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COLUMNISTAS / Brasil / PANORAMA
domingo 21 abril, 2019

Cien Días del Messias Bolsonaro (I)

Ha puesto en jaque al sistema político brasileño. Se ven dos salidas: que negocie con su base o que se afiance un gobierno legítimo, pero formado por militares.

Ximena Simpson*

De corazon. Ex capitán, se siente a gusto rodeado de gente en uniforme. Foto: ap
domingo 21 abril, 2019

En octubre, con un discurso antipolítico, radical-conservador y disruptivo, el Mito, como fue apodado, fue electo presidente de Brasil, prometiendo sacar al país de la estagnación. Era preciso redimirlo de la máxima samba, carnaval e futebol. Era necesario ordenar el país moral, política y económicamente. Aunque, en realidad, no se sabía muy bien cómo.
La delegación casi absoluta de poder decisorio al Chicago Boy Paulo Guedes le dio el tono económico ultraliberal que necesitaba para apuntalarse como el mesías redentor. El desorden económico fue interpretado como la consecuencia directa de las administraciones del Partido dos Trabajadores, principales responsables por la institucionalización de lo que se denominó de “vieja política”: proceso de negociación entre votos, apoyo legislativo y puestos en la administración pública y en ámbitos clave de decisión. En términos terrenales, lo que pretendió Bolsonaro fue implementar su agenda lejos de la política real. La “nueva política” se haría sin concesiones. Se vaticinaba que la política económica no terminaría más en samba (o pizza, como se dice en Brasil).
En el plano moral, la invitación al justiciero Sergio Moro, el juez responsable por las investigaciones del Lava Jato y la prisión de Lula, para ocupar la cartera de Justicia y Seguridad Pública cerraba con llave de oro su rol mesiánico. Los años de carnaval, en los cuales supuestamente todo está permitido, llegaban a su fin.
Por último, la fuerte presencia de representantes de la elite militar en el gobierno, teniendo como vice al general retirado Hamilton Mourao, transmitió la idea de orden y disciplina para contener los cada vez más altos niveles de violencia y la expansión del narcotráfico. Para los sectores más conservadores, Brasil volvería a los años de orden y progreso; para los sectores más vulnerables, era una esperanza de vida (en el sentido literal de la palabra). Retomando la analogía del comienzo de la nota, si con la mano dura se alcanzó un inédito tricampeonato mundial en 1970, con mayor autoridad Brasil volvería a brillar después del fatídico 7 a 1 de 2014. Sin embargo, la fuerte presencia militar en el gobierno también encendió luces de alerta en el progresismo y los organismos internacionales.
Es innegable que Jair Messias Bolsonaro y su equipo tuvieron la audacia de formar un gobierno con sectores ampliamente divergentes en términos de proyecto de país y en relación con los medios para alcanzarlo. Son ellos: economistas ultraliberales (Chicago Boys); nacional-estatistas (militares); una base legislativa inestable proveniente del seno de la “vieja política” y ampliamente complicada en acusaciones de corrupción; y, por último, nada menos que el representante de la mani pulite brasileña, Sergio Moro.
Este último, con un proyecto propio de poder y formas exclusivas para hacer justicia, apoyado por el equipo de la Fiscalía (Ministerio Público) del cual formó parte durante su rol en el Lava Jato, inició una lucha de fuerzas con el Supremo Tribunal de Federal (STF) y con el presidente de la Cámara de Diputados (Rodrigo Maia del DEM). Con los primeros, la puja central se remite a las interpretaciones acerca de la constitucionalidad/inconstitucionalidad de algunas estrategias empleadas por el Ministerio Público en el ámbito de los procesamientos del Lava Jato. Con el segundo, por creer que su poder de justiciero no encontraría límites políticos e institucionales.
A este bricolaje se suman los desconcertantes comentarios del presidente y de sus hijos (los 01, 02 y 03, como son llamados por él) en las redes sociales, y las idas y venidas en torno a decisiones políticas por parte suya y de representantes de algunos ministerios. Lo que parece un atropello a la razón, sin embargo, está provocando una autofagia sin precedentes en la política brasileña.
En la mayor parte de los sistemas políticos, y en Brasil más enfáticamente por ser un país de dimensiones continentales, con profundos clivajes socioeconómicos y un multipartidismo considerable, la implementación de políticas y reformas se hace posible a través de la negociación (y concesión) con otros sectores políticos y económicos. O sea, a través de lo que Bolsonaro ha sistemáticamente criticado como la “vieja política” (¡ojo!, no me refiero a actos de corrupción).
Hasta ahora, el gobierno parece no haber entendido este axioma y está empantanado en peleas internas entre sus miembros. El ejemplo más notable es el hecho de que, hasta el día de hoy, los propios diputados de su base aliada (del llamado centrao) no se han “dispuesto” a discutir y votar la tan aclamada como necesaria reforma del sistema jubilatorio, principal bandera del gurú Paulo Guedes y principal vector de apoyo de los sectores económicos (internos y externos).
En Brasil, quien no negocia difícilmente termina su mandato. Collor (1992) y Rousseff (2016) son los ejemplos más cercanos. Pero, como en la guerra, siempre hay un vencedor, y vencerá quien demuestre tener la mejor estrategia.
Mientras los gatos se pelean en la bolsa, los militares aumentan su peso en el gobierno. Ha sido, incluso, el sector que más ha ganado, logrando mantener la independencia de su sistema jubilatorio y aprobar una escala de aumentos salariales prevista para el presupuesto del año que viene, aumento denegado a los demás funcionarios públicos federales. El vicepresidente, General Mourao, moderó su discurso y construyó un núcleo propio de apoyo popular.
Estos cien días de gobierno han puesto en jaque al sistema político brasileño. Hay dos jugadas posibles. La primera es que Bolsonaro empiece a negociar con su base y consiga aprobar la reforma jubilatoria. Esta salida oxigenaría al gobierno, dándole mayores condiciones políticas de terminar su mandato satisfactoriamente. La otra es que la autofagia en curso aísle al Ejecutivo al punto de paralizar totalmente al gobierno. En este caso, Mourao, con un rol inesperado, abriría una nueva página en la historia política brasileña. Un gobierno institucionalmente legítimo, formado por militares. Las consecuencias de ese desenlace son, al día de hoy, difíciles de predecir.n

*Politóloga (EPyG, Unsam).


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