La presidenta de los cuarenta millones de argentinos le ha querido dispensar su encomio a la figura de Mao Zedong. A mí, en lo personal, que soy apenas uno de esos cuarenta millones, uno solo y por demás insignificante, ese hecho no me sorprende, no me preocupa, no me consterna. Sé bien, porque todo el mundo sabe, que Mao ha dado muerte (ha dado o hecho dar) a muchos muchos hombres, concretamente a los enemigos de los ideales por los que él mismo luchaba (¡La revolución! ¡El socialismo!).
Si es por eso, vale recordar que la Presidenta antes ya había expresado su fervorosa admiración por la figura de Manuel Belgrano, que para el caso también dio muerte (o se la hizo dar) a muchos hombres, concretamente a los enemigos de los ideales por los que él mismo luchaba (¡La revolución! ¡La independencia!). Y se apresta a emplazar, en sitio muy controvertido, una estatua de Juana Azurduy, flor del Alto Perú, que con dulce mano hizo lo propio y lo hizo por esos mismos ideales (que fueran menos o fueran más los tan matados no es en esto lo que importa, porque no es un asunto de rankings).
Me es más difícil de entender, sin embargo, que, proferidos esos entusiastas elogios chinos, queden luego tan en palabras, queden así: sin consecuencias. Porque Mao Zedong ha tenido posturas muy definidas sobre, por ejemplo, los abusos de la propiedad de la tierra, principio de desigualdades sociales, fundamento de riquezas y de explotación. ¿Qué clase de feroz volantazo hay que dar para torcer así el rumbo que orientó el Gran Timonel? ¿En qué parte de la gran marcha hay que bajarse para llegar a tan otro destino? ¿Cuántas páginas del Libro Rojo hay que saltearse para ir a parar a un sentido así de alejado?
¡Rompa el Coqui con ambas manos este pobre pedazo de página si falto con lo dicho a la verdad! ¡Que lo corte en tiritas o en cuadrados si una sombra de falsía lo aqueja!