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COLUMNISTAS / empatía
sábado 30 noviembre, 2019

Bolivia y sus derivas argentinas

por Maristella Svampa

Crisis. La autoproclamada Jeanine Añez con una Biblia gigante. Foto: efe
sábado 30 noviembre, 2019

El dramático devenir del proceso boliviano, el golpe de Estado, las lecturas acerca del gobierno de Evo Morales, son hoy objeto de intensos debates. Tanto se dijo y se escribió que, de hacerse un inventario, podría concluirse que la Argentina es el país con más bolivianólogos por metro cuadrado en el mundo. Asistimos a furibundos linchamientos morales –por ejemplo, aquel contra Rita Segato y, en menor escala, contra cualquier opinión crítica respecto del gobierno derrocado–. Algunos subrayan la falta de oportunidad política de los cuestionamientos, otros descalifican los factores endógenos para dar cabida únicamente a las hipótesis externas (desde la historia de la misteriosa valija de la hija de Trump hasta la anticipada guerra del litio).

Tales contiendas, que causan perplejidad en ciertos observadores externos que se preguntan qué nos pasa a los argentinos con Bolivia, suceden en medio de una tragedia, que en dos semanas ya se cobró la vida de 32 bolivianos, sobre todo a raíz de la represión desatada por el gobierno interino de Janine Añez.

En línea con estas contiendas, postulo tres reconocimientos. El primero es que la carga temperamental del debate argentino muestra que Bolivia nos duele. Tal vez se deba a que sintetiza la experiencia más genuina en términos de democratización, en un país donde la pobreza y el racismo antiindígena siempre fueron la regla. Añádase que históricamente Bolivia –sus luchas mineras y campesinas, los continuos golpes de Estado– ocupa un lugar más importante que otros países latinoamericanos en la reflexión nacional. No por casualidad el Che Guevara terminó sus días en ese país. Tal vez haya algo que a los argentinos nos lleva a ilusionarnos con el mundo andino, vinculado con el lugar que lo campesino-indígena tiene en Bolivia, en contraste con su recurrente negación en el nuestro. Depositamos expectativas políticas que lejos estamos de colocar en nuestros propios gobiernos…

El segundo reconocimiento alude a la clausura catastrófica que el ciclo progresista tuvo en Bolivia. Una pensaría que, al cabo de casi 14 años de gobierno, al ritmo de un crecimiento económico que benefició enormemente a los sectores de Santa Cruz de la Sierra, debería haberse atenuado la brecha racista y clasista. Lejos de ello, asistimos a la emergencia de una derecha autoritaria, en connivencia con corrientes católicas ultramontanas y evangélicas, que puja por una traducción político-electoral, como pudo vislumbrarse en la asunción de la presidenta interina, Biblia gigante en mano y escoltada por el líder ultraderechista Luis Camacho.

La posibilidad de una deriva por derecha parece obturar el rol que los factores internos tuvieron en la clausura del gobierno de Morales: desde el abandono de la defensa de la Madre Tierra, al compás de la concentración del poder y la expansión del extractivismo, hasta el desconocimiento del resultado del referéndum de 2016, el cual terminó por separar a Evo Morales de amplios sectores medios, que vieron quebrado el pacto de alternancia electoral, fijado por la nueva Constitución. Gran parte del progresismo argentino quedó pegado a una estampa congelada del gobierno boliviano y sus promesas andinas, y no se permitió volver sobre estos hechos, que abrieron la puerta para que una derecha antidemocrática se apropiara de una revuelta social heterogénea, y culminara en el golpe de Estado.

El tercer reconocimiento se vincula menos con un balance de los gobiernos pasados y sus logros que con el horizonte político de aquellos por venir (Argentina, diciembre 2019), el cual nos interroga sobre el tipo de progresismos a construir. Solo para avanzar unas preguntas: ¿Puede un gobierno progresista dejar de lado la defensa del ambiente y las críticas al extractivismo, en una época de grave crisis climática, de destrucción de los ecosistemas y despojo de las poblaciones, indígenas y no indígenas? ¿Puede un gobierno progresista avalar una estructura patriarcal, sin avanzar en políticas públicas que afirmen los derechos de las mujeres? ¿Cómo avanzar en la democratización del poder en tierras de personalización de la política? En fin, la reflexión sobre Bolivia y sus límites puede ayudarnos a repensar el modo en que los progresismos que vuelven asuman la necesidad de dar estos debates...

 

*Socióloga y escritora.


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