Los nombres propios casi nunca significan nada, pero por algo el Gordo Valor se llama Valor. Aunque supo exponerse en balaceras y golpes de notoria audacia, la acepción que su nombre más pronto convoca no es la de la valentía o el coraje, sino otra algo distinta: el valor como principio ético (en el sentido en que se dice que, en el mundo contemporáneo, “se han perdido los valores”) y en todo caso como signo de prestigio personal (en el sentido en que “el Contra” de Calabró proclamaba “gran valor” en las pantallas).
No sorprende el beneplácito con que fue tomada su reciente liberación de la cárcel. Una parte considerable de las simpatías populares transita con frecuencia un tanto fuera de la ley. El bandidaje dirigido contra blindados y casas bancarias suscita además, de un tiempo a esta parte, un afecto redoblado: se lo siente como un hecho de venganza social, un acto de justicia incluso, puesto que se sabe que los propios bancos incurren también en bandidajes y se muestran cada tanto muy amigos de lo ajeno.
El Gordo Valor recupera pues su libertad: una tácita bienvenida general lo acoge cordialmente en su flamante reinserción. En la misma semana hubo otra puesta en libertad, la de Omar Chabán, que desató en cambio una feroz cacería de furia incontenible. La libertad que la Justicia dispuso para él acaso sea finalmente transitoria, pero mientras tanto tendrá que ser seguramente clandestina. En una sociedad donde no falta una especie peculiar de juvenilismo bonzo, parece no haber perdón para el adulto que no atine a preservar a los jóvenes incluso de sí mismos, o ante todo de sí mismos.
Dos liberados
Los nombres propios casi nunca significan nada, pero por algo el Gordo Valor se llama Valor.