lunes 26 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS manifiestos

Como todo diccionario

09-09-2022 23:55

Dado que lo único que existe es el desorden, un orden posible –por ejemplo– tan posible como arbitrario, es el alfabético. De allí que las cosas parecidas queden expuestas, desnudadas en su asociación rítmica, sonora. Si uno busca “Argentina” en el diccionario, lo primero que encontrará es “argentina” con minúscula (la minúscula precede igual de arbitrariamente a la mayúscula). La argentina es una planta algo irrelevante, con algo ligeramente plateado en el dorso de sus hojas.

El diccionario (nuestra forma de entrar en el desorden que es el mundo) conduce siempre a la paranoia de la entomología: ver lo otro en lo semejante. Es por eso, entre otras cosas, que la obra Diccionario utópico de teatros, de Alejandro Tantanian, Oria Puppo y Andrés Gallina, me parece una acción fabulosa, tanto en lo conceptual como en lo archivístico. Los creadores armaron una lista de posibles teatros donde reinan las omisiones y los hallazgos caprichosos, de la A a la Z, del teatro antiguo al teatro zombi, y luego convocaron (a dedo índice, quirúrgico) a distintos artistas para que se hicieran cargo de explicar estas definiciones obligatorias, necesarias, absurdas, clásicas, modernas, esquivas, lúdicas. Susana Tambutti aborda el teatro biomecánico, Carla Crespo el teatro épico, Mariana Tirantte el teatro formalista, Beatriz Catani el teatro sintético, Gustavo Tarrío el teatro kitsch, por sólo mencionar a algunos, ya que las entradas se siguen completando en estos días y muy pronto estarán disponibles también en libro impreso.

Un triste papel

A mí me tocó la letra D y tuve que definir el teatro de la desintegración. Por lo que ya pude ver del diccionario en su página de YouTube, a muchos de los convocados nos pasó algo parecido, algo que cada uno procesó de manera muy diversa (y divertida). La paranoia es la del por qué a mí: ¿por qué yo tengo que hacerme cargo de la desintegración y no del teatro político, o del visceral, o del kitsch? ¿Y si no quiero? ¿Y si no puedo? ¿Y si no me corresponde? ¿Qué han visto de mí en mi teatro quienes me piden que me haga cargo de esta entrada y no de la otra, a una o dos letras de distancia?

Así que este diccionario, que es la obra de artistas inquietos, expuestos como en una bruta colección de manifiestos (de patrimonios para heredarles a unos hijos que no existen o que hubieran preferido un chalecito en Mar del Plata) ofrece –en su comparación de insectos pinchados en prolijo telgopor con alfileres infectados– una perspectiva deliciosa: cada uno define lo que le atañe pero coquetea con su opuesto. Santiago Loza desconfía de su definición (utópico) tanto como Bartis de la suya (visceral), al reflexionar sobre su asunto tanto como sobre su opuesto imaginario: ¿será el teatro de texto el opuesto al de las vísceras, será el teatro tradicional y newtoniano el opuesto al de la desintegración o los sistemas complejos? 

Es este un  diccionario de antónimos, creo yo, más que de definiciones.

Las nuevas ficciones

En los 90 se hablaba de algunos de nosotros (esa generación algo huérfana, algo rabiosa, algo perdida) como aquellos autores de la desintegración que habíamos venido a destruir algo. No sabíamos si eso que se decía de nosotros era algo bueno o algo malo. En general, dependía de quién nos lo dijera. La definición es compleja pero no pretendo aburrirlos con eso; ya lo he hecho en el espacio que me han regalado en esa caja. Lo que me interesa señalar es que cada definición le ha caído a su ensayista probablemente como una acusación. Que es lo mismo que decir: como un nombre. Un adjetivo del cual hacerse cargo o no. Cada definición de este diccionario es una defensa apasionada, leída en voz baja, musitada más para adentro que para ese afuera intoxicado que existe poco o nada. Si nos estamos defendiendo, ¿quién es el fiscal? ¿El lenguaje, la tradición, la crítica, las instituciones teatrales?

Este diccionario sienta –espero– un antecedente enorme. Si otros asuntos de las disciplinas humanísticas (como la arquitectura, la música, la política o el psicoanálisis) fueran abordadas de esta manera lúdica y experimental creo que llegaríamos a conformar un arca interesante, una embarcación frágil y hermosa esperando el próximo diluvio para preservar lo que hemos sabido, lo que hemos amado, lo que hemos llorado. Porque todo diccionario está escrito en pretérito y del futuro no señala más que una añoranza indefinida.