COLUMNISTAS
poder

China, tal como es

Líderes occidentales miran hacia Beijing con una especie de condescendencia que supone una tolerancia del sistema actual, esperando que pronto cambie. Todo indica que no será así.

default
default | Cedoc

Autodenominarse tal no hace de un país una gran potencia, pero otros hechos sí. Hace tiempo que mencionamos en esta columna las ambiciones marítimas de China; hoy ampliamos algo el foco.

No hace mucho, China trasladó una plataforma petrolera a aguas del Mar del Sur de China (que se disputan Vietnam y Beijing) y hubo violentas protestas en Ciudad Ho Chi Minh (ex Saigón).

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Vietnam dice que las islas Paracelso le pertenecen y China contesta con cañones de agua contra sus barcos. Taiwán también reclama los recursos pesqueros y energéticos de las Paracelso. Filipinas acusa a Pekín de planear un aeródromo en el archipiélago Spratly, que reivindica como propio, pero que es a su vez codiciado por Malasia, Brunei, Taiwán y Vietnam. Por otra parte, al incluir a las islas Diaoyu (que Japón llama Senkaku) en su “zona de identificación de defensa aérea”, Pekín levanta la temperatura. Podemos imaginar las cejas del primer ministro Abe y el movimiento reflejo en las comisuras del presidente Obama; nada hace el uno sin el otro.

Los diez países de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (Asean): Brunei, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Singapur, Tailandia y Vietnam van de la “oposición”, pasando por la “tensión” hasta la “preocupación”, a veces “seria”. Es que la avalancha comercial aconseja pensar dos veces, y en ocasiones no queda más remedio que culpar a “la falta de un código de conducta sobre los conflictos marítimos en la región”, que con ser verdad no lo es toda. A la hora de tragar, un sapo comerciante siempre es más liviano y suele tener la piel no tan seca y nada rugosa. China argumenta “moderación” (suya) frente a “intensas provocaciones” (de Vietnam). Por ahora, lugares que son “parte inherente” del país reemplazan al inapelable “territorio nacional”. El intercambio comercial entre ambos (2013) superó los 50 mil millones de dólares Acaso, el interés de EE.UU. en comerciar y ofrecer incentivos militares a la región se haya demorado unas dos décadas.

China es consciente de que, a la par de las militares, debe fortalecer sus capacidades logísticas para desplazarse por mar hasta lejanos destinos y contar con puertos a lo largo de esas rutas. Dentro de su territorio, y cada vez más desde su tierra central y sus costas hacia el Oeste y el Sudoeste. Y hacia el Pacífico.

En tiempos de paz, es bueno pensar que para China en el principio siempre estuvo el comercio, y ahora también el desarrollo de sus socios. Así invirtió, en ejercicios e infraestructura, en Nigeria, Tanzania y Angola; y en Corea del Norte, Pakistán y Yemen. Desde una óptica militar, durante los últimos cinco años ha ido creciendo el número de movimientos navales chinos.

Aumentó su presencia en el Mar de la India; expandió la actividad en el Mar del Sur de la China y llegó hasta “Sunda Strait, para un ejercicio cerca de Christmas Islands”, en Australia. Ya es parte de la rutina incursionar más allá de la “primera cadena de islas”, en dirección al Mar de Filipinas y cumplió misiones en países tan lejanos como Argentina, Brasil y Chile; las operaciones en la cuenca del Mar de la India incluyen el patrullaje submarino tanto con naves convencionales como atómicas; además de los ejercicios conjuntos que se realizan con Rusia, para 2015 está programado uno en el Mediterráneo; y a fines de 2014 comenzarán las primeras patrullas de disuasión nuclear submarinas.

Entre un presente que alumbra a una China que deviene este año la primera economía del mundo al alcanzar un PBI de 17,6 millones de billones de dólares (superando a los EE.UU. que llegarán a los 17,4 millones de billones); y un pasado de 2000 años de predominio sereno, el gran país del Asia ha transcurrido –desde 1860– a través de 150 años de humillaciones, convulsiones, hambrunas, muertes y resurrecciones. El giro de la política exterior de los EE.UU. hacia la cuenca AsiaPacífico añade un condimento decisivo.

Qingdao, China, junio de 1949. Dos gruñidos secos por altavoz, unos cabos que se afirman en los monjes del muelle y otro ladrido amplificado que ordena: “All clear, stop engines” (“todo listo, paren las máquinas”). El submarino USS Pomfret visita la ciudad, envuelta en la conmoción de la guerra civil entre nacionalistas y comunistas y que dura desde 1927, descontando los años de la lucha común contra Japón entre 1937 y 1945. Un oficial, el teniente Jimmy Carter, graduado en 1946, sabe que la visita es uno entre varios respaldos del gobierno de Truman a Chiang Kai-shek y a su Kuomintang (Partido Nacionalista Chino) en momentos en que la guerra se inclina decisivamente a favor del Partido Comunista y de su jefe, Mao Zedong.

Treinta años después, en enero de 1979, el 39º presidente de los EE.UU., James Earl Carter, recibe en la Casa Blanca al líder chino Deng Xiaoping, de quien Mao había dicho que era “una aguja dentro de una pelota de algodón”. Se trata de rubricar con una visita lo que se llamaba entonces la “normalización” de las relaciones bilaterales.

Cuando Deng –en su discurso en Washington– dijo que esperaba que los dos países formaran “un nuevo tipo de relaciones entre grandes potencias”, transmitía la necesidad de que cada uno de los dos aceptase al otro como era. Carter lo entendió.

Pero la insinuación rebotó en la coraza de autoestima y convicción misionera de todos los gobiernos yanquis sucesivos, incluyendo al de Clinton, quien dictaminó durante un viaje a Pekín en 1997 que China “estaba del lado equivocado de la historia”.

La relación de poder entre los dos países está cambiando desde que la riqueza no está sólo en Occidente y desde que en los últimos treinta años el capitalismo leninista viene dando frutos apabullantes.

Muchos líderes occidentales miran a China con una especie de condescendencia que supone una tolerancia del sistema actual… esperando que
pronto cambie.

Hoy los planes estratégicos de democratizar y occidentalizar, transformar y subordinar a China no han desaparecido, pero se enfrentan día a día, y cada vez más con la realidad de una potencia que por ahora de forma no demasiado explícita (es un arte que dominan) les dice que deberá ser aceptada tal y como es.