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El arte de la mentira política

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Máscara | Unsplash | John Noonan

Se habla mucho del péndulo, del vaivén, vamos de un lado para el otro, chocamos con lo irresoluble, y partimos hacia el lado opuesto, como si el repudio por lo que nos antecede condujese a buen puerto. Otros prefieren hablar de ciclos, cambios de paradigma, renacimientos. La historia parece inagotable en sus repeticiones. Prefiero pensar en oleadas, darle movimiento, sucesión, cierto vértigo a lo que parece inevitable.

Así, mucho antes de la hoy llamada “posverdad”, se denunciaba, sarcásticamente, la mentira política.

1733. Amsterdam, se publica en traducción francesa, con firma Jonathan Swift, El arte de la mentira política. “¿Conviene engañar al pueblo por su propio bien?”. Preguntas semejantes aparecen en la República de Platón y sobre todo en El príncipe de Maquiavelo. Pero en este pequeño libro, bajo el manto lúdico y lúcido de la sátira, se postulan una serie de “falsedades saludables”. En este sentido, el pueblo, en tiempos feudales, así como no poseía ni tenía derecho a castillos o grandes porciones de tierras, tampoco accedía a las verdades políticas. 

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El texto establece bases fisiológicas de la mentira. Para ello, determina –entiéndase, jocosamente– que el alma tiene un lado plano que refleja fielmente la realidad y otro cilíndrico (heredado del Diablo) que la deforma. La mentira política se localizaría en el lado cilíndrico.

Pero la mentira es voraz, se extiende, propaga su ponzoña. “Los ministros engañan al pueblo para gobernarlo y éste, para librarse de aquéllos, hace circular chismes calumniosos”. Esta doble circulación de la mentira puede quizá conducir a alguna verdad o sencillamente desmonta los embustes.

La música de la memoria

Hay una regla fundamental: la verosimilitud. Ante todo que parezca cierto. “Se necesita de más arte para convencer al pueblo de una verdad, que para hacerle creer en una falsedad saludable”. Sin embargo, gobernar diciendo que se dice la verdad aunque resulte cruda puede ser otra forma de la mentira política. 

El autor propone un catálogo de falsificaciones. A modo de ejemplos, “las mentiras que anuncian catástrofes para aterrorizar al pueblo con un futuro sombrío e inducirle a que se contente con su triste presente deben usarse con moderación”. Otro consejo fundamental: “Sustraer las mentiras a cualquier posible verificación o refutación”. El siguiente: “No superar nunca los límites de lo verosímil”. Y finalmente: “Diversificar las falsedades saludables”. 

El arte de la mentira política se evidencia en la eficacia del engaño. Como señala el antropólogo Jean Jacques Courtine, “la mentira se calcula, se sopesa, se destila, se dosifica”. Y para aquellos que hayan mentido demasiado, perdiendo así todo poder de credibilidad (como aquellas personas que siempre tienen una excusa por haber llegado tarde), el tratado propone una cura de inspiración, iniciando una dieta de mentiras, evitando los excesos verbales, obligándose durante tres meses a no decir más que verdades para poder recuperar el derecho a mentir de nuevo, renovando así la impunidad. 

El fracaso es igualmente una garantía. Según el autor, “ningún partido u hombre político supo soportar semejante dieta.”

El texto (que parece proclama, tratado o manifiesto) postula un estadio necesario para gobernar mediante la mentira política. Debe crearse una “sociedad de mentirosos” capaz de implementar todo tipo de estrategias, incluso “mentiras de prueba” (proof-lies) que den cuenta de la credulidad del pueblo. Los líderes de estas sociedades tienen que tener ciertas características, deben ser “mentirosos imperturbables”; sus sonrisas sarcásticas deben desacreditar toda verdad que ponga en evidencia sus mentiras flagrantes. De todas maneras, el propio autor recomienda a los jefes del partido (en aquel entonces se trataba de los Whings o los Tories) “que no se crean demasiado sus propias mentiras”.

Lo más genial del texto es que incluso su autoría resulta falsa. Atribuido a Swift, el célebre autor de Los viajes de Gulliver, no es necesariamente suyo. Se cree que lo redactó un tal Arbuthnot, médico de la reina Ana, amigo de Swift, que prefería publicar anónimamente y sus escritos solían aparecer firmados por sus amigos, miembros destacados del Scriblerus Club, un grupo literario y político, creado en Londres a principios del siglo XVIII.