El único entrenador que ganó una medalla dorada con el fútbol olímpico es Marcelo Bielsa. Lo hizo en Atenas 2004, con un equipo que jugó bárbaro, que metió más goles que el resto y terminó con el arco invicto. En él jugaban Tevez, Roberto Ayala y el Kily González, entre otros. Sin embargo, cuando uno menciona a Bielsa como su técnico preferido, suele recibir como respuesta un “andá, si Bielsa quedó eliminado en la primera ronda del Mundial 2002”. O se le recuerda aquella injusta caída por penales en la final de la Copa América 2004, con la Selección mayor. Pero nadie dice: “Che, el equipo que logró la medalla dorada en Atenas era fantástico”. Es más, quienes defendemos el saber y la capacidad de Bielsa jamás ponemos sobre la mesa a ese equipo como ejemplo para argumentar nuestra defensa del entrenador rosarino. Simplemente, porque los Juegos Olímpicos son “la máxima expresión del deporte”, pero no del fútbol. En el fútbol, “la máxima expresión” son los Mundiales.
Los JJ.OO. les sirven mucho a los futbolistas porque conviven con otros deportistas que la pelean día a día por su subsistencia, o que caminan y caminan para que un señor gordo detrás de un escritorio les dé unos mangos para poder participar.
Es un cable a tierra, como un cachetazo de realidad, por ejemplo, que un futbolista como Lionel Messi se cruce con un remero que se levanta todos los días a las seis de la mañana para entrenarse en la mugre del Riachuelo. Eso es extraordinario, pero le sirve sólo a Messi. En términos de progreso futbolero estrictamente, su participación en Beijing 2008 le aporta poco y nada.
La desigualdad que hay entre sudamericanos y europeos en estas competiciones es lo que les quita la entidad que podrían tener un Mundial o una Copa América. Argentina y Brasil lanzan a sus pibes a la Primera más rápido porque deben tapar los agujeros que dejan las migraciones masivas de jugadores. Por esta razón, Argentina se quedó tan fácilmente con los Sub 20 de Qatar ’95 y Malasia ’97, superando en la final a selecciones (Brasil y Uruguay respectivamente) que tienen nuestros mismos problemas y ventajas. La tendencia se incrementó con el tiempo.
En la final del Sub 20 de 2001, Argentina presentó una formación llena de profesionales con varios partidos en Primera. Estaban Saviola, Burdisso, D’Alessandro, el Pipi Romagnoli, Colotto o Arca, por citar a los más conocidos. Ghana, el otro finalista, tenía sólo dos futbolistas que apenas habían asomado a la categoría superior de su torneo local. Y en el último, en Canadá, pasó algo similar. Sergio Agüero, por ejemplo, debutó en Primera a los 15, y con 20 jugó en Independiente tres temporadas completas y lleva dos en Atlético de Madrid. Un pibe ruso, serbio o francés de la edad de Kun todavía atraviesa la lógica etapa de formación. La competencia es desproporcionada.
En los Juegos Olímpicos, el panorama es apenas más parejo que en los Sub 20. Pero si Brasil lleva a Ronaldinho (Kaká se bajó) y Argentina va con Messi, Agüero, Lavezzi, Mascherano y Riquelme, estamos condenados al éxito, como dijo alguna vez Eduardo Duhalde. El problema es dónde ponemos ese éxito. Y cómo lo aprovechamos para probar nuevas estrategias.
En principio, el técnico Checho Batista tuvo un discurso alentador. Seguramente sabe de estas ventajas y obra en consecuencia. Va a correr a un costado el 4-3-1-2 y apelará a un muy ofensivo –y más equilibrado– 4-2-2-2, con Mascherano, Gago, Riquelme, Messi, Lavezzi y Agüero como sexteto de lujo. Ellos seis bien podrían ser titulares en el Mundial, pero hay que darles funcionamiento dentro de la cancha. Y afuera, hay que explicarles –sobre todo a Riquelme– que la camiseta celeste y blanca necesita de excelentes futbolistas, no de celos absurdos. Checho es un tipo que tiene calle, más allá de su experiencia de haber integrado un grupo con conflictos pero que terminó ganando un Mundial. De él dependerá que esta lucha de cartel que llevan Messi y Riquelme no mine la salud del conjunto.
Como es probable que en Beijing Argentina gane fácilmente varios partidos, es una enorme ocasión para que, lejos del ruido y con varios días de convivencia, la Selección deje de ser un conjunto de tipos que juegan muy bien y se convierta en un equipo. Es así como suelen conseguirse las grandes metas.
Condenados al éxito
El único entrenador que ganó una medalla dorada con el fútbol olímpico es Marcelo Bielsa. Lo hizo en Atenas 2004, con un equipo que jugó bárbaro, que metió más goles que el resto y terminó con el arco invicto. En él jugaban Tevez, Roberto Ayala y el Kily González, entre otros. Sin embargo, cuando uno menciona a Bielsa como su técnico preferido, suele recibir como respuesta un “andá, si Bielsa quedó eliminado en la primera ronda del Mundial 2002”.