Dado que viejos troncos socialistas no han llegado demasiado lejos en sus sueños electorales, vinieron tiempos de burocracias reformistas. Es una ecuación más que simple; se instala lo privado a la derecha, acusado de conservador y ocupando el espacio del mal. Entonces, a partir de esas premisas se puede deducir que nos queda el Estado como espacio ocupado por los militantes de la revolución y la virtud.
La cosa termina acotando un esquema tan simple como nefasto, tan absurdo como falso. Dado que en el mundo privado se imponen los ricos, nosotros, los del mundo de la burocracia, venimos a ocupar el espacio de exigir por los necesitados.
Por ahí van armando el relato de la propuesta que más los divierte: el de victimarios que lloran como víctimas. Son el gobierno y el poder, pero hablan en nombre de los que nada tienen. Y en ese camino aplastan a los que no somos parte del espacio de los ricos pero no somos lo suficientemente pusilánimes como para aplaudir a cualquier oficialismo de turno.
Uno queda como congelado al descubrir lo maléfico de la trampa kirchnerista. Son una burocracia enriquecida como ninguna que se justifica en el cuento de estar salvando a los pobres. Llevando todo al extremo, es como si detuvieran a un ladrón con las manos en la masa y frente a la acusación respondiera con total impunidad “no estoy robando, estoy haciendo la revolución”. Necesitamos contar cuántas tragamonedas instalaron estos señores en nombre del mundo justiciero.
Todo esto fue en tiempos de bonanza, tiempos en que el agro nos permitía lograr riqueza suficiente y el Gobierno la ocupaba en denunciar al agro y enriquecer burocracias.
Nunca el campo produjo tanto ni el gobierno lo trató tan mal, pero era un conflicto de fondo; los improductivos instalados en el poder les comunicaban a los que trabajaban que no estaban dispuestos a respetarlos.
El kirchnerismo es una fuerza que se asienta en expandir el juego y los empleados públicos, y seduce a progresistas ya que en su contextura ósea esa tendencia tiene horror al trabajo.
La idea es tan simple como perversa: hay sólo dos actores en la realidad, el Estado y los privados que le desobedecen y son el eje del mal. Importa aclarar que el empresario enemigo no es el que se lleva la riqueza sino el que no aplaude al gobernante. Don Carlos Marx jamás hubiera imaginado semejante sutileza.
Al Gobierno no le molesta el capitalismo, sino los que opinan distinto. Y está bien claro que si uno no es oficialista es traidor a todas las causas del bien. O sea, de democracia entre adversarios ni hablar, esto es entre enemigos. Sólo son monopolios los desobedientes que en consecuencia se convierten en traidores. Y poca inversión en obra pública y mucha en publicidad. Que quede claro que la clientela no son los pobres, son los frustrados, y a ésos se los arregla con ficción. Radios y diarios y televisión oficialista, decenas de habladores propios, todos contra el imperio del mal. Y decenas de miles de empleados del Estado. Parece que cada jefe salvó una tribu de parientes y amigos incorporándolos al erario público.
Cuando la URSS cayó como un muro, vino el tiempo de las mafias, porque en toda burocracia hay una vertiente mafiosa como degradación de la verdadera función del Estado. De justicia social no quedó nada.
Como en la supuesta y alardeada teoría de los dos demonios, todo el mal está en el Gobierno.
Y ahora el ejemplo lo están dando ellos.
*Ex diputado nacional.