COLUMNISTAS

Casamientos y velorios

El grupo mexicano Los Tigres del Norte tiene una canción bastante clara que dice: Ya me gritaron mil veces que me regrese a mi tierra porque aquí no quepo yo./ Quiero recordarle al gringo: yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó./ América nació libre, el hombre la dividió. Ellos pintaron la raya, para que yo la brincara y me llaman invasor,/ es un error bien marcado, nos quitaron ocho estados, ¿quién es aquí el invasor?

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El grupo mexicano Los Tigres del Norte tiene una canción bastante clara que dice: Ya me gritaron mil veces que me regrese a mi tierra porque aquí no quepo yo./ Quiero recordarle al gringo: yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó./ América nació libre, el hombre la dividió. Ellos pintaron la raya, para que yo la brincara y me llaman invasor,/ es un error bien marcado, nos quitaron ocho estados, ¿quién es aquí el invasor?/ Soy extranjero en mi tierra, y no vengo a darles guerra, soy hombre trabajador./ Y si no miente la historia, aquí se asentó en la gloria la poderosa nación,/ hombres guerreros valientes, indios de dos continentes, mezclados con español./ Y si a los siglos nos vamos: somos más americanos que el hijo de anglosajón.
Cuando escuché por primera vez esta canción, me quedó grabada la frase “yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó”, me pareció eficaz en su manera de dar vuelta la lógica de la política inmigratoria. Es curioso, Cuba no te deja salir, Estados Unidos no te deja entrar. Las fronteras son válvulas extrañas que intentan controlar el flujo de personas, es decir, de la economía.
Uno de los problemas que presentan las fronteras duras es que la gente que entra (legal o ilegalmente) se queda. Sólo vuelven a salir si están dispuestos a correr otra vez el riesgo de entrar en forma clandestina. Así muchas veces quedan las familias separadas, unos dentro, otros fuera. Si un lavacopas mexicano, inmigrante ilegal que envía plata todos los meses a sus familiares, quiere ir de visita a México, tiene que ahorrar también para pagarse la entrada a EE.UU.: los llamados coyotes que ayudan a cruzar cobran dos mil dólares para cruzar el desierto. Los inmigrantes tienen ahora que eludir no sólo a la policía de frontera, sino a las milicias privadas de tejanos que con gusto salen a cazarlos porque los ven como los responsables de todos sus problemas.

Sólo Internet parece estar pudiendo saltar por encima de estas fronteras implacables. Un amigo que vive en San Francisco empezó a brindar una serie de servicios on line: transmite en vivo casamientos y funerales para los familiares que no pueden asistir al evento. Con una filmadora y banda ancha, filma, por ejemplo, la ceremonia matrimonial en la iglesia mientras los familiares del otro lado de la frontera, en sus casas, pueden ver todo lo que sucede. Me contó de una abuela postrada en su cama de hospital, pero maquillada y rodeada de guirnaldas, viendo en directo la boda de su nieto. Son cuentos tristes, y se ponen tanto peores en el rubro funerario que la risa empieza a colarse por las grietas. El uso del ancho de banda de un video depende del movimiento y la variación de lo que se filma. Por eso los funerales, me dice, ocupan mucho menos ancho de banda que los casamientos.
En el velorio hay una cámara fija que filma el servicio, de vez en cuando se acerca algún familiar al cajón, sólo eso se ve. La cámara, a lo sumo, puede hacer un acercamiento sobre el difunto (este efecto no lo controla el cliente, por ahora). Le sugiero a mi amigo el eslogan: “Tu muerto, en vivo” (Your dead, live), dice que lo va a pensar. No me doy cuenta de la dimensión del tema hasta que me empieza a hablar sobre los familiares de los inmigrantes que contratan el servicio: mexicanos, filipinos, chinos; los que están lejos, los que no están tan lejos pero no pueden pagar el pasaje, los que no se pueden mover de su casa, los que no pueden ir porque el muerto se les murió del otro lado de una barrera insalvable. Basta pensar en la imagen de una familia viendo en Internet con la banda ancha del barrio o en un ciber, quizás, el video del velorio de un pariente que quizá no ven hace tiempo. Y lo ven por la necesidad de ver al muerto (el increíble, dice Borges), para poder creerlo, porque es necesario el ritual, y aunque no puedan estar ahí, al menos pueden ver cómo sería estar ahí.
Internet es un animal mutante muy nuevo. No sabemos las aplicaciones que pueda ir teniendo con el tiempo. Algunos critican a la red de redes porque parece aplanar el mundo y el pensamiento, todo parece valer lo mismo, el conocimiento se vuelve chato como un panqueque, sin jerarquías, sin prioridades, sin que haya unos datos más importantes que otros, cualquiera puede decir lo que quiera, dicen, cualquiera es escritor, cualquiera es artista, músico, cineasta independiente... La queja suele ser que en Internet no hay filtro. Pero uno se pregunta, si empiezan a filtrar Internet, quién lo va a hacer, quién va a trazar una raya y sobre todo, de qué lado vamos a quedar.

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