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Carreras delictivas

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Mi madre acaba de cumplir 79 años y es una mujer extremadamente perfeccionista. La semana pasada, un muchacho “muy buen mozo” acompañado de una chica “rubia” pasó por el portón de su casa y le pidió prestado un martillo para arreglar su motoneta cristinista. Cuando se acercó con ánimo de ayuda (sensible a la belleza, como es ella), el joven, armado, saltó el portón de su casa, la maniató con precintos plásticos y la tiró al suelo en el patio, pidiéndole que le entragara la plata que mi hija le había dado unos minutos antes de partir rumbo a Venado Tuerto, para que comprara comida para sus gatas. Como mi mamá gritaba locamente “911” (su afán de perfección corre parejo con su heroísmo), la dejaron abandonada en ese estado, pero el daño a su escápula ya estaba hecho y ahora está inmovilizada y con el brazo derecho en cabestrillo. Mi mamá ni pudo firmar la denuncia cuando la policía apareció, tres horas después.

Al contarme el incidente, en la guardia del Otamendi (ella sólo se deja atender en los lugares bendecidos previamente por la señora Fernández, de quien es una ferviente creyente y seguidora: el Austral, el Otamendi, etc.), destacaba la impericia del caco: “El arma ni debía estar cargada”, “me puso mal los precintos, un brazo me lo liberé al instante”, “se asustaron de nada”.

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Yo le contestaba: “Quedate tranquila, que ya van a aprender”. “Conmigo, no”, me decía. No, claro, pero ya van a encontrar otras viejas para robar y perfeccionar su método de inmovilización (si no hubiera podido liberarse, quizá habría muerto tirada en el piso, pienso).

Eso la tranquiliza porque, en su adhesión incondicional a un gobierno que ha hecho escuela en carreras delictivas, premiándolas con los más altos sillones de poder, no concibe que se pueda fallar en aquello por lo que el país es más reconocido en todas partes. Robar, roba cualquiera. Para robar bien, hay que saber cómo engañar a viejas heroicas y perfeccionistas.