Desde hace tiempo, en la Feria del Libro se entrega el premio al “editor del año”. Hace dos lo ganó tan merecidamente Luis Chitarroni, de la editorial La Bestia Equilátera, que yo propuse que en lugar de concederse “el premio al editor del año a Luis Chitarroni”, de ahora en más se llamase “Premio Luis Chitarroni al editor del año”. Mi moción no fue aceptada, como tampoco lo fue un segundo aspecto, sobre el que vale la pena insistir: tampoco debería llamarse premio al “editor del año” sino a la “editorial del año” (quiero decir: debería ser de ese modo, en caso de creer que los premios tienen algún interés e importancia. Los premios no me gustan, y tiendo a pensar que si no existieran el campo literario sería unas gotitas más saludable). Un editor –en una editorial chica– ocupa un lugar clave. Marca la impronta del catálogo, impone un estilo de trabajo y un modo pensar la literatura y el ensayo. Editar es una manera subrepticia de opinar sobre el estado de la cultura. Pero a la vez, la edición es una tarea colectiva. Una sumatoria de inteligencias que incluye al editor, acompañado por el equipo de prensa, diseñadores, correctores, traductores, distribuidores y, sobre todo, los autores. Los autores son siempre más importantes que los editores (en el momento en que un editor se olvida de eso, olvida el secreto de su oficio).
Esta es una época desdichada en la que los curadores parecen más importantes que los artistas, los productores más que los músicos, y los editores más que los escritores. Nada de eso ocurre con Diego Esteras y Ezequiel Fanego, editores de Caja Negra, ganadores este año del premio al “editor del año”. De bajo perfil, su catálogo habla por ellos. Y habla de un modo satisfactorio. Orientado mayoritariamente al ensayo traducido, en estos ocho años de existencia Caja Negra consiguió con naturalidad, como si fuera sencillo, algo dificilísimo que pocas editoriales logran: tener una mirada propia. Un estilo Caja Negra. Quizás buena parte del éxito resida en la capacidad de los editores de establecer diálogos internos en el catálogo; especie de constelaciones donde los libros van ocupando un espacio en conversación crítica con otro. Por supuesto, Caja Negra organiza su catálogo en colecciones. Eso lo hacen casi todas las editoriales. Pero ellos van más lejos, y ese sistema de constelaciones atraviesa la lógica de la colección y desemboca en una profunda reflexión sobre el estatuto de la contemporaneidad. Por dar un solo ejemplo –pero hay muchos más–, eso sucede con los libros publicados sobre música: los tres de Simon Reynolds podrían hacer pensar que son una editorial que trabaja en torno al universo del rock.
Pero la publicación de Pensamientos verticales, de Molton Feldman, y de Palimpsestos, de Mauricio Kagel, lleva el catálogo hacia una reflexión sobre el propio sentido de la música en el presente, que desemboca en Resonancia siniestra, de David Toop, donde ya es cuestión de interrogarse acerca de la naturaleza misma del sonido. Es ésa una serie ejemplar de encadenamientos, de lo más interesante que hay hoy en la edición en la Argentina. Cambiando de tema, me enteré de que están por publicar Going Public, de Boris Groys. Si yo fuera editor, tendría una malsana envidia. Por suerte, toco en un grupo de cumbia, y los temas editoriales me son absolutamente ajenos.