COLUMNISTAS

Doble de cuerpo

El inminente Bafici 2010 (del 7 al 18 de abril) presenta una llamativa impronta literaria.

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El inminente Bafici 2010 (del 7 al 18 de abril) presenta una llamativa impronta literaria. César Aira será parte del jurado internacional; la película Ocio de Alejandro Lingenti y Juan Villegas está basada en la novela homónima de Fabián Casas; e Invernadero de Gonzalo Castro tiene como protagonista a Mario Bellatin. Suele haber algo dudoso en el intercambio por el cual los escritores le confieren prestigio al cine y se llevan glamour o dinero a cambio y algo de eso (sin dinero) puede alegarse en este caso, ya que el Bafici se presta adecuadamente para la frivolidad interdisciplinaria que acecha al arte contemporáneo.

El caso de Bellatin, escritor mexicano de gran perfil cosmopolita, resulta interesante en ese sentido. En la quincena de libros suyos que leí en la última semana se pueden apreciar dos etapas marcadamente distintas. En la primera, de la que conviene mencionar Salón de belleza, Poeta ciego o El jardín de la señora Murakami, su persona se mantiene a una distancia prudente de la escritura. Son novelas de un “escritor raro” –como él mismo se denomina– que transcurren en parajes culturales y humanos extraños pero donde los textos apenas aluden al nombre del escritor, sus características o su historia de vida. Esa voluntad de mantenerse al margen tiene su manifestación más rotunda en el congreso que Bellatin organizó en París en 2003. Allí, los cuatro escritores mexicanos anunciados estuvieron representados por dobles, actores que enunciaban las opiniones que los originales les habían comunicado en una etapa previa. El gesto servía para poner en evidencia la demanda morbosa del público hacia el cuerpo de los artistas.

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La idea de Bellatin (a veces, Bellatin parece la versión sombría de Aira) es que la literatura no es tal, a menos que se trascienda a sí misma. De ahí la afirmación de que su búsqueda está orientada a “escribir sin escribir”. Pero así como el congreso de dobles intentaba una desmarcación de los eventos más o menos comerciales que rodean a la escritura para hacer de ella otra cosa, la segunda parte de la obra intenta lo mismo por el camino exactamente opuesto: “Cuando, en una serie de libros publicados, traté de omitir la presencia del creador de los textos no conseguí resultado alguno. Por eso intuyo que ahora, con la exacerbación de la presencia constante del escritor se logre su abolición por medio de una saturación acumulativa”. Así, los libros más recientes son un experimento de desescritura en los que aparecen Bellatines falsos y verdaderos, autobiografías apócrifas o bajo nombre supuesto (el último confunde su vida con la de Yukio Mishima) y combinaciones de rasgos biográficos con fantasías delirantes. Son libros densos, implosivos, en los que viejos temas y personajes se mezclan una y otra vez con anécdotas personales y reflexiones teóricas. En esta etapa, Bellatin incorpora la fotografía como generadora tanto de ficciones como de señales de identidad (falsas o verdaderas) y, a la vez, participa de eventos como puestas teatrales y performances. Actuar en una película parece una etapa lógica de este proceso y lo mismo ocurre con su exhibición en el Bafici. Aunque la película le instala una ligera ficción alrededor, Bellatin hace de alguien muy parecido a sí mismo.

Pero hay un problema, que es el modo de registrar del cine. Bellatin ha construido una obra que duplica de algún modo su cuerpo, lo comenta, lo sustituye, lo padece, se confunde con él. Los espectadores de Invernadero, en cambio, ven apenas a un escritor manco, que bien podría ser el autor de El código Da Vinci. Una película, aunque sea de ficción, es un documental sobre el cuerpo de sus actores. Y así, el cuerpo de Bellatin se separa radicalmente de su obra y se convierte en una verdad del cine pero también, como si el círculo se cerrara, en un definitivo vehículo para el cholulismo.