26 nov 2020
COLUMNISTAS |peronismo financiero
domingo 22 noviembre, 2020

Brito póstumo

Horas. Entrevistas con Brito en 2016, cuando elogiaba a Macri, y este año, bancando a Alberto. Foto: cedoc

—Pibe, ¿sabés cómo salgo de acá?

—Te digo si me das tu celular.

—Hecho.

Para un redactor de un diario que ganaba –digamos– $ 15.000 allá por 2010, conseguir el vínculo directo con uno de los referentes del poder real y permanente con US$ 1.000 millones de patrimonio ameritaba ese pequeño chantaje ante la urgencia de un banquero –el más  influyente del país– que quería aprovechar el río revuelto del final de un evento en la Unión Industrial Argentina para escapar sin que lo abordara la prensa.

Después de aquel episodio totalmente casual en el que pude aprovechar los únicos segundos donde Jorge Horacio Brito –nada menos que el dueño del mayor banco privado de capitales nacionales, el Macro– podía  quedar debiéndome algo, empecé a asomarme de primera mano a la cabeza de uno de los principales operadores del capital financiero en la Argentina, un pulpo que armó un imperio financiero en cuatro décadas con olfato, cintura y rosca hasta hacerse multimillonario en la Argentina de las crisis recurrentes en las que lo que nunca se licuaba era su fortuna.

Se trataba de entender una de esas cabezas que mueven el PBI de un país, capaz de comprar tanto filiales de multinacionales en retirada en 2001 como bancos agentes de crédito de provincias con cuyos gobernadores hablaba un mismo idioma, tal vez su lenguaje más claro en el mundo de los negocios y la influencia, algo así como el peronismo financiero.

Había que intentar desentrañar a uno de los tipos capaces de desatar o frenar una corrida contra el peso en un abrir y cerrar de ojos, tan polémico como para pelearse y arreglar con Néstor Kirchner allá por 2003 o como para cruzarse con Cristina cuando se publicaron las listas oficiales de compradores de dólares donde aparecía que él y su cuñado habían comprado US$ 32,86 millones en diez meses en aquél 2013 de cepo y controles.

Era un tipo tan omnipotente como para meterse en negocios desde la ganadería hasta la energía o como para decirte “cagón” por estar demasiado pendiente del barbijo cuando él había dado positivo dos veces coronavirus “sin tener nada”; también era capaz de putearte de arriba a abajo si publicabas que había sido promotor en las sombras de alguna aventura empresarial oscura, si lo chicaneabas con que operaba oculto vía financieras como Facimex o con que había apoyado determinada campaña política, pero también era capaz de reconocer que era parte del laburo y que en la relación de los periodistas con las fuentes, si hay buena leche y derecho a réplica, todo se digiere con un café.

Última mirada. En los días previos a morirse el viernes volando en helicóptero en Salta, Brito era muy duro con el Presidente y alguno de sus ministros en las charlas íntimas del poder. Había comido con Alberto Fernández en Olivos junto a otros empresarios y tras escucharlo hablar en el Coloquio de Idea reflexionaba en privado: “Si hace lo que dijo en ese discurso le va a ir bien, pero no logra que se haga lo que dice”. Renegaba contra los colaboradores  del jefe de Estado que le vendían un “termómetro falopa” de la realidad y en cambio realzaba el trabajo del ministro del Interior, Wado de Pedro, con quien siempre estaba a tiro de chat.

Bancaba al jefe de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, a un nivel que está a la altura del homenaje que el tigrense le hizo por Twitter y cerró con un “Chau amigo, te quiero mucho”. Brito le decía a todo el mundo que el arreglo del ministro de Economía, Martín Guzmán, con los acreedores se había cerrado porque Massa lo forzó a cerrar. Y se calentaba con los que acusaban a su amigo de coparle las áreas a los ministros. Según él, la diferencia era que “Sergio trabaja 24/7” y que es el único que conoce toda la botonera del Estado. Lo explicaba con la “teoría de los espacios vacíos”. “Si le dejás un hueco, lo ocupa”, tiraba. Lindo pronóstico póstumo sobre el socio del Frente de Todos que más ambiciones demuestra con sus giras de inauguraciones desde un cargo en el Congreso.

Brito no soportaba la tesis de que Cristina Kirchner le copa el gobierno al Presidente. “Alberto depende de Alberto, tiene la lapicera él y tiene que decidir qué hacer”, les retrucaba a sus conocidos a fines de octubre y enumeraba los gobernadores de distintas provincias que habían sido puestos por mentores y que terminaban enterrados políticamente por sus sucesores. Sobre Máximo Kirchner, con quien intentó hasta último momento modificar el aporte solidario de las grandes fortunas que le hubiera tocado pagar, se preguntaba si terminaría siendo más parecido al padre que a la madre.

No verá la evolución del jefe del bloque de la Cámara de Diputados, aunque creyó ver un alineamiento acuerdista también de Cristina Kirchner con la publicación de la carta de las certezas y el llamado a un gran pacto nacional con todos los sectores. “Tengo esperanza”, escribió en un chat al respecto. Su teoría era que o se llega a un acuerdo político general para bajar el déficit fiscal de manera consistente durante varios años o todo explotaría más temprano que tarde.

Cuando el dólar blue se arrimaba a los $ 200, su mirada era que “el miedo”, llegado el caso, iba a alinear a las distintas fuerzas del poder. Al final del gobierno de Mauricio Macri le había vaticinado un problema como el de Raúl Alfonsín en 1988, que había asustado tanto con la eventual llegada de Carlos Menem que había pagado las consecuencias en materia financiera, algo similar como le terminó pasando a Cambiemos tras agitar el “se viene Venezuela” antes del triunfo del FdT. A este momento de Fernández lo comparaba con el arranque del menemismo y no descartaba una “crisis de inicio” que lo obligara a un ajuste. Pero le ponía fichas, otra vez, a Massa como articulador de un consenso fiscal plurianual que Guzmán junto al FMI enviarían al Congreso.

Lo que queda. Siempre es un desafío entender a los que mueven el capital y en definitiva una parte de la suerte de un país tildado en la rueda del hámster de las mismas crisis. Las multinacionales te obligan al desafío de seguir organigramas y desfilar entre un reguero de gerentes para desentrañar qué puede llegar a hacer la casa matriz con sus inversiones en el país, mientras hablan de “confianza” o “clima de negocios”.

Pero con un segmento de los grandes empresarios del capital nacional, estás frente a frente con el poder real más descarnado y duradero del país, esos tipos que se arriesgan pero que también conocen todos  los recovecos del sistema argento y consiguen al mismo tiempo un reaseguro financiero en campos, inmuebles e inversiones en el exterior que les permite hablar con la tranquilidad que no tienen ni los presidentes, expuestos a colapsos que se los pueden llevar puestos, ni tampoco la mayoría de las empresas o ni qué hablar los asalariados en pesos.

Desde esa paz del tipo que ya las hizo todas –y que ya la hizo toda– Brito de alguna forma daba a entender últimamente, tal vez porque tenía seis hijos grandes y económicamente hechos para siempre y porque flasheaba con los nietos cuando iban a verlo a la chacra de Mamá Ganso en Punta del Este, que quería jugar en esta etapa de su vida a ser un articulador más explícito en la política. Es como si hubiera querido dejarle a su familia algo más que la herencia de un holding que daría para varias temporadas de Succession; como si hubiera querido ser él mismo parte de la solución para la inestabilidad histórica en la que se enriqueció, entrecruzando los dos terrenos que mejor conoció: el peronismo y la plata.


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