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Caza de brujas movilizada por la peste, versión 2020

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Chivos expiatorios. En el siglo XIV, los judíos de Stuttgart. Hoy, la doble vara. | cedoc

A comienzos del siglo XIV, la Ruta de la Seda que enlazaba Oriente con Europa fue el camino por el que circuló, además, un indeseable viajero: el ratón del Himalaya que portaba la pulga transmisora del virus de la peste bubónica, la peste negra que en menos de una década se llevó la vida de la mitad de la población.

Para una parte importante de las sociedades europeas, la culpa no fue del ratón: había que encontrar un causante, otro causante, de tamaña tragedia. En 1348, dos mil judíos fueron a la hoguera en Stuttgart, condenados por una histeria colectiva que los consideró chivos expiatorios.

Por estos días en los que la pandemia –no tan profunda, no tan masivamente letal– nos tiene mayoritariamente encerrados, en algunos sectores de la sociedad argentina (incluyendo altos cargos de gobierno) se ha generado una histeria similar, que provoca frecuentes episodios de condena contra quienes se presume culpables del contagio o de su propagación: primero fueron los residentes chinos (por el país donde se originó la epidemia), luego los europeos (por el crecimiento de casos en ese continente) y a continuación los argentinos que viajaron a las zonas más infectadas.

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Las medidas adoptadas con quienes fueron llegando a estas tierras (el aislamiento, del que da buena cuenta un magnífico texto del editor de Cultura del diario, Alejandro Bellotti, publicado en la página 18 de la edición de ayer (bit.ly/bellotti-confinado-cuarentena) y con el común de las gentes (“quedate en casa”) han sido hasta ahora correctas, a juicio de quien esto escribe.

Lo que no es correcto es que se identifiquen con el Mal las conductas de algunas personas que han violado las  consignas de vida hogareña o se han mostrado en público, para anatema de fundamentalistas o críticos superficiales.

Me refiero a periodistas y medios como fiscales/jueces/verdugos, y a funcionarios.

El caso del ciudadano Federico Llamas, de 27 años, llegado desde Brasil en una camioneta que portaba el pecado de dos tablas de surf en su techo, ahora aislado en su casa de Ostende (donde advirtió que pasaría la cuarentena obligada), es en verdad un botón de muestra de esta búsqueda desaforada de chivos expiatorios.

Distinto es el tratamiento de otro caso en el que el traslado de ciudad en medio de la cuarentena fue protagonizado por un famoso, Marcelo Tinelli, a quien  se eximió de dar explicaciones (ver, contracorriente, el dibujo de la página 60, Humor, en la edición de ayer).

El ciudadano Llamas sí detalló claramente cómo procedió, qué instrucciones recibió y cuál fue su elección para el retiro. Lo crucificaron, en particular sus conciudadanos embarcados en campañas que tienen más de política que de vocación sanitaria. Una vez más, este endémico mal argentino: la doble vara.

La edición sabatina de PERFIL mostró ayer algunas interesantes muestras de lo que el buen ejercicio de esta profesión puede aportar a una más clara, precisa, ecuánime percepción de lo que está sucediendo, tanto que no hay secciones que desentonen.

Algunos de los ejemplos que se pueden destacar entre varios:

- Página 6 (bit.ly/especialistas-no-automedicar);

- Página 10 (bit.ly/coronavirus-aprehendidos);

- Página 14 (bit.ly/ejercito-alimentos-carcova);

- Página 46 (bit.ly/oloixarac-historiales).

Hacer periodismo es contar, interpretar, comentar y opinar sin hacer campañas políticas,  policíacas o –peor– caza de brujas.

No son tiempos de hogueras sino de solidaridad.