domingo 28 de noviembre de 2021
COLUMNISTAS variantes
15-10-2021 23:55
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Cambiar de canal

15-10-2021 23:55

Nos quedó de De la Rúa la imagen maltrecha de su paso fallido por El Show de Videomatch. Esa noche, en efecto, no pegó una. No acertó con el nombre de la esposa de Tinelli (dijo otro, que no era); y a la hora de retirarse y salir por fin de escena, colmó de tropiezos el mero mutis por el foro, vaciló en un impensado salón de pasos perdidos, maquinó un laberinto propio y en ese laberinto se aturdió y se perdió.

¿Y los argentinos, mientras tanto? Los argentinos a carcajada limpia con el gag presidencial, en la más plena sintonía con ese dispositivo que Tinelli, mejor que nadie, logró afianzar y expandir desde sus tan exitosos programas: ese por el cual hay unos vivos que son muy vivos y que se ríen de otro, al que dan por gil. Los roles parecen seguros y el reparto los reconforta.

¿El verdugueo como espectáculo televisivo? ¿El bullying como dominante cultural de una época? Tal vez quepa considerar esa hipótesis; y más cuando toda una zona de nuevas tecnologías habilitó la posibilidad de ser cada cual un Marcelo Tinelli (es decir, creerse muy vivo y agarrársela, de ser posible entre varios, con alguien a quien los vivos toman por tonto).

Pasados los años, reviso la tesitura que adopté con De la Rúa aquella noche. ¿Por qué habría debido saber cómo y cuándo salir de cuadro? ¿Por qué exigirle tal competencia, más propia de un Darío Vittori? ¿Y por qué habría debido saber el nombre de la esposa de Tinelli? ¿Se esperaba acaso una astucia como la que empleaba Perón, que averiguaba datos personales de los periodistas para arrimarse a ellos y ganarse su confianza? ¿O se trataba más bien de esa tendencia tan propia del farandulismo, por la cual las vidas privadas de las así llamadas estrellas cobran el carácter supuesto de los asuntos de interés general? ¿No habría que pensar, por el contrario, que entre las pocas cosas buenas de Fernando de la Rúa pueden constar el no haber encajado en el esquema del show de Marce, desconocer el nombre de la cónyuge de entonces, confundirlo con otro que, en el fondo, daba igual?

¡Ah, la gastada nacional! ¡Delicias del sobrador invencible apoltronado en su sofá con el control remoto en la mano! De la Rúa en lo de Tinelli, no sabiendo cómo salir. ¡Qué manera de morir de risa! Más adelante sí encontraría la salida: por arriba y en helicóptero. Y dejando un tendal de muertos en las calles aledañas. Qué manera de morir, qué manera de matar. No hubo justicia para esos muertos ni hubo sanción para la represión del Estado. Este Fernando de la Rúa es el que se obstinó en la gestión con el uno a uno de Domingo Cavallo, aferrado a ese estatizador de deudas privadas que le había legado Menem (Carlos Menem, por su parte, se desenvolvía perfectamente bien en los estudios de televisión).

Engolosinados por vanidad en el cancherismo made in Tinelli, quizás no nos detuvimos tanto en el modo en que De la Rúa rompía con su vicepresidente, lo que habría permitido analizar mejor cómo se conforman las alianzas políticas y cómo se les da o no se les da consistencia. Tampoco retuvimos, según parece, lo que supuso el “megacanje”, esto es, lo que implica endeudar al país en millones de dólares comprometiendo el futuro de todos en nombre de un beneficio que en realidad nunca llega. Ni se diría que se ha fijado el recuerdo de quien, en ese mismo gobierno, anunció un ajuste brutal contra la educación pública (no viene mal saber quién fue: fue López Murphy) o el recuerdo de quien dispuso por entonces un recorte brutal en perjuicio de los jubilados (no viene mal saber quién fue: fue Patricia Bullrich).

Hoy el programa de Tinelli, que se fue transformando a lo largo del tiempo, parece haber entrado en declive. Lo mira cada vez menos gente. ¿Será porque la lógica hostil del titeo, que más allá de los cambios siempre persistió, se ha ido replegando socialmente? ¿O será porque se generalizó tanto que ya son menos los que se conforman solamente con mirar el eterno show del gaste?

Variante particular del gatopardismo: cambiar de canal, para que nada cambie.

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