriamente. Otra vez estudiantes y trabajadores convergen en una protesta generalizada que sacude a Francia y que tiene final abierto. Hay diferencias, sin embargo. La tensión que aflora entre el gobierno, los sindicatos estatales, jubilados y estudiantes es una reacción ante políticas que Macron propone y el modelo económico “dispone”. La liberalización de sectores estratégicos de la economía, como el energético, el cambio del status especial de los trabajadores ferroviarios y la apertura a la competencia, sumados a la reforma laboral en curso, amenazan con herir de muerte a un Estado de bienestar que ha sido el pilar de la sociedad francesa.

La pulseada con el sector estatal involucra a 5,4 millones de trabajadores que resisten a la reducción de planta, a los contratos temporales y a enflaquecidos presupuestos. Los votantes de Macron reclaman su traición a las promesas de campaña y el dramático ajuste provocado en sus ingresos. “El presidente de los ricos” es una idea instalada en la opinión pública, al tiempo que un 60% cuestiona las políticas impulsadas en pro de los “cambios”.
Muchos se ilusionan con que “el 68”, aparentemente lejano e irrepetible, pueda llegar a conjugarse en presente. La revuelta que hace cincuenta años convulsionó a una Francia aletargada en su propio aburrimiento no triunfó en sus objetivos, pero marcó profundamente a una sociedad que ya no volvería a ser la misma.

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El año 1968 ha quedado en la memoria como un año emblemático, en el que todo, lo bueno y lo malo, tuvo lugar en ese momento: Vietnam y sus protestas, los derechos civiles enarbolados y acribillados en la figura de Martin Luther King y su sueño, los hippies, la revolución, la Primavera de Praga, el imperialismo.

La imaginación no llegó al poder como proponía Jean-Paul Sartre y replicaban los grafitis. Probablemente “se hizo más el amor”, aunque no se apaciguaron las guerras. El mes que imprimió en el país un clima de tomas universitarias, barricadas en las calles, la mayor huelga general de trabajadores de la que se tenga memoria (diez millones), también plasmó la idea de que la libertad era actitud, de que podían desterrarse los cimientos de un pensamiento oxidado y vetusto, de que otro mundo era posible y había que empezar a construirlo.

Los estudiantes se negaban a proyectar un futuro que fuera la continuación de ese presente mediocre edificado por sus mayores. El movimiento universitario fue, para Beatriz Sarlo, una revolución simbólica contra las jerarquías familiares, institucionales y académicas; contra la autoridad; contra una sociedad banalmente satisfecha.

Si los jóvenes repudiaron la opresión, la ausencia de libertades, la rigidez del poder, una educación para pocos, los trabajadores por su parte se rebelaron contra una política que pretendía degradar sus vidas: reducción de los aumentos salariales, elevación de la edad jubilatoria, recortes de beneficios sociales y precarización de las condiciones laborales.

Nada demasiado nuevo, nada sustancialmente distinto. Hoy, la nueva ley educativa impulsada por el gobierno ha sublevado los ánimos estudiantiles, que tomaron decenas de centros universitarios. La exclusión en las aulas, un presente y un futuro laboral inciertos, la insatisfacción y el hastío, la pérdida de derechos vuelven a formar parte de un destino que se les impone a los franceses y poco se les consulta. Aquel “seamos realistas, pidamos lo imposible” aparece pertrechado tras las protestas. ¿Ganará el poder concentrado o la fuerza de la calle? Tal vez la oposición triunfe si la acción logra no ser una metarreacción y se transforma en la creación de algo distinto.

*Politóloga. **Sociólogo. */**Expertos en medios, contenidos y comunicación.