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COLUMNISTAS / Defensor de los Lectores
domingo 23 diciembre, 2018

Dios juguetón y tramposo en el Olimpo de la prensa

La confianza de la audiencia y los lectores quedó tecleando ante dos acontecimientos, uno registrado en Alemania y el otro en estas tierras.

por Julio Petrarca

Mentiroso. Claas Relotius, multipremiado farsante del periodismo alemán. Foto: cedoc

El domingo 12 de abril de 2015, este ombudsman tituló "Periodismo fraudulento" para definir el contenido de su columna dominical. En ella, ponía el eje en una investigación interna de la revista norteamericana Rolling Stone, cuyo resultado puso al descubierto que la periodista Sabrina Rubin Ederly había inventado una supuesta fiesta de la fraternidad Phi Kappa Psi de la Universidad de Virginia, en la cual –afirmaba Ederly– siete miembros de la agrupación habían violado a Jackie, una estudiante. La credibilidad del medio quedó resquebrajada cuando la auditoría que su dirección ordeno dejó al descubierto falencias graves en el contenido del artículo, desde su concepción hasta su edición final. No se respetaron normas básicas de chequeo informativo, consulta de fuentes y otros pasos necesarios antes de publicar.

En estos días, la confianza de la audiencia y los lectores quedó tecleando ante dos acontecimientos, uno registrado en Alemania y el otro en estas tierras. Empecemos por lo nuestro:

Agencias informativas, canales de TV, sitios periodísticos en la web, dieron cuenta del presunto hallazgo de una niña –hoy adolescente– de cuyo paradero nada se sabía desde su desaparición, diez años atrás, en un camping de Río Grande, Tierra del Fuego. En menos de 24 horas, la noticia quedó desmentida: no era la chica, cuya búsqueda se actualizó en los últimos tiempos. Este ombudsman  entiende que se procedió de manera poco responsable en los medios que se hicieron eco de la presunción, que no se dejó margen para un tiempo de reflexión y que la conmoción social y familiar provocada debió evitarse aunque esto afectara la inmediatez en la publicación, la “primicia”.

La fama a cualquier precio mutila, asesina el buen periodismo.

◆ La revista alemana Der Spiegel –una de las más prestigiosas del mundo, por sus contenidos de alta calidad y la confiabilidad de sus profesionales y fuentes– acaba de despedir a uno de sus periodistas estrella, Claas Relotius (33 años, desde los 22 en la pubicación),  cuyas notas le valieron cuatro premios en Alemania y uno de la prensa europea, además de los elogios de la cadena CNN (que lo nombró “Periodista del Año”) y de la revista Forbes (que lo ingresó a la lista de las 30 persones menores de 30 años más influyentes en los medios de Europa).

Relotius es, en realidad, uno de los mentirosos crónicos más destacados de la historia del periodismo moderno. Su impostura quedó al descubierto a partir de un artículo publicado en noviembre pasado, en el que relataba supuestas historias de migrantes en la frontera entre Estados Unidos y México. Eran inventadas: casi nada de lo que publicó con precisión quirúrgica y una prosa impecable era cierto. Al explicar a sus lectores por qué decidió cesantear a su periodista joven más destacado, Der Spiegel sintetizó: “Tomaba partes y retazos y a partir de ellos formaba sus criaturas como un pequeño dios juguetón”. Un dato curioso y alarmante (por lo que implica en términos de  popularidad y llegada al público): el 3 de diciembre último, Relotius había ganado el premio al mejor reportaje de 2018, por su historia sobre un niño sirio y el conflicto humanitario en su país, cuyos detalles están en duda también. Puesto contra la pared, el periodista (¿lo es?) dijo que había actuado así por “miedo al fracaso” y porque sentía que su crecimiento popular aumentaba la presión sobre él, obligándolo a superarse (aunque fuere de manera indigna) con cada nueva nota.

De los sesenta artículos publicados por Relotius desde 2011, al menos 14 contienen datos falsos o inverificables. Casi un récord de impostura, que lo coloca a la altura de otros colegas célebres emparentados con la mentira: Judith Miller (The New York Times), Stephen Glass (The New Republic), Janet Cook (The Washington Post), Jack Kelley (USA Today) –todos ellos citados en mi columna de 2015–, Patricia Smith (Boston Globe) y siguen las firmas.

La fama a cualquier precio mutila, asesina el buen periodismo.


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