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Curitiba mundialista

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En tanto es asunto de mi profesión, trataré de explicar un lugar común: la teatralidad de la expectativa.

Viajo a Curitiba, que como el Brasil todo se prepara para la Copa del Mundo. Yo sé poco y nada de mundiales, pero la preparación es demasiado tangible para no reparar en ella. El aeropuerto construye en tiempo récord media docena de mangas nuevas para bajar fanáticos de aviones. Así que desembarco de un vuelo directo de Aerolíneas (que no vuela a –digamos– México) por una manga provisoria de nailon y madera. Las avenidas que llevan a este aeropuerto ensanchado se están transformando de plácidos caminos en megaautopistas. Todo acceso lógico está bastante cerrado. El camino hasta el hotel me lleva dos horas quince y rompe el récord de ser más tiempo que el vuelo de Buenos Aires a Curitiba. Los choferes no saben por dónde agarrar. Los carteles naranjas de desvío aparecen cada 200 metros, proponiendo al conductor cosas insólitas, y es inútil hacerles mucho caso. Me dan pena esos carteles, que deben haber costado mucha plata y que son tan provisorios como ineficaces.

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Curitiba es –no es– la ciudad más autosustentable y mejor planificada del mundo (desplazó a Malmö del primer puesto). Como toda estructura ordenada, está poco preparada para la catástrofe. Las calles cambian de mano, las avenidas incurren en “mano inglesa” (en algunos tramos se debe circular por la izquierda) y el ojo sempiterno del museo Oscar Niemeyer todo lo ve desde sus alturas con guiño irónico.

El paisaje transmite un único mensaje: aquí ALGO va a pasar, y es tan grande la promesa que todo lo que en realidad (en la realidad) está pasando se minimiza. O se considera inversión. Se me antoja que ésta es una buena definición de teatro: lo que hay sobre el palco es ínfimo, gente que se agita, cartapesta. Pero el teatro promete en cada réplica un futuro inmediato enorme y jugosísimo. Cuando Curitiba esté acabada, ya no será tan teatral.

Para los aztecas, el juego de pelota era un evento importantísimo, servía para dirimir conflictos de guerra y era –en definitiva– ritual de vida o muerte. No es tan raro que ese espíritu reaparezca deformado entre el humo y el pedregullo de esta carrera para hacer de las ciudades sedes de un milagro profano. El estadio de Curitiba estuvo a punto de no llegar a tiempo: se desmoronó durante su construcción y hubo algún muerto. También en teatro el futuro que se promete se basa por regla general en el ocultamiento, en la obscenidad, en algo de muerte.