Para una parte de los propaladores oficialistas, la principal virtud de Cristina Kirchner como conductora reside en su “increíble capacidad de acumular entre opuestos”, en esa “unidad que propone y consigue de lo diverso”. Expresiones de “lo diverso” serían, por caso, los intelectuales y escribidores de Carta Abierta, los intendentes peronistas del Conurbano, la colectora de Martín Sabattella, Guillermo Moreno, Ramón Saadi, Hebe de Bonafini… y un extenso etcétera, en el que se destacan el camionero Hugo Moyano y los jóvenes funcionarios de La Cámpora.
Que el kirchnerismo procura sostenerse sobre una abigarrada plataforma es innegable. Más dudosa es la hipótesis de que le resultará posible conseguir la unidad de esa acumulación de opuestos. Tanta diversidad convoca vigorosas fuerzas centrífugas, como lo evidenciaron las amenazas descerrajadas una semana atrás por el jefe de los camioneros. La celebración oficialista del 11 de marzo fue un modo de mentar la soga en casa del ahorcado.
La excusa de aquella concentración en el estadio de Huracán era celebrar la elección que ese día de 1973 condujo a la presidencia a aquél a quien los jóvenes de “la tendencia” llamaban El Tío.
Tanto por lo que se subraya como por lo que se silencia, los orígenes que se dibujan para dotar de sentido a la propia biografía siempre son significativos.
La familia Kirchner jamás celebró las victorias electorales de Perón: ni el 24 de febrero (de 1946), ni el 23 de septiembre (de 1973). Al homenajear el 11 de marzo, el oficialismo se vincula a una genealogía peculiar: la de quienes fantasearon con beneficiarse simultáneamente con los votos y la estructura del peronismo y con la proscripción de su líder. Porque lo cierto es que el festejado 11 de marzo de 1973 tuvo lugar el último ensayo de democracia proscriptiva.
Aquella elección convocada por el gobierno del general Alejandro Lanusse se rigió por un Estatuto destinado a impedir la postulación electoral de Perón. En verdad, las cláusulas de ese arbitrario reglamento también permitían prohibir la candidatura de Héctor Cámpora; sin embargo, Lanusse vetó a Perón, pero no a Cámpora, porque sabía que así introduciría una cuña en el campo adversario.
Bajo la sombrilla de Cámpora, la “tendencia”, una línea cuyo eje eran las organizaciones armadas FAR y Montoneros, negoció las listas de candidatos y los cargos que premiarían el triunfo electoral que se descontaba: ellos se quedarían con gobernaciones, vicegobernaciones, ministerios, jefaturas y subjefaturas policiales, entre otras cosas.
La elección del 11 de marzo estaba envenenada por la proscripción de Perón, cuyo nombre resumía la reivindicación de soberanía popular, pero la “tendencia” no quería que se modificara ni se acabara la presidencia de Cámpora, en la que sus jefes influían decisivamente.
Un protagonista de aquellos años, Juan Manuel Abal Medina, explicó que “el gobierno de Cámpora era la expresión de algunos sectores del movimiento y no del conjunto, por una presencia gravitante de los sectores de la Tendencia”. La “tendencia” dependía de las organizaciones armadas y en éstas, diría Abal Medina, conducían “personas que no eran peronistas, y lo digo con todo respeto y afecto. Tenían un proyecto diferente al de Perón (…) Los montoneros se creían los dueños de todo”.
Aquel intento de “expropiación revolucionaria” del patrimonio peronista terminó en desborde, en conflicto desatado y en ingobernabilidad; el presidente vicario renunció y la crisis le dio a la sociedad argentina la posibilidad de reencontrarse finalmente con una democracia sin proscripciones. Perón regresó a la Casa Rosada y la “tendencia” perdió paulatinamente su influencia. Dos días después del triunfo de Perón en las urnas, los montoneros acribillaron a tiros a José Rucci, jefe de la CGT y mano derecha del viejo General.
Aunque no quería ser excluyente, Perón terminó expulsando de su movimiento a quienes trataban violentamente de arrebatárselo para cambiarle su identidad.
*Periodista. Cofundador del Centro de Reflexión Política Segundo Centenario.