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De acuerdo con Carrió

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| Cedoc

No comparto la ideología de Elisa Carrió, hasta donde alcanzo a divisarla. Tampoco el sesgo conspirativo que consigue imprimir a todas las cosas. Del partido del que proviene me apartan sus derramamientos de sangre, por mencionar solo un aspecto entre tantos de su larga historia. A cambio, y decididamente, me encanta su sentido del humor. Me encanta de verdad. Y me encanta que lo ponga en práctica ante todo consigo misma, diferencia sustancial entre el recurso a la comicidad corrosiva y el gaste unilateral del que tiende a pasarse de vivo.

Por eso mismo, precisamente, me pareció impecable el freno en seco que les pegó a esos dos senadores nacionales que pretendieron tomarla en solfa, apelando al recurso torpe de verduguearla por su aspecto físico. Es un género de la denigración que abunda en las peleas callejeras, la picaresca de tribuna y el conventillo televisivo de la farándula. Pero no me convence, en lo personal, que tales términos se trasladen así sin más al discurso de la política. Y no por pruritos de buenas maneras (provengo de un barrio reo), sino por lo que implica como empobrecimiento inexorable del debate de ideologías.

Existe la lectura política de los cuerpos, ya lo sabemos: Sarmiento la empleó, con maestría, nada menos que en Facundo; David Viñas la retomó, a la distancia, para tratar de discernir a Carlos Menem. Aquí se trata de otra cosa, y Carrió la detectó muy bien: del escarnio facilón de un titeo inconducente, lejos del trazo fino de Landrú, cerca del trazo grueso de las jodas de ShowMatch. Y aunque creo que se tentó y un poquito entró en el juego (al hablar, como habló, de “machos feos”), fue drástica en su determinación de levantar el nivel del debate.

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Ahora sí se podrán dirimir, por ejemplo, asuntos como el siguiente: de qué forma articular una oposición verosímil al gobierno actual, después de haber avalado tanto los desastres del gobierno anterior.