Hace unos días, a través del New York Times, Stephen Hawking avisó que las explicaciones acerca de la creación del Universo ya no necesitaban de la intervención divina. De esa superfluidad de gestión, el científico habría concluido la inexistencia de Dios o, al menos, así salieron a proclamarlo evangélicamente una caterva de ateos entusiastas. “Profesar el ateísmo” es un oxímoron elegante. Pero ni siendo ateo se entiende el motivo de tanto júbilo. En principio, porque salvo mejor prueba en contrario, no se avizora mayor conveniencia en la aceptación de esa presunta verdad científica. La fe, en cambio, no es eficaz por su aptitud demostrativa de la existencia de aquello en que el fiel cree, sino por su decisión de impedir la posibilidad de que esa existencia sea comprobable. Y aunque la religión arroje a innumerables personas a abrazar causas insensatas, la confortación finalista que proporciona no debe ser de desdeñar. Y esto lo refiere mejor que nadie el propio Hawking en su libro de divulgación, La teoría del todo, el genio discapacitado cuenta una visita realizada por una delegación de cosmólogos al Vaticano, en ocasión de una conferencia interdisciplinaria con sus pares religiosos. Luego del encuentro, el Papa –¿sería Juan Pablo II?– los recibió en audiencia en sus habitaciones privadas y (cito de memoria, tampoco sé si habló en latín) les dijo algo así como: “Hijos queridos de mi corazón. Yo los bendigo por esos conocimientos que tan amablemente nos han transmitido. Desde luego, está muy bien el Big Bang y todo eso. Salvo algún fundamentalista cristiano del interior de los Estados Unidos, pero esos son sólo bárbaros protestantes, a todos se nos hace evidente que el Universo no se hizo en siete días. Ahora bien, con el momento anterior a la creación, ustedes no se metan, ¿me explico? Eso es asunto de Dios”.
Para preservar el valor de un velo, nada mejor que soltar una amenaza velada.
Volviendo a los teístas. Leí que el presidente de Chile había declarado que los mundialmente famosos mineros estaban bien “gracias a Dios” y que pronto los tendríamos a nuestro lado. La inconsecuencia de la afirmación me estremeció. Si gracias a Dios estaban bien, ¿gracias a quién sufrían ese encierro infrahumano? Si –El no lo quiera– una catástrofe llegara a ocurrir, ¿dirá don Sebastián Piñera Echenique que Dios perdió su lucha con la mano de su díscolo discípulo el diablo, o preferirá postular que también la piedra cruel y el resto de los tormentos que padecemos se deben a un designio celeste?
De este lado de la cordillera, un trémulo sacerdote se opuso a la propuesta de Carmen Argibay de retirar los crucifijos de las salas de audiencia. El padre Farinello afirmó que la imagen del crucificado era un símbolo de amor que excedía a la religión católica. Por extensión, supongo, y como el amor es un bien, se predica de esto la necesidad de que haya crucifijos en colegios laicos y estaciones laicas y cuartos laicos y baños laicos. No hay como creer a ciegas en algo para desear imponerlo como verdad universal. Personalmente, no sé cómo puede tomarse como prueba de amor cósmico y salvífica redención la figura mórbida de un atormentado cuya última expresión en arameo habría sido: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, y tampoco me resulta muy razonable ni admisible la compungida afirmación del Papa actual acerca de que la enorme vergüenza que sufre la Iglesia por los abusos de los sacerdotes pedófilos debería resultar para sus víctimas un motivo de consuelo. Supongo que la lógica que determina ese supuesto es similar a la del alcohólico que faja a su mujer y después le pide perdón de rodillas, idéntica la del violador que abusa del indefenso y después se compadece de sí mismo, conmovido por el horror de su acto.
En esta columna, el lector atento habrá sabido discernir entre mi repulsa a los mandatos perversos de las religiones y mi defensa de la inocencia y de la fe.
*Periodista y escritor.