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COLUMNISTAS / despues del viaje de francisco
domingo 4 octubre, 2015

De papas y presidentes norteamericanos

Estados Unidos ha sido siempre hostil al catolicismo, pero la lucha contra el comunismo acercó a Reagan y Juan Pablo II. Obama y Francisco pueden reeditar esa colaboración, pero con otro signo ideológico.

por Redacción Perfil

Históricamente Estados Unidos ha sido hostil para el catolicismo. Pese a las olas inmigratorias en el siglo XIX y XX de irlandeses, italianos, polacos y latinos en general, la Iglesia Católica no ha podido compenetrar la sociedad o los negocios para forjar una cultura política en la forma en que lo ha hecho en el sur de las Américas. Al contrario, el advenimiento del capitalismo y su rápido desarrollo en el Nuevo Mundo generó un terreno fértil para que el protestantismo y las Iglesias Evangélicas se expandieran casi naturalmente para forjar, como lo conceptualizó Max Weber, una moralidad particular que perfilaría la nación que las doce ex colonias británicas formarían luego de la revolución de 1776.

La estricta separación de la religión y la política no impidió que la “ética protestante”, aunque se haya transformado en un cliché, defina una cultura política de libertad constitucional de cualquier culto, incluyendo por supuesto el catolicismo, como rasgo particular de la sociedad estadounidense.
Aun así, el historiador Josh Zeitz recuerda que la agresividad en el siglo XIX hacia los católicos de toda nacionalidad dentro de los 30 millones de europeos que de 1840 a 1924 inmigraron a Estados Unidos era pública, desde el cuestionamiento de su lealtad hacia su país adoptivo hasta el rechazo a darles empleo. Nacido en 1860 para oponerse violentamente a la emancipación de los esclavos negros, el Ku Klux Klan los incluyó en su lista de amenazas a la familia y la nación junto con judíos, otros inmigrantes, “nuevas mujeres” y criminales.

La mayor sospecha hacia los católicos, “un miedo antiguo” como define el analista Thomas Reese, ha sido la teoría conspirativa de que querían controlar el país e imponer su culto.  

Nada de todo esto impidió que los católicos se organizaran como comunidad al mismo tiempo que se integraban exitosamente a la sociedad y a la política como ciudadanos. En 1928, Al Smith se transformó en el primer católico candidato demócrata a la presidencia, y tuvo que enfrentar los rumores de que planificaba construir un túnel uniendo la Casa Blanca y el Vaticano.

Smith fue derrotado por el republicano Herbert Hoover, y recién en 1961 el demócrata John Fitzgerald Kennedy sería el primero, y hasta ahora único, presidente católico. En realidad, como Zeitz observa, su catolicismo había sido un obstáculo menor para su elección; en la propaganda patriótica de la Segunda Guerra Mundial la bravura del “americano” había borrado en parte las diferencias entre distintos sectores étnicos y/o religiosos, y la creencia en Dios, sin distinción de cultos, al arsenal ideológico de la estrategia de contención al comunismo y su ateísmo militante. De hecho, el propio Kennedy decía que era un presidente y no una marioneta del papa.

A lo largo de dos siglos y medio de historia, sólo cuatro papas visitaron Estados Unidos. De los jefes de la Casa Blanca, fue Woodrow Wilson el primero en tener una audiencia con el papa Benedicto XV en el Vaticano en 1919. Cuarenta años más tarde, Dwight Eisenhower visitó el Vaticano y se encontró con el papa Juan XXIII.

Desde entonces, todos los presidentes han visitado por lo menos una vez el Vaticano. A cambio, sólo cuatro papas fueron recibidos en la Casa Blanca. El primero en visitar Nueva York en 1965 y encontrarse con el entonces presidente Lyndon B. Johnson fue Pablo VI, que cerró el Concilio Vaticano II en 1965, el que dejó claro que la Iglesia no demandaba más de sus fieles que de llegar al poder impusieran el catolicismo como religión de Estado.

El 6 de octubre de 1979, y por primera vez en 2 mil años de historia, el jefe de la Iglesia Católica visitó oficialmente Washington. Recientemente electo, Juan Pablo II fue recibido por Jimmy Carter. Pero es con su sucesor, Ronald Reagan, con quien Juan Pablo II tuvo la mayor afinidad política incluyendo el restablecimiento de las relaciones diplomáticas en 1984, 117 años después de la sanción de la ley en el Congreso que prohibía la financiación de misiones diplomáticas a la Santa Sede el 28 de febrero de 1867.

Reagan y Juan Pablo II tenían en común la firme creencia en los valores del conservadurismo y el rechazo al comunismo. No dudaron en apoyar e involucrarse políticamente en los procesos sociales y conflictos bélicos contra los regímenes comunistas o de izquierda en general desde Europa del Este hasta Asia, Africa y Centroamérica, en una década tensa que va a terminar con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la implosión de la Unión Soviética en 1991.

Para referentes del conservadurismo estadounidense como Craig Shirley, autor de dos libros best-seller sobre Reagan, las elecciones de Thatcher (1979), Juan Pablo II (1979) y Reagan (1980) crearon una alianza económica, moral y militar “completa” contra el comunismo soviético. Carl Bernstein escribió en 1992 que Reagan y Juan Pablo II establecieron una “santa alianza” para apoyar a Solidaridad, el movimiento obrero disidente en Polonia, teniendo como objetivo último el derrocamiento del comunismo.

Pero la historiadora Marie Gayte pone en dudas la objetividad de tal caracterización tan tajante. En su estudio “El Vaticano y la administración de Reagan: ¿Una alianza de Guerra Fría?”, publicado en The Catholic Historical Review (octubre de 2011), argumenta que si bien la relación entre ambos era muy cercana y tenían intereses convergentes, la Casa Blanca y el Vaticano tenían sus propias agendas.

Más aún, en muchos temas, especialmente aquellos que se vinculaban a la deuda del Tercer Mundo, la Santa Sede disentía de Washington y no dudaba en hacer pública su postura.

De todas maneras, nunca la relación y la cooperación entre Estados Unidos y la Iglesia Católica ha sido tan política y tan cercana como en los 80, con Reagan y Juan Pablo II. ¿Ha sido una excepción que creó un momento coyuntural, o ha establecido un antecedente? ¿Era una visión ideológica compartida y el interés en la lucha contra un enemigo común el factor que explica una cooperación cuya consecuencia, el cambio en la estructura del balance de poder mundial, es visible aunque difícilmente se pueda saber si es mera coincidencia o efecto de esta cooperación como su causa? Ni en los 90 en plena euforia de transición pos Guerra Fría, ni en la década de la llamada Guerra contra el Terrorismo después del 11 de septiembre de 2001, la Casa Blanca mostró un interés en la cooperación con la Santa Sede en la misma forma en que Reagan lo había hecho.
Las posteriores y varias visitas de Juan Pablo II y Benedicto XVI no tuvieron la misma resonancia política. La Iglesia Católica pasó por un período muy difícil por los sucesivos escándalos que tuvieron mucha repercusión pública y mediática en Estados Unidos.

Mientras tanto, con el regreso y auge del conservadurismo en la política estadounidense desde mediados de los 90, el evangelismo y sus pastores carismáticos se posicionaron en la vanguardia de las sucesivas coaliciones electorales que aseguraron la emergencia de nuevas figuras en el Partido Republicano y terminaron asegurando los dos mandatos de George W. Bush. El evangelismo estadounidense en auge desde los 80 y con mayor fuerza en la pos Guerra Fría es mayoritariamente conservador, no reformista y, según Mark R. Amstutz, autor de Evangélicos y la política exterior americana, cada vez más interesado en un rol global a través de la política exterior estadounidense.

Es en esta situación de efervescencia conservadora y mayor radicalización hacia la derecha en los republicanos cuando Francisco hizo su histórica visita y fue el primer papa en hablar en el Congreso y decirles a sus miembros, en su mayoría republicanos conservadores, todo aquello que aborrecen, desde la redistribución de la riqueza hasta el cuidado del clima y la desmilitarización.

No importa cómo se caracterice al Papa en el espectro ideológico de la política; lo cierto es que ha hecho su misión el cambio a escala global; y si de cambio se trata hoy, no se define en la oposición a una abstracción como ha sido el enemigo ideológico en los 80; los desafíos son más concretos: los números primero, ya que se trata de redistribuir la riqueza, la política climática luego, y, como siempre, la paz, la resolución de los conflictos, y el fin de la militarización en los asuntos internacionales.

Se sabe que desde la visita de Barack Obama, el presidente del “cambio en que creemos”, a Francisco en marzo de 2014, ambos encontraron intereses comunes en la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, la política climática y la lucha contra la pobreza y la desigualdad. Hubo cooperación también con respecto al primer tema. La pregunta es si en este último año de su segundo mandato estos intereses promoverán mayor cooperación para forjar una alianza de valores para el cambio, pero esta vez en un signo ideológico opuesto a la convergencia Reagan-Juan Pablo II.

 

*PhD en Estudios Internacionales de University of Miami. Profesor de Relaciones Internacionales de Udesa y la Universidad Nacional de Lanús.


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