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Cuando el carisma no alcanza

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No. CFK decidió no presentarse quizá quizás porque sabe que no le dan los números. | cedoc

Acostumbrada a cazar en el zoológico, es decir a monologar sin aceptar debates con quien pueda contradecirla, repreguntar u oponerle argumentos discordantes, habituada a mandar sobre obsecuentes, temerosos y cómplices, a competir solo con la victoria asegurada de antemano, Cristina Fernández de Kirchner decidió esta vez retirarse de la contienda. Según ella, para no ser mascota del poder (después de haber ejercido el poder rodeada de mascotas). O quizás porque sabe que no le dan los números, que su famoso “núcleo duro” de adictos es un callo endurecido que no crece más allá del límite alcanzado. La excusa es una vía para no hacerse cargo de la tierra arrasada que dejará el figurante a quien hace cuatro años designó como candidato para el cargo por el cual también entonces ella eludió competir. Ese designado, como casi todas sus elecciones de mandaderos, resultó un fracaso. Fue el peor presidente desde el retorno de la democracia, así como el vicepresidente que anteriormente había elegido para ella misma cometió actos delictivos o su candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires cosechó una ignominiosa derrota en 2015.

Es quizás el graznido del ave que vuela hacia su ocaso, aunque en la Argentina, tierra de resucitados y muertos vivientes, nunca se sabe. Los huérfanos que deja a la intemperie se pelean ahora por los despojos de la herencia. Basta con repasar sus nombres para advertir que cualquiera de ellos, a menos que se les inyecte todo tipo de marketing anabólico, tiene tanto carisma como una cucharada de aceite de ricino. Justamente carisma es lo que siempre se le atribuyó a la renunciante. Lo hicieron propios y extraños. Comentaristas, analistas (incluso algunos que se suponen con pensamiento crítico), politólogos, militantes, opositores. Carisma e inteligencia. Acaso porque se trata de dos bienes hoy tan escasos, hubo velocidad y facilidad para atribuírselos a ella mientras el país no cesaba de desmoronarse bajo sus designios.

Un voto que grita

A propósito de este malentendido viene a cuento una interesante disquisición del historiador británico Ian Kershaw en su libro Personalidad y Poder. Kershaw recupera la noción de carisma tal como la entendía el alemán Max Weber (1864-1920), filósofo y jurista considerado padre de la sociología moderna. Según éste, todo líder se rodea de un cortejo de “creyentes” (que llamaba “comunidad carismática”), quienes creen ver en la figura providencial una serie de cualidades y virtudes que le dan un halo de grandeza y heroísmo. Por supuesto, una vez inventados e imaginados esos atributos los verán en cada uno de sus actos. Se sabe que la fe es ciega y que es más fácil convertir a un león en vegano que convencer a un fanático. Muertos el pensamiento autónomo y la responsabilidad individual lo que se llama carisma es pensamiento de manada.

En los escenarios políticos contemporáneos, apunta Kershaw, el carisma se fabrica fácil y deliberadamente y se nutre a través de los medios de comunicación, las redes sociales, las herramientas digitales y los movimientos sociales sobre los cuales un gobierno tiene control tanto político como económico. “Lo que solemos llamar carisma, escribe el historiador inglés, es en gran medida un producto creado artificialmente por la promoción mercadotécnica de un individuo a través de los constructos de un determinado movimiento político, un perfil mediático o la pura propaganda”. Se entiende que el poder de manipulación que ofrecen las herramientas enumeradas sumado al progresivo y extendido abandono del ejercicio de pensar generen fenómenos carismáticos masivos como el que entroniza líderes populistas o autoritarios tóxicos para sus sociedades. Pero es menos excusable que también caigan en eso quienes desde actividades intelectuales, espacios de opinión y análisis mediático o disciplinas vinculadas a la investigación social tienen la posibilidad, los instrumentos y la responsabilidad de negarse a la ilusión carismática y de ofrecer a la sociedad elementos para comprender y trascender los procesos que la atraviesan. Es tiempo de pensarlo antes de fomentar nuevos y peligrosos carismas.

*Escritor y periodista.