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COLUMNISTAS / EL CLUB DEVALUADOR
sábado 7 julio, 2018

Del 20-20 al 30-30

Llegamos a un 2018 que pasó de una expectativa de 20% de inflación y el dólar a 20 pesos a fin de año a una inflación de 30% y un dólar a fin de año de 30 pesos, en ambos casos como hipótesis optimista.

por Jorge Fontevecchia

Rocca, Rattazzi Y Sica, panegiristas de un dólar bien alto. Foto: Cedoc Perfil

“La creatividad es la moneda del infinito”. La frase atribuida a Pablo Picasso con referencia al arte es aplicable perfectamente al arte de la política. Y en las últimas semanas se percibió la falta de creatividad de la dirigencia argentina, que nuevamente aspira a resolver los problemas de competitividad del país devaluando.

El club devaluador lo integran algunos de los principales miembros de la Unión Industrial. El miércoles pasado el dueño de Techint, Paolo Rocca, sostuvo que “la devaluación permitió recuperar competitividad”, elogio devaluatorio coincidente con el de Cristiano Rattazzi cuando el dólar orillaba los 23 pesos y proponía uno de 26 empujando las expectativas devaluatorias, o del flamante ministro de Producción, Dante Sica, resaltando lo positivo de la devaluación ya producida.

La solución de la devaluación es el populismo del capitalismo: puro corto plazo

Así llegamos a un 2018 que pasó de una expectativa de 20% de inflación y el dólar a 20 pesos a fin de año a una inflación de 30% y un dólar a fin de año de 30 pesos, en ambos casos como hipótesis optimista. De terminar siendo así, con una devaluación 50% superior a la esperada y también una inflación 50% superior a la esperada, solo se habrá logrado empeorar la situación de todos.

El club devaluador no cuenta que los saltos abruptos del tipo de cambio, al ser tan resonantes, licuan la mejora de la competitividad que generan al comienzo porque el aumento de los precios internos termina reduciendo esa ganancia inicial. Pero mucho peor aún: no solo no se termina ganando competitividad de manera sostenida sino que se la empeora, porque al sumar millones de pobres en la disparada donde los precios suben pero no así los salarios de los que están en negro (la mitad de la población), se obliga al Estado a aumentar los subsidios a los más desprotegidos y, finalmente, también los impuestos. Además del déficit fiscal, que lleva al Estado a endeudarse encareciendo el crédito para los privados. Y en esa calesita todos pierden.

El mejor ejemplo es la megadevaluación de 2002, que aumentó la productividad de las empresas pero duplicó la cantidad de pobres de la Argentina, y que obligó a un monumental crecimiento del gasto en asistencialismo que hizo duplicar el gasto público sobre el producto bruto en una década. ¿Dónde quedó entonces el aumento de productividad de las empresas, si lo que ganan por diferencia de cambio lo pagan por aumento de los impuestos y encarecimiento del crédito?

Si devaluando la Argentina mejorara su competitividad tendríamos que ser el país más competitivo de la Tierra, porque fuimos los que más devaluaron su moneda en las últimas cuatro décadas. La competitividad vía devaluación es hija del mismo cortoplacismo del populismo: no construye nada consistente.

Macri ya había devaluado el 50% el peso en diciembre de 2015, cuando al salir del cepo pasó el dólar de 9 a 14 pesos y en 2016, en lugar de crecer, el producto bruto argentino cayó casi 3%.

Competitividad por devaluación es igual a falta de creatividad. Nadie aspiraba a que nuestra dirigencia tuviera la creatividad de Picasso e hiciera crecer a la Argentina al infinito, pero entristece tanto cortoplacismo porque cuando terminen de acomodarse el dólar, la inflación y las paritarias con sus cláusulas de ajuste o su directa reapertura, como ocurrió en el caso de los empleados de comercio, la verdadera mejora en el cambio real no será significativa y habrá generado un sismo en la economía, además de un daño político inconmensurable.

Elites miopes tanto o más que los malos gobiernos producen la realidad mediocre que nos acompaña desde hace décadas. Paolo Rocca en la misma exposición recordó que durante toda la década del 80 tuvimos un promedio de inflación del 20% mensual, pero ¿en qué medida las devaluaciones abruptas fueron más causa que consecuencia de esa anomalía?

Hay quienes piden un dólar de 40 pesos con retenciones del 25%, porque de esa manera los exportadores seguirían teniendo un dólar de 30 pesos y el Estado solucionaría gran parte de su déficit fiscal por volver a tener retenciones. Pero en lugar de pasar del 20-20 al 30-30 se pasaría al 40-40 o, en el mejor de los casos, al 35-40. Y otros proponen directamente una dolarización, pero la cuestión de fondo será siempre cuáles terminarán siendo los salarios en dólares; el mejor ejemplo es la paritaria de empleados de comercio, acordada en 15% y que pasó a 25% después de la devaluación.

El modelo de dólar “recontraalto” y sueldos bajos con el que los países asiáticos se convirtieron en tigres económicos en las últimas décadas del siglo pasado, ejemplo que también China terminó imitando, no es tan fácilmente aplicable a países occidentales con sindicatos fuertes y democracias electorales verdaderas y no de partido único como en Oriente.

Tampoco es trasladable un modelo de hace tres o cuatro décadas cuando tanto orientales como occidentales eran menos rebeldes. En ese punto hay que darle la razón a Duran Barba sobre el efecto transformador en el disciplinamiento social que generó la explosión comunicativa. China y los tigres asiáticos fueron corrigiendo sus modelos de dólar alto y sueldos bajos para exportar, y hoy los sueldos son más altos y el consumo interno más importante que la exportación.

La competitividad se esfuma porque la pobreza que crean con la devaluación la pagan con impuestos y tasas

La creatividad en Argentina no está en el atajo corto de la devaluación sino en encontrar la forma de producir un desagio de la inflación pasada al presente, que corte la inercia de la inflación, un plan creativo que obligue a todos los actores a cambiar drásticamente las expectativas inflacionarias y devaluatorias, o devaluatorias e inflacionarias, en el orden de causalidad que se prefiera. De lo contrario, seguiremos con dólar e inflación corriéndose mutuamente.


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