martes 28 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS OPINION
28-08-2021 23:55
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El día después

28-08-2021 23:55

Las categorías “rumbo” y “método” explican mejor las contradicciones internas de las dos coaliciones dominantes de la política argentina. Tanto dentro del Frente de Todos como de Juntos por el Cambio hay un rumbo compartido que les da identidad y cohesión a la vez de una diferencia de método en cómo llevarlo a cabo, que los divide. Palabras como Estado, solidaridad, sociedad y nación se identifican con el rumbo al que el Frente de Todos quiere dirigir la Argentina. Y palabras como mercado, mérito, individuo y global marcan el rumbo hacia el que Juntos por el Cambio desea orientar el destino del país. Paralelamente, las diferencias internas entre los componentes de cada una de las dos coaliciones se resumen en el método. Tanto en el Frente de Todos como en Juntos por el Cambio hay quienes creen que la única manera de poder recorrer su rumbo será de forma sectaria e intransigente, doblegando al adversario político y, por el contrario, quienes creen que la única posibilidad para poder recorrer ese rumbo es de forma conciliadora y flexible.

Los cuatro subgrupos sostienen sus posiciones en diferentes lecturas de las causas del fracaso de cada coalición cuando le tocó gobernar. El kirchnerismo atribuye la derrota electoral de 2015 a no haber podido dominar a los poderes fácticos. El macrismo sintetiza en la frase “volvería a hacer lo mismo más rápido” la causa que lo llevó a la derrota en 2019. Exactamente al revés, los moderados de ambas coaliciones creen que el fracaso electoral de 2015 y 2019, respectivamente, fue por no haber sabido convocar el apoyo de sectores blandos de la coalición opositora e independientes.

Unos son revolucionarios disruptivos y los otros, reformistas transformadores. La afinidad metodológica de los moderados de ambas coaliciones permite imaginar, en el día después de las elecciones, quizá de 2021 pero más seguramente de 2023, un acuerdo de gobernabilidad que aglutine el sesenta por ciento de la representación parlamentaria construida del cuarenta por ciento propio del ganador y la mitad del cuarenta por ciento del oponente, sus moderados.

Otros estudiosos de ciencias políticas imaginan un escenario donde se pueda construir un pacto de gobernanza aún mayor: del ochenta por ciento. En esa hipótesis no serían las coincidencias metodológicas de los moderados las que hicieran de puente entre ambas coaliciones sino la empatía en un carácter determinado y el respeto mutuo a la fuerza destructiva del otro lo que haría a enemigos irreconciliables comprenderse y aceptarse al ver que ninguno puede vencer del todo al otro.

En estas dos visiones de acuerdo se refleja el debate sobre la naturaleza humana y el origen de la sociedad. Mientras que para Thomas Hobbes es el miedo a la capacidad destructiva del otro lo que genera el pacto social como defensa ante la guerra de todos contra todos, para David Hume fue la simpatía entre los seres humanos lo que les permitió unirse en búsqueda del bien común.

Cuando Patricia Bullrich sale a decir que ella hubiera sacado más votos que María Eugenia Vidal y elogia a Milei, quien calificó de comunista, “zurdo de mierda”, “pelado asqueroso” y “gusano arrastrado” a Rodríguez Larreta, calificativos que ni en privado La Cámpora asignaría al jefe de Gobierno de Buenos Aires, demuestra cómo las diferencia de método pueden ser más divisionistas que las diferencias de rumbo.

En la vereda de enfrente, cuando Alberto Fernández salió a decir que tenía “un gen revolucionario que nunca se apagó”, se defendía de las figuras equivalentes a Patricia Bullrich de su propia coalición. La presidenta de la Comisión de Finanzas de la Cámara de Diputados, Fernanda Vallejos, al decir en un reportaje hoy en PERFIL: “Luego de las elecciones hay que darle otra dinámica a la gestión del Estado”, nuevamente se refiere a la diferencia de método: la velocidad del Presidente en dirigirse hacia el rumbo.

El ejemplo extremo de quienes reclaman mayor velocidad, aunque en sentido inverso, se encuentra hoy en Milei y los llamados libertarios. El liberalismo pregona lo contrario: la tolerancia. David Hume, maestro de Adam Smith, padre del liberalismo económico, prescribía “amar la verdad por amor de la verdad misma bajo la enseña de la tolerancia y de la libertad”. El padre del liberalismo político y primero en proponer el sistema de dividir los poderes del Estado en tres en su libro Dos tratados sobre el gobierno civil, John Locke, antes había escrito Carta sobre la tolerancia. Otro inglés contemporáneo, Richard Cumberland, escribió Carta al entusiasmo, donde sostenía que el entusiasmo no conducido racionalmente es negativo.

Y el propio Adam Smith, antes de publicar en 1776 La riqueza de las naciones, escribió Teoría de los sentimientos morales, colocando la simpatía (“proceso a través del cual un sujeto es capaz de ponerse en el lugar de otro, aun cuando no obtenga beneficio de ello”) en un lugar fundante de la sociedad.

En cualquiera de los cuadrantes ideológicos o metodológicos del gráfico de esta columna, que ordena el mapa político en relación al rumbo y al método, a quien le toque gobernar tendrá que desarrollar la capacidad de comprensión del otro. Lo que no quita que pueda haber espacios electorales relevantes y cómodos para discursos extremos, que se desvanecerían tan pronto a su propagador le tocara la responsabilidad de gobernar.

Faltan solo dos semanas para el primer test.