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El adorno moral

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Etiquetado. Una ley que permitió calificar a las empresas de consumo como buenas o malas. | cedoc

Uno de los beneficios del uso de la moral es que permite el bloqueo de la ignorancia. A pesar de que quienes la utilizan lo hacen en un sentido totalizador, es decir como una forma de describir lo correcto y aceptable, y bueno, en contra de lo malo y repudiable, es decir como una herramienta conceptual abarcadora del universo social interesado, su mismo despliegue exagerado y moldeable a diversas situaciones expresa una fantástica inespecificidad como herramienta descriptiva. Así, además de que la moral obra como lo contrario al detalle y al saber, cumple en simultáneo una función muy especial en los procesos de conflicto, tal como la actual campaña electoral puede expresar en exceso, ya que ofrece prestaciones únicas cada vez que se deban resolver dudas e incertidumbres de millones de votantes sobre candidatos que actualmente ofrecen un tiempo próximo no del todo claro. Con generalizaciones malignas opuestas, el voto impensado, puede cobrar sentido, sin que eso resuelva la ignorancia sobre el futuro.

Existe un componente considerable de novedad en el modo en que se está intentando resolver la elección a Presidente, y es allí donde obligadamente la moral presta un servicio de ayuda importante. Tanto Massa como Milei se ofrecen, aunque con pasados alternativos en la política, de un modo no tan similar al levemente antiguo orden de tensión política. Mientras la elección de 2015 era de un Macri enfrentado al kirchnerismo, y la de 2019 como la revancha del kirchnerismo contra su anterior vencedor, en este 2023 ese pasado de guerra electoral pareciera estar más en la oscuridad o en el camino de su propia licuación, que como una expresión conceptual explicativa para la clarificación de las preferencias de la gente. Una señal de estos nuevos esquemas son el tercer puesto de Juntos por el Cambio, y tan importante como éste, el logro del mismo Massa de ser él el candidato novedoso de un peronismo que se permitió por primera vez, en demasiado tiempo, no ser kirchnerista frente al público.

Con solo prestar algo de atención se puede notar el modo en que este cierre de campaña se va sobrecargando con el uso exagerado de criterios morales para describir a los proyectos propios como buenos, y a los contrarios como malos. La defensa del Estado como algo que estaría presente para el cuidado de la salud, la defensa de la educación, la construcción de calles o de viviendas, no se hace desde una perspectiva cognitiva, es decir desde la incorporación de datos, sino en términos de “creencia”, en el tener emoción romántica por un ideal. Massa no referencia en la historia kirchnerista ni en los supuestos gloriosos años de Cristina en sus gobiernos, siempre especialmente descriptos en repetidas charlas universitarias llenas de actores y actrices sonrientes, sino en ideales propios. Con Massa el futuro intenta ser una esperanza que debe ir en busca de la moral, de una versión de la moral que valora el rol del Estado, para poder suplir el desconocimiento de su propio futuro. Con Milei, en su propio derrotero conceptual, la moral cumple un rol equivalente.

Las descripciones del Banco Central como un inconveniente para el despliegue de la economía del país son relacionados por el mismo Milei como una “amoralidad”. Lo que haría esta institución sería falsificar dinero casi en modalidad de delito, y por lo tanto, al ser justamente un delito, debería incorporarse al coro de lo no aceptado por la sociedad contemporánea que acuerda en que robar estaría mal. Milei al mismo tiempo se refiere a su proyecto como una invitación a sus seguidores y seguidoras a abrazar las “ideas” de la libertad como un concepto, que si bien es expuesto como sus supuestas evidencias superiores a otros sistemas descriptos por él como restrictivos, incluyendo resultados de productividad económica, no puede más que ofrecer una esperanza de rendimiento a futuro sobre alguien para el que todos no pueden más que pensar como demasiado novedoso. Justamente el rol de la moral en su campaña es para saldar la pregunta por él.

El balotaje disminuye considerablemente los grados de libertad para una parte muy importante del electorado

No debería considerarse que la moral solo cumple funciones dentro del universo político. A diferencia de otros ámbitos sociales especializados como el derecho, la economía o la ciencia, en donde únicamente allí pueden notarse procedimientos únicos y no equiparables fuera de ellos (nadie más que la ciencia tiene criterios de verdad; nadie más que el derecho determina lo legal), la moral no cuenta en el desarrollo del mundo moderno con un ámbito de operación único. Sus esquemas de determinación, entre lo bueno o lo malo, pueden ser adaptables a los otros sistemas sin por ello modificarlos. Una operación económica puede realizarse con el dinero correspondiente, a pesar de ser una persona catalogada como maligna o indeseable por sus anteriores amigos; o incluso puede alguien ser declarado inocente o ser culpable con una pena de cantidad de años que resulte incomprensible solo por culpa de una normativa legal, a pesar de que los criterios morales de algunos observadores les resulten inaceptables. La moral, de este modo, es un condimento que acompaña operaciones específicas y que sirve a criterios reflexivos pero sin garantizar ningún enlace específico.

La situación del balotaje encierra además un problema específico de disminución considerable de los grados de libertad para una parte muy importante del electorado, y por lo tanto el recurso a la moral como una compensación de la imaginación obligada ante la dualidad de una decisión, que se siente como problemática, se hace extremadamente clave. Pero en simultáneo se debe señalar que esto no produce por ello una modificación en los mecanismos propios del sistema político. Milei debe renunciar a la crítica moral de la casta para poder adaptar sus operaciones reales dentro del sistema político a lo que es el propio esquema de diferenciación de este sistema, no basado en aquello que distinguiría lo “bueno” de lo “malo”, sino dado por el código operativo que define a la política: o se es gobierno, o se es oposición. De un lado de ese código es un tipo de comportamiento, del otro es otro; y la moral solo funge como justificación y adornamiento semántico de todo aquello que favorezca la alimentación de ese código. Las nuevas revelaciones sobre las escuchas ilegales expresan con brutalidad lo sencillo que es intercambiar la moral y el comportamiento dependiendo de cada nuevo caso.

Para el kirchnerismo de características rígidas solo a través de esta imaginación moralizada el voto a Sergio Massa cobra sentido. Es para ellos una moralización doble que completa ambas direcciones de la oferta electoral sobreviviente, porque se debe demonizar a Javier Milei, al mismo tiempo que buscar en Massa el reaseguro de una evitación de derrota completa, ya que su sobrevivencia electoral es al mismo tiempo la esperanza de un regreso ilusorio de ellos.

Las empresas de consumo masivo deben trabajar con insistencia en ofrecer lo que ahora se denomina como productos “libres de sellos”. Con la Ley de Etiquetado Frontal se ayuda a los consumidores a describir también a las empresas como buenas o malas en función de lo que sus productos se acercan o alejan de las maldades descriptas en esos octógonos, pero nada pueden describir sobre si la publicidad de estos nuevos productos es engañosa, si ofrece un futuro mágico por su supuesto consumo o sobre las condiciones de producción a la que nadie puede observar ni controlar. Solo se rinden a la confianza y un aproximado con una etiqueta, igual que el próximo domingo, que para todos los que no votaron lo que ha sobrevivido, se encuentran por estos días evaluando afiches, videos y hasta noticias falsas, para terminar votando con sensación de derrota. Lo bueno de la moral es que después se puede cambiar, y entonces para ellos, habrá esperanza de una nueva justificación, de la que también se arrepentirán, más adelante.

 

*Sociólogo.