Macri está lanzado, qué duda cabe. Convencido de que el desgaste y la interna peronista –más la chance de que el panradicalismo lo acepte– le abrirán una puerta de oro a la Casa Rosada, se muestra exultante.
El entusiasmo lo lleva a pasarse de rosca con algunas torpezas políticas. Las verbalizadas salieron a la luz en los últimos días, como el “piropogate” y la defensa que hizo de la polémica foto de DyN que acompaña esta columna y que se viralizó como pocas (a propósito, vaya uno a saber por qué los diarios Clarín y La Nación fueron los únicos que no la publicaron ayer).
Otras no son tan visibles. Pese al respaldo a su gestión porteña y a la sensación de que el distrito capitalino se mantendrá en manos de un dirigente PRO (Michetti, Rodríguez Larreta, etc.), el macrismo no hace pie en la provincia de Buenos Aires, la madre de toda batalla electoral. Si además dos de sus competidores provienen de ese territorio, la falencia se hace más notable.
Alguna piedra más en el camino podría venir por el lado de la Justicia. La Cámara Federal debe decidir si mantiene a Macri fuera del juicio oral por las escuchas ilegales en su gestión, por las que sí serán juzgados varios ex funcionarios porteños de importancia. La sala que resolverá al respecto suele estar atenta a los deseos del gobierno nacional.
Otro dolor de cabeza judicial se asoma ante la denuncia por la adjudicación a un controvertido empresario de la construcción de la terminal de ómnibus en la zona sur. El beneficiado fue Néstor Otero, quien ya tiene la concesión de la estación de micros de Retiro y está procesado por supuestas dádivas entregadas al multiprocesado Ricardo Jaime, ex secretario de Transporte K.
No sería la primera vez que el jefe de Gobierno debe aclarar su relación con hombres que expandieron sus fortunas durante la “década ganada”. Hasta ahora, el caso más notable fue el de Cristóbal López, a quien la gestión macrista le avaló sus negocios del juego en la Ciudad. Le convendría estar alerta: el pedido de un fiscal federal de investigar los casinos de López podría salpicar a algún funcionario porteño, aunque el epicentro momentáneo sea Lotería Nacional.
Tiene suerte Macri con la transversalidad de Cristóbal. El zar del juego devenido en empresario de medios, petrolero y alimentario construyó relaciones políticas con variados sectores. Scioli, Massa, radicales y hasta socialistas (el casino más grande del país es de López y está en Rosario) dialogan y negocian en pos de mutuos beneficios.
No es Cristóbal López el primer empresario que pone las fichas en diferentes canastas con tal de permanecer. Tampoco el que lo hace con fondos tan frondosos como observados. Sin ir muy lejos, uno que creció tanto que metió miedo era un tal Alfredo Yabrán. A los yabranistas los llamaban “los violetas”, por el color de su empresa postal emblemática.
Por suerte eran otros tiempos, ¿no?