Más allá de sus connotaciones institucionales y políticas, el nuevo DNU que intentó apartar US$ 4.382 millones de las reservas está mostrando lo limitado de los instrumentos genuinos de que dispone el Gobierno, en contraste con una amplia gama de objetivos que se plantea. Apelando a los dólares del Central se procuraba sostener otro año más el crecimiento del gasto público al ritmo del 30% anual, pero sin reparar en efectos colaterales negativos en materia de inflación y competitividad.
Cuando los agentes económicos advierten que se usan recursos extraordinarios en forma recurrente, resulta muy difícil ampliar el horizonte. No debe olvidarse que el riesgo recién habrá de bajar en forma sustancial cuando los inversores, además de cobrar sus cupones, vean condiciones para reinvertir en el país.
Mientras tanto, deberían evitarse los escenarios extremos, asociados al desborde del gasto público y a la asfixia financiera para el cumplimiento de las obligaciones del Estado. De todos modos, el clima político seguirá crispado, porque para cerrar los números fiscales y de deuda, si no cuenta con los dólares del DNU, el Gobierno deberá congelar (crecimiento cero) en 2010 las partidas de subsidios y obra pública, ya que los ítems de salarios y jubilaciones subirán en forma inercial un 30% interanual, existiendo además nuevos compromisos, como el “Plan Hijos”.
Actividad. Los primeros datos de nivel de actividad de 2010 habían marcado la continuidad del proceso de recuperación iniciado en la última parte de 2009. Tanto en la industria como en el campo y en una amplia gama de servicios se perfilan guarismos positivos de producción y ventas.
La recaudación de IVA, el impuesto más sensible al ciclo económico, había retornado al terreno positivo en términos reales en el último período, mostrando una paulatina recuperación después de la recesión de 2009.
Justamente, el año pasado, lo colectado por el IVA mostró una caída del orden del 6,7% en términos reales (utilizando para deflactar un mix de los índices de costo de vida de BaAsCity y San Luis). Este descenso ya se había moderado en el último trimestre de 2009, pasando a -3,4%, siempre en términos reales. En el primer bimestre de 2010 la recaudación de IVA ya superó a la inflación en el orden de los 4 puntos porcentuales.
La mejora de este indicador fue precedida por el freno en la fuga de capitales, que había operado desde octubre de 2009. La conexión tiene que ver con el hecho que cada dólar que deja de fugarse pasa a alimentar la demanda interna y de allí su contribución a la recuperación de la economía y su reflejo en la recaudación de impuestos como el IVA, tan vinculados al ciclo (ver gráfico al respecto)
El tema es que este comportamiento no puede extrapolarse para el resto del año, porque el contexto internacional no está del todo consolidado y, a nivel local, el clima no es el mismo que se vivía en los últimos meses del año pasado. Por caso, en febrero habría recobrado fuerza la fuga de capitales, ya que de 753,2 millones de dólares liquidados en el mercado de granos en las tres primeras semanas, sólo un millón engrosó las reservas del Banco Central en igual período.
Tenemos entonces un indicador positivo que refleja la mejora en la demanda interna, pero un factor explicativo (el freno en la fuga de capitales) que no se ha sostenido en el tiempo. Los datos de marzo echarán más luz acerca de cuál es la tendencia.
En el trasfondo de esta ambivalencia de indicadores locales hay un mix de política económica que no luce consistente: cuando la economía ya comenzó a recuperarse se intenta seguir con políticas fuertemente expansivas tanto en el plano fiscal como monetario.
Y, salvo momentos extraordinarios, lo recomendable es que haya un contrapeso entre ambos instrumentos: si se aspira a crédito fluido y tasas de interés relativamente bajas, entonces la política fiscal deberá ser mucho más moderada (y viceversa). De lo contrario, los resultados esperados no se logran, porque pierden eficacia las políticas. Y no sólo eso: puede haber efectos no deseados que terminan llevando a un escenario más negativo que el del punto de partida.
Por ejemplo, si producto de las políticas que se implementan comienzan a aumentar las presiones inflacionarias, entonces una opción a mano será la intentar que el tipo de cambio juegue el rol de ancla.
Pero eso llevará a acumular presión a futuro, aumentando los riesgos para un posterior resurgir del fenómeno de la fuga de capitales. La otra posibilidad es una indexación generalizada de variables, pero esto tampoco abonaría un escenario sustentable en cuanto a crecimiento y empleo.
Gasto. Como hipótesis de trabajo puede considerarse que el objetivo para el gasto público en 2010 era sostener la variación en el 30% interanual. La recaudación, que ha mejorado en forma significativa, de todos modos apunta a un crecimiento de 23% anual, por lo que, para una política fiscal expansiva, se requería de financiamiento extra. Dado que los mercados siguen cerrados para la Argentina, la opción más atrayente son, evidentemente, las reservas del Banco Central.
Por el lado monetario, mientras las expectativas de inflación medidas por la Universidad Di Tella treparon al 25% anual, la tasa de interés por depósitos se ubica en el 9% anual promedio.
¿Cómo lograr que los depósitos bancarios se mantengan e incluso aumenten mes a mes? El instrumento parece ser, por el momento, contener el precio del dólar por debajo de los 3,90 pesos, de modo que los ahorristas perciban que, si bien están perdiendo contra la inflación, por lo menos le están “ganando” a la variación del tipo de cambio.
Esta estrategia parece estar apoyada en la convicción de que el superávit comercial habrá de mantenerse cercano a los US$ 15 mil millones, debido al plus que la soja aportará a las cuentas récord.
El problema está en que una política de “dólar quieto” con salarios que apuntan a actualizarse al 20% anual puede afectar la competitividad del sector industrial en forma acelerada. En el cuarto trimestre de 2009, el costo laboral unitario en dólares se ubicó en un nivel 92,8 para una base 100 en el quinquenio 1997/2001. Aun suponiendo un avance importante de la productividad en 2010, del orden de 3,4% anual, un tipo de cambio que se ubique en $ 4,12 o por debajo haría que, a fin de este año, el costo laboral unitario en dólares supere el índice promedio del quinquenio 1997/01, es decir, los guarismos pre-devaluación. Por supuesto que el precio del dólar puede superar esa cota, pero, en un contexto de política fiscal y monetaria expansiva, ¿qué sucederá con las expectativas de inflación?
En el segundo semestre de 2007 la economía argentina vivió una situación parecida, pero con una diferencia importante: había menos vencimientos de deuda y todavía se ostentaba superávit primario, lo que le puso un techo a la suba del riesgo país, que pasó de 200 a 400 puntos básicos entre principios y fin de 2007.
Las tasas de interés por plazos fijos se situaban en torno al 9% anual, en un contexto en el que la inflación medida por oficinas provinciales traspasaba el umbral del 20% interanual, en buena medida consecuencia de una aceleración del gasto público que, de subir 28,8% en 2006, llegó a un 44,3% de variación en 2007.
Hasta 2006 fue posible mantener tasas de interés bajas en pesos (política monetaria expansiva) porque el mix se completaba con una política fiscal moderada, con ingresos y gastos subiendo a similar ritmo y un superávit primario que se sostenía por encima de 3% del PBI. Además, subsistía “colchón cambiario”, es decir, había consenso acerca de que el precio del dólar en el mercado era superior al tipo de cambio de equilibrio, mientras que la inflación todavía era de un dígito.
En 2010 no es posible lograr “todos los objetivos a la vez” y habrá que decidir cuáles serán las prioridades. Lo más recomendable parecería ser optar por el apoyo a los factores genuinos de la recuperación de la economía, tanto en la industria como en el campo y los servicios, con un mix más consistente entre las políticas monetaria y fiscal, que sirva de plataforma para ampliar el horizonte de los agentes económicos. El hecho que el costo laboral unitario de la industria medido en dólares se aproxime a los niveles de 2001 ilustra hasta qué punto están limitadas las opciones por el lado de los precios relativos, aumentando el riesgo de la indexación generalizada si es que se pretende “forzar la marcha” en variables nominales.