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De la belleza

Cuando la semana pasada le prometí que hoy le hablaría de la belleza, no sabía en el lío en el que me estaba metiendo. Pero lo prometido es deuda y ahí va.

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Cuando la semana pasada le prometí que hoy le hablaría de la belleza, no sabía en el lío en el que me estaba metiendo. Pero lo prometido es deuda y ahí va.
Lo primero que a una se le ocurre si acepta el desafío es que la belleza es eso que tiene tantas definiciones que termina por no tener ninguna. De acuerdo. Lo segundo es que una piensa en la pavota Venus de Milo que vaya usted a saber qué era lo que hacía con sus brazos y sus manos. Y de ahí en adelante casi cualquier cosa. Pero a partir de la señora Venus viene también el asunto aquel de que el concepto de belleza cambia con el tiempo. Nuevamente de acuerdo, y si no fíjese que si en algún momento la antedicha señora Venus era el epítome de la belleza, hoy sería una señorona gordezuela a la que en las tiendas de ropa de mujer le dirían eso de “Para tu talle no tenemos”, mientras corren a atender a las anoréxicas de turno. Nuevamente de acuerdo. Pero hay bellezas que no cambian porque la señora de Milo será una pavota pero las bellas mujeres de los románticos y los manieristas y los impresionistas siguen siendo bellas. Y ni hablemos de la Judith de Artemisia o de la señora de Samotracia que atraviesan los años y los siglos y siguen siendo estrepitosa, cruel, atrozmente bellas. Pare la mano, que hemos llegado a un punto crucial: es que a la belleza lisita y serena de la de Milo, estas otras, las últimas de las que le hablo, agregan un componente terrible, atractivo y emocionante que las otras vaya a saber si tienen. Tome usted a la Victoria de Samotracia y atrévase a decirme que no es bella. No sé si es bella y complicada o si es lo primero debido a lo segundo. Lo que sé es que una la mira y oye el alarido de triunfo. Ah, caramba, aquí hay algo en que morder. No es sólo la mirada; para ver, realmente ver la belleza, hay que estar dispuesta a mirar otras cosas que son las que la componen y nos llevan a algo más, a otra parte, casi le diría a otro mundo. La belleza es complicada, compleja, enmarañada, difícil; es polivalente, es multiuso, es compacta, es como una aleación, como un guiso, como una mezcla, como algo que contiene otros algos y que a la vez participa de ellos. Hasta ahí vamos bien. No es que yo suponga que estoy agotando el tema, como que sé perfectamente que señoras y señores muy serios han escrito pilas de libros sobre la belleza sin atreverse a decir al final que estaba todo dicho. No lo está, por suerte no lo va a estar nunca y seguiremos por los siglos de los milenios diciendo que todos sabemos lo que es la belleza pero nadie parece poder definirla. Sé que hay definiciones acertadas, asombrosas, emocionantes, ésas ante las cuales una dice “¡Pero claro, eso es la belleza!”, pero ninguna es completa, ninguna nos satisface del todo y la prueba está en que mucha gente cita alguna de esas definiciones porque fue la que más le gustó o le impresionó. Para ser el todo irreverente yo diría que la belleza es como un puñetazo, aquí, en el plexo solar, ahí donde termina el esternón. Una se queda sin aliento. Como cuando descubre el punto de oro en un cuadro. Como cuando se enamora, vamos. Eso puede suceder ante las Cataratas del Niágara, que a mí me suenan tan pavotas como la señora de Milo pero hay gente que se desmaya de la emoción; o puede suceder ante una novela, un cuadro, una chica que pasa frente al café en el que tres amigos toman algo, un edificio (Brasilia, Petra, etc.), un viejo pergamino iluminado. Y puede sucederle a alguien y a otro alguien no. Y puede ser frecuente en alguien y casi desconocido en otro alguien. En fin, que me da la impresión de que no he cumplido del todo con usted. Le he hablado de la belleza, sí, dentro de mis modestas posibilidades, pero creo que no he hecho más que dar vueltas alrededor del tema. Justamente por eso que le decía, que se trata de algo complicado, maravilloso y atractivo pero también engañoso. Algo que por suerte nos rodea, está ahí, se deja ver a poco que una lo busque, o se esconde si una cree que no existe o que no vale la pena buscarlo. Es más, y esto sí que es definitivo, creo que hasta lo más horrible, desagradable y rechazante tiene una parte de belleza o es definitivamente bello cuando se trata no solamente de ver para no ser ciego sino de mirar para conocer. Si a usted le parece que estas deshilvanadas palabras pueden tener alguna conclusión, yo le diría que esa conclusión anda por el camino de la adquisición de conocimientos. Que cuanto más se conoce más fácil es llegar a ver y a comprender la belleza.