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EL ECONOMISTA DE LA SEMANA

Crisis, industria y desarrollo

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Es notoria la existencia de un desequilibrio estructural del funcionamiento de la economía mundial, con dificultades crecientes para armonizar sistemas macroeconómicos, condiciones laborales y salariales, y la ausencia de organismos supranacionales que ayuden a coordinar las decisiones globales y los equilibrios financieros y comerciales.

Así, la crisis internacional ya no puede evaluarse sólo como consecuencia de desbordes especulativos, falta de control de operaciones en derivados o dificultades en el mercado inmobiliario.

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La experiencia de las últimas décadas de los EE.UU es fundamental para entender el origen de la crisis y los desafíos que se avecinan.

Desindustrialización. Aún antes de haber concluido la Guerra Fría, los EE.UU. enfrentaron dos desafíos centrales: la dependencia energética y la reducción progresiva de la competitividad de su industria, en particular en las actividades “mano de obra intensivas” (dado que los incrementos salariales no se lograban compensar con aumentos de productividad). Los caminos adoptados para preservar su competitividad fueron:

* Mantener dentro del propio territorio los eslabones de la cadena productiva de bienes y servicios con mayor renta: diferenciación de producto, investigación científica.

* Transferir las restantes actividades a países con menor desarrollo relativo y remuneraciones mucho más bajas.

La combinación satisfacía, supuestamente, tanto intereses nacionales como las necesidades de las multinacionales.

A partir de la década de 1960, los EE.UU. perdían competitividad (por falta de innovación tecnológica) en la producción de bienes de capital destinados a la industria textil, de indumentaria y calzado. Parte de esta producción se trasladó a Europa.

Parecía natural, entonces, que la primera ola de transferencia industrial se centrara en esos tres sectores, manteniendo para sí las marcas, el diseño y la innovación.

Pero el fenómeno no quedó ahí: para poder enfrentar la competencia japonesa en artículos electrónicos de uso doméstico, también se tercerizó en el exterior la fabricación de radios, televisores y un rango de productos de la industria electrónica de consumo.

Esta nueva fase se consideró exitosa y entusiasmó a las corporaciones multinacionales y a importadores que obtenían mayores beneficios. Así se fueron mudando otras industrias que se extendieron a la elaboración de software y servicios.

Mientras tanto, los países a los cuales se trasladaban estas iniciativas avanzaron en el desarrollo de sus propias diferenciaciones de producto y avances tecnológicos, así como emprendieron planes educativos destinados a capacitar su mano de obra.

Como describe detalladamente H. Rieznik (quien estudiara en profundidad esta realidad), a medida que se desenvolvía el proceso de desindustrialización, las dificultades y la pérdida de puestos de trabajo quedaron relativizadas por un movimiento cada vez más importante del sector de la construcción de viviendas e inmuebles comerciales.

Pero finalmente la crisis se expuso integralmente hacia mediados de 2007, afectando severamente todos los sectores de la economía de los EE.UU. y expandiendo la crisis global.

Consensos. Se recreó en los EE.UU. un significativo consenso que reivindica el retorno de industrias mudadas y un retroceso en el proceso de traslado de actividades productivas al exterior. Así comenzaron a analizarse enfoques estratégicos que dieran respuesta a las presiones sociales, muchas de ellas con un fuerte contenido industrialista que apuntan hacia China como la principal beneficiaria de las políticas de globalización desarrolladas.

Las declaraciones del presidente Barak Obama son elocuentes: “Pocos aspectos de nuestro país se han visto tan afectados como el sector industrial, no sólo en los últimos años sino en las últimas décadas. En todo el siglo XX, la producción industrial abrió las puertas de una vida mejor para varias generaciones de trabajadores”. Pero “las empresas aprendieron a hacer más con menos y enviaban empleos al exterior… Y en la última década, la fuerza laboral se redujo en 33% y millones de esmerados y capaces estadounidenses se vieron obligados a dejar de trabajar… Esto ocurrió antes que la presente recesión los afectara a ellos y a millones de estadounidenses más, que ahora enfrentaron dificultades que nunca imaginaron… Reconstruiremos esta economía que será más sólida que antes y en el centro del esfuerzo habrá tres imponentes palabras: Made in America... Desde hace mucho tiempo, compramos demasiado del resto del mundo, cuando deberíamos estar vendiendo más al resto del mundo.” (2010, discurso ante la promulgación de la Ley de Impulso Industrial.)

Argentina. La economía argentina ha logrado una importante recuperación de sus actividades industriales, extendida al conjunto de las ramas y con fuerte presencia de pequeñas y medianas empresas.

No es un argumento válido criticar la economía argentina en base a una supuesta reprimarización.

Es obvio que hay indicadores que reflejan el crecimiento notable de las ramas primarias, con incidencia de producciones agropecuarias (con precios internacionales e incrementos de la producción).

Y es positivo que así sea, ya estuvo acompañado del crecimiento del conjunto de los sectores industriales y de aquellos sectores que generan mayor valor agregado.

Las lecciones de la crisis internacional, la realidad referida de los EE.UU. y nuestra propia experiencia nos deben llevar a poner en el centro de los objetivos preservar condiciones para que el proceso de industrialización se profundice y favorezca la solidez macroeconómica y la sustentabilidad global de la economía.

El crecimiento equilibrado sectorialmente es muy importante. Nuestro país ha recuperado consensos sobre el valor de su industria, el desafío es preservar las condiciones para garantizar la continuidad del dinamismo industrial.