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las reformas de milei

Echale la culpa a Davos

“La fiesta libertaria terminó”, advierte el autor y da las razones del cambio de escenario económico y político.

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‘Mentinos que nos gusta...’ Javier Milei. | Pablo Temes

La fiesta de cumpleaños libertaria terminó. Como toda gran celebración, con mucha resaca y el maquillaje corrido. Nuestra Argentina es este bello país que, a la par de su posición geográfica hoy privilegiada por un mundo bélico, de nuestras historias colectivas de éxito como Qatar 2022 y de las muchas grupales o individuales generadas por nuestras empresas, intelectuales, científicos, artistas y diversos actores sociales; también tiene la rara capacidad de convertir ese perfil de Dr. Jekyll en un oscuro Mr. Hyde que acaba de obtener la triste medalla de oro en el mundial inflacionario y con una pobreza en alza que castiga en la actualidad a casi la mitad de nuestros compatriotas.

Por cierto, una manifestación acabada del fracaso de nuestro sistema económico y, en simultáneo, una señal de alarma atronadora para una dirigencia política, productiva, sindical y social en general que hoy, más que nunca, sabe que no tiene ningún tipo de margen para, hablando mal y pronto, el boludeo. Repito: ningún margen.

Desde ya, empezando por un gobierno encabezado por un outsider que, de por sí, representa las ruinas de un sistema político que, al igual que el avestruz, escondió la cabeza en el piso durante años y le esquivó sistemáticamente a cualquier ensayo de corrección cuando había amplio margen para ello.

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Llámese Cristina Kirchner en su segundo mandato, Mauricio Macri en su “primer tiempo” o, más aún, Alberto Fernández en combinación con la expresidenta en su tentativa o, más bien, ensayo o probation de “volver mejores”, como proclamaba el irresistible canto de sirena que luego no pasó de chamuyo. Ante semejante panorama, la mesa quedó servida para un cuerpo extraño al sistema político como Javier Milei. Pero no solo ello sino también para la definición inequívoca de su mandato: componer las piezas de un sistema político y económico roto pero, de ninguna manera, abordar con un brío inaudito la ruinosa tarea de romper lo que ya está roto y, menos aún, salir a decirle al mundo con una gran austeridad para la humildad cómo hacer lo que nuestra Argentina, hoy con Milei a la cabeza, no resolvió aún.

Primero lo primero. En semejante contexto, está claro que para un país que está tan flojo de papeles económicos, la gran arena internacional deberá esperar, quedando cualquier acción en ese terreno condicionada por la débil posición argentina en cuanto al mayor crédito otorgado por el Fondo Monetario Internacional en su historia. Vale decir, una circunstancia central para explicar un paquete de medidas fiscales contenido en la famosa ley ómnibus, bien distante de las fantasías libertarias abonadas durante la campaña por Chicago Boys como Carlos Rodríguez.

En tal sentido, quien flasheó con un programa agresivo de Estado mínimo se encontró a la vuelta de la esquina con un clásico programa de ajuste del FMI, que combina una suba de impuestos con recortes del gasto público, en el marco de un ciclo que todos tienen claro cuándo comienza y pocos, cuándo y dónde termina. Aumento del impuesto PAÍS, reversión de la eliminación de Ganancias y un combo entre Bienes Personales, más una enésima moratoria y blanqueo que suena más a batería de medidas archiconocidas que a iniciativas libertarias por conocer.

Sin embargo, en semejante camino de espinas, a la ruidosa base electoral liberal libertaria le quedó dentro de aquél interminable articulado el consuelo de un amplio paquete de medidas desregulatorias que, si bien tienen incierto impacto macroeconómico, ya tuvieron la virtud política de activar la adhesión y resistencia por parte de segmentos de la opinión pública que, a futuro, pueden gravitar en el profundo proceso de reconfiguración del tablero político apenas iniciado en unas elecciones de 2023, donde estallaron las dos grandes coaliciones emergentes del Big Bang de 2001.

Sturzenegger, los Caputo y la gobernabilidad. La semana política marcada a fuego por el paro general convocado por la CGT, y coronada por la primera baja resonante en el gabinete de Milei, dejó al desnudo las dos canchas donde se pueden agrupar los 660 artículos originales del proyecto de ley ómnibus, resumidos a menos de cuatrocientos en medio de la negociación y la decisión del Gobierno de retirar el capítulo fiscal. Por un lado, una catarata de reformas microeconómicas craneadas por el asesor sin firma Federico Sturzenegger que, a la par de sus efectos materiales, persiguen objetivos políticos con impacto inmediato. En tal aspecto, poner el dedo en el Incaa, en el Fondo Nacional de las Artes y en la flexibilización del mercado laboral activó, ¡oh casualidad!, la militancia y resistencia de diversas figuras que hasta hace pocas semanas, componían fotos de familia junto a Cristina Kirchner.

¿Qué azar puede meter la cola en conflictos que, en el plano fiscal, no cuestan más de tres pizzas, la unidad de medida de rigor de nuestra poderosa industria del meme? En semejante plano, Pablo Echarri, Pablo Moyano y los “gordos” de la CGT son apenas los emergentes de una larga lista de microbatallas tan deseadas como orientadas a inducir una polarización entre un nuevo “ellos” y “nosotros”, en un contexto de acción política controlada.

Ahora bien, semejante andamiaje, y porqué no cotillón también, pergeñado técnicamente por Federico Sturzenegger y operado políticamente por Santiago Caputo y su “Grupo Marlboro”, convive con el núcleo inflamable de un paquete fiscal tan diseñado por su tío Luis “Toto” Caputo, como modelado por la mano del FMI, así como de grandes grupos económicos cuyas huellas dactilares aparecen transversalmente en todo el proyecto de ley ómnibus. Corporación América, Techint, Bulgheroni, Laboratorios varios, Elzstain y continúan las firmas.

En semejante terreno, Milei chocó de frente con el entramado de intereses políticos subnacionales que sostienen, nada más y nada menos, su aún frágil gobernabilidad y de donde, curiosamente, provino su gran caudal electoral.

En una palabra, su base de sustentación política o línea de flotación que ahora deberá recomponer con urgencia, dejando para otra ocasión la pretensión de darle cátedra al mundo que hoy solo pueden sostener, con chapa, nuestros dos Lioneles: Messi y Scaloni. Salir del atolladero político no es imposible: alcanza con la coartada de echarle la culpa a los 1.600 metros de altura de Davos que siempre apunan al desprevenido hombre de llanura.

* Analista político, autor de: “Estados Unidos versus China, Argentina en la nueva guerra fría tecnológica”.