Disfrute de su tiempo. ¿Le parece una tontería esta sugerencia? Lo cierto es que parece carecer de lógica. Por lo general, pensamos en el tiempo como un bien (y del que, por desgracia, nunca se tiene lo suficiente), un matón (el tiempo apremia) o un amante infiel (desaparece justo cuando más lo necesitamos). Tenemos que hacer tiempo, emplear tiempo, ahorrar tiempo, pero si por una casualidad nos sobra un poco de tiempo, resulta que tenemos que dar con una forma de matarlo.
El tiempo es también una especie de recipiente que, espoleados por nuestra interminable y siempre creciente lista de tareas pendientes, intentamos rellenar con todos los eventos y esfuerzos posibles. De hecho, muchos estamos tan ocupados y pendientes de la hora, tratando de ponernos al día con lo que deberíamos haber hecho, que la mera idea de que el tiempo en sí pudiera resultar agradable –algo sensual, expansivo, para acurrucarse y saborearlo– podría transformarse en una preocupación más a añadirle a esa lista que nos hace sentir tan culpables.
Y sin embargo, ¿no deberíamos disfrutar del tiempo? Después de todo, es de lo que está hecha la vida, y en teoría, en la actualidad se tiene más tiempo que nunca para el ocio. Los avances médicos y nutricionales nos permiten vivir más que nunca antes en la historia, y la tecnología ha transformado la estructura y ampliado las posibilidades de lo que consideramos la vida cotidiana. (...)
Nuestra relación con el tiempo se ha transformado. Y, a su vez, es esta exactamente la razón por la que puede ser difícil disfrutar de él.
Otra forma de ver el impacto de estas rápidas alteraciones en la experiencia cotidiana es que nos sentimos sometidos a un asedio constante. Nuestros períodos de atención, nuestros deseos y nuestras horas de trabajo se ven bombardeados y volatilizados, se quiebran y se doblan hasta adoptar formas inviables por las distracciones, las oportunidades y las obligaciones que surgen por vivir inmersos en una avalancha de elecciones. Y es tal el ritmo del cambio que no nos hemos preparado para comprender y mitigar los efectos. ¿Por qué, si no, nuestra lista de tareas pendientes sigue creciendo por mucho que la recortemos? Y, lo que es peor, multiplicar las opciones puede multiplicar nuestros arrepentimientos, ya que por cada cosa que decidimos no hacer, hay muchas otras que nos corroe no haber hecho, y nos asalta el miedo de habernos perdido algo.
Tal vez nos sintamos liberados de las restricciones del pasado, pero la libertad pesa mucho si nos sentimos saturados. Hoy en día, cuando ya no hay frontera entre lo laboral y lo doméstico, entre lo público y lo privado, por la tecnología de las comunicaciones, reservarnos un tiempo para nosotros mismos se convierte en sí en una tarea que requiere tiempo.
Otro de los obstáculos para disfrutar del tiempo es que, cuanto más reflexionamos sobre él, más difícil se nos hace entenderlo. El tiempo no es algo que se pueda saborear, oler ni tocar. ¿Es una herramienta de gestión, un hecho cosmológico, un látigo con el que fustigarnos o una tecnología intelectual que impone orden en la existencia, haciendo que la vida parezca algo más que una absurda sucesión de cosas?
Para mí, el tiempo no es el enemigo. Es todo lo dicho y algo más: nada menos que el mayor invento de la humanidad. Pero, en el contexto de lo práctico y lo cotidiano, es dos cosas: la dimensión cuantificable de estar vivos y un dispositivo organizativo, algo comparable a una brújula que nos ayuda a navegar por esa dimensión, para orientarnos, coordinarnos con los demás y planificar el futuro.
Cada persona es una máquina del tiempo. Esto, que nos diferencia de los demás animales, nos permite recordar el pasado, tener conciencia del momento –¡ahora mismo!– como nuestro presente y proyectarnos hacia el futuro cercano y el remoto. Nos permite ver nuestra vida como un viaje, uno con dirección y destino, y nos confiere la capacidad de ser mucho más que la suma de los quehaceres cotidianos. Cuando pensamos en quiénes somos, somos todos los momentos de nuestra vida. He aquí el mejor regalo que nos brinda el tiempo. Por ello, disfrutar del tiempo no es ser más productivos ni escapar a su presión. (...)
En la década de 1990, Robert Levine, un sociólogo con fijación por el reloj, regresó a Estados Unidos tras pasar un año sabático en Brasil y con la promesa de tratar el tiempo de una manera diferente. (...) Levine llevó a cabo en 1999 un estudio sobre el ritmo de vida en las ciudades y pueblos de 31 países de todo el mundo. Descubrió que la velocidad de marcha es un indicador bastante fiable no solo del ritmo de las poblaciones, sino también de su economía, su población y su clima. Cuanto más pudiente, frío y grande sea un lugar, más rápido caminan sus gentes, de modo que los habitantes de Londres, una acaudalada megalópolis, son los que llevan la mayor marcha de paso de todo el mundo. Un análisis más profundo demostró que los rápidos cambios económicos, los automóviles, las tecnologías de la comunicación y la cultura individualista apresuran el ritmo de la sociedad.
El tiempo parece pasar más rápido en los lugares con una gran densidad de población, ya que cuando hay mucho movimiento se produce una avalancha sensorial que hace que cada minuto parezca más repleto y más rápido, como si el tiempo en sí pasara zumbando, pisoteando y tocando la bocina en una agitación de coches y pies. ¿Y qué otra cosa puede hacer una persona al enfrentarse a tal monstruosidad que no sea darse prisa?
*Autora de Disfrutar del tiempo, editorial Blume (fragmento).