lunes 03 de octubre de 2022
COLUMNISTAS opinión

Cristina ya no tiene nada para dar

10-09-2022 23:55

El mejor Diego que vi fue el de los tres partidos previos a la lesión de Goikoetxea”. La frase la firma Fernando Signorini, el preparador físico que tuvo Maradona durante muchos años. Cuando la leí, me angustió la deducción inmediata: la versión extraterrestre de nuestro ídolo que apreciamos en el Mundial de México de 1986 fue inferior a la contemplada por sus fans europeos antes de aquella quebradura de 1983. No obstante, casi nadie aceptará jamás tal aseveración de su entrenador, así como ocurría con Perón en 1973. ¿Cuántos de sus adherentes asimilaban la idea de que el tiempo había pasado y de que esa mutación no solo estaba por debajo de la dorada de 1946, sino también de la debilitada tras la muerte de Eva y la crisis de balanza de pagos de 1952?

En realidad, en todos los órdenes de la vida pocos estamos preparados para asistir al proceso de declinación de nuestros seres queridos, ídolos y dirigentes del ámbito que fuere. ¡Vale para adversarios y enemigos también, eh! ¿Qué mayor evidencia al respecto que la circunstancia de que la política argentina siga girando alrededor de Cristina Kirchner tras un proceso de dos décadas donde la actual vicepresidenta quemó todo su capital político, al punto que solo puede presentarse públicamente en escenarios de la tercera sección electoral bonaerense preparados con esmero, además de El Calafate, su “lugar en el mundo”? 

Semejante verdad es tan incontrastable como el dato de que su varita mágica fue tan eficaz para generar un candidato presidencial sorpresa como estéril para conformar un gobierno que pueda desde comenzar a desanudar los problemas crónicos del país hasta administrar eficazmente lo más básico: su propia seguridad personal. Seamos claros: el 1º de setiembre no ocurrió en la casa de Cristina ningún atentado que involucrara a alguna poderosa organización mafiosa, al aparato de una organización de inteligencia como la CIA o a inflamados líderes revolucionarios cubanos, sino a un lumpen de los tantos que conforman el nuevo proletariado de los microemprendimientos y las plataformas de reparto que pululan a lo largo y ancho del país.

Por ello, a esta altura de la velada, del único complot que tiene sentido político hablar es de aquel sellado con la reforma constitucional de 1994 que, vale aclarar, no inventó ese rasgo distintivo de nuestra cultura política centrada alrededor de líderes políticos incombustibles y a prueba de atentados, a los que no se les perdona que tengan affaires amorosos, que disfruten de su tiempo libre, y menos que envejezcan. ¡Ni hablar de que sean seres humanos, eh! En tal sentido, la consagración del sistema del voto directo no hizo más que consagrar un artefacto por el cual no hay casi forma de contrarrestar un liderazgo con sólido anclaje en al área metropolitana como el de Cristina Kirchner, lo cual es un gran problema no solo para el país y para sus competidores sino para ella misma, cuando le toca la hora de escribir sus valiosas memorias a la par de disfrutar los bucólicos paisajes patagónicos.

¿Qué locura puede haber detrás de estas ideas cuando el propio sentido de la República tiene que ver con los mecanismos de difusión del poder? Empezando por la división de poderes, la imposibilidad de las reelecciones indefinidas, la rotación en los cargos y la promoción de los sistemas electivos y de participación popular a todos los rincones donde sea posible. Y si de dispersión del poder se trata, no hay nada que vaya más a contramano de los sistemas republicanos que la eternización de los liderazgos, más aún en una época de semejante descentralización estimulada por la digitalización de la vida diaria.

En semejante contexto tecnológico, cualquier sistema político que favorezca la concentración en la toma de decisiones, sean electorales o de gobierno, choca de lleno contra cualquier parámetro básico de efectividad. Los tres años del FdT en el gobierno, vale también para los cuatro de Cambiemos, y así para atrás, dan amplia muestra de ello. Parafraseando a James Carville, ¡es el sistema, estúpido! No son los hombres: cuando todos fracasan, en realidad nadie fracasa.

*Analista político (@DanielMontoya_).

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