El 9 de mayo de 2010 parece de otro siglo. Ese día, Juan Román Riquelme jugó por última vez de manera oficial. El partido terminó con un resultado adverso de 1-2 con Huracán, en una situación que perfectamente podría pintar lo desastroso que Boca fue después de que el equipo de Carlos Ischia ganó el Apertura 2008. Después de eso, Boca jamás pasó del décimo puesto hacia arriba y todo eso, con Román en el plantel. Este comienzo, que puede sonar como mazazo en la esperanzada ansiedad de los hinchas xeneizes, es un baño de realidad que nos permitimos dar quienes estamos en otra posición, en un lugar desapasionado, más analítico. La debacle futbolera de Boca lo tuvo a Riquelme adentro, no afuera. Esto demuestra que Riquelme solo no podrá. Boca necesita un equipo. Y, lógicamente, el equipo necesita su impresionante talento. De hecho, cuando Riquelme discutía su contrato con el club, Borghi dijo: “Armé un equipo para Riquelme”. En este Boca de hoy, con esta idea de armado que tiene el entrenador, Román es indispensable. Esto podría sonar peyorativo para el resto. No lo es. El mejor Román podría acomodar muchas cosas. Su visión del juego, su pase gol, su pelota al pie, su compromiso con la idea del DT, le daría a Boca la pieza que le falta para poder hacer bastante más de lo que hizo hasta acá en el ciclo de Bichi.
Sin embargo, el tema no es tan fácil. El comienzo con la cita a la fecha de la última vez que Román jugó un partido oficial no es antojadizo. Es un dato decisivo, porque esa fecha y ese lapso de ausencia condicionan de manera determinante lo que Riquelme pueda entregar esta noche contra Argentinos Juniors. Es más, sería raro que hoy mismo apareciera su mejor versión. Hasta acá, hizo todo a tiempo. Su recuperación fue por donde tenía que ir y duró lo que tenía que durar. El temor a una lesión similar a la de Battaglia y la fragilidad de la rodilla de cualquier futbolista, más la inteligencia de Román hicieron que sólo se preocupara por curarse. Ni siquiera la desesperación que provocaron ciertos malos momentos de Boca en el torneo lo apartaron de su norte. El objetivo de Riquelme siempre fue hoy, el día de la vuelta. No importaba contra quién fuera, ni en qué fecha. El asunto era volver curado, con la chance de mejorar el físico y estar a pleno para ser lo que Borghi quiere que sea: el mejor Riquelme al servicio de un equipo dinámico y ofensivo.
Creer que Riquelme va a ganar el partido por su cuenta es cargarle una mochila que nadie sabe si exactamente hoy está en condiciones de cargar. Pero Román le entregará a Boca ciertas cuestiones tácticas y estratégicas que, hasta ahora, su equipo no tuvo, pese a las buenas condiciones de Escudero, Pochi Chávez o Cañete. Ninguno de ellos es Riquelme. Y pedirles que lo suplan con idéntica eficacia sería una verdadera locura.
Borghi intentó meterlos en una dinámica colectiva. Ninguno funcionó con regularidad. Ni siquiera el entusiasmo de pretemporada que generó el pibe Cañete se plasmó en los partidos por los puntos. Escudero llegó con el dulce recuerdo de su aparición en Vélez, pero, entre lesiones y esta camiseta que no es cualquiera, tampoco pudo aunque sea paliar la ausencia del 10. Y Pochi Chávez, aún siendo el que mejor rindió de los tres, tampoco pudo escapar a los espasmos en su rendimiento. En este sentido, Riquelme estaría en condiciones de asegurar algo: va a cargar con toda la presión del retorno y del liderazgo futbolístico del equipo y esto podría liberar a otros jugadores que, hasta el momento, no han rendido de acuerdo a las expectativas.
Alguna vez, Carlos Bianchi contó que uno de los secretos del gran rendimiento de Román en sus equipos fue que siempre le puso en el equipo a laterales rápidos y con libertad y decisión para irse arriba. Primero fueron Ibarra y Arruabarrena; después, Ibarra y Clemente. Pero siempre tuvo gente ligera en los costados para poder descargar y llegar por afuera. En el área, esperaba nada menos que Palermo. Y esto, sin contar a Guillermo Barros Schelotto o al Chelo Delgado. La pregunta es si este Román de hoy, que, seguramente, tendrá alguna limitación física, cuenta con esa gente de la que hablaba Bianchi. Están Clemente y Matías Giménez. Clemente es quien más lo conoce. A Giménez este esquema le está costando mucho porque tiene que recorrer más metros de los que recorría cuando sólo era “volante izquierdo”. Riquelme, con su claridad y su toque, podría darle mayor participación y, por ende, un control de pelota por más tiempo. Sabemos lo que Boca sufrió en este torneo cuando la pelota se la manejó el rival. Tal vez –en el fútbol, todo es siempre “tal vez”– cuando Riquelme esté a pleno, Boca maneje la pelota más tiempo y, obviamente, el rival lo haga menos. Pero esto, a esta hora, sólo es teoría.
Lo claro es que Boca necesita a Riquelme. El audaz esquema de Borghi tiene buenos ejecutantes, pero le falta el director de orquesta, quien ordene un poco a los del medio y se ocupe de que a los nueve la pelota les llegue bien redondita.
Riquelme es el mejor en su puesto y es quien tiene más condiciones que cualquiera para llevar todas las especulaciones y toda la teoría vacía de muchos cronistas de entrenamientos a la realidad. Su pie derecho sigue teniendo la misma sensibilidad y su cerebro es aún más claro que sus piernas.
Pero para este Boca lleno de frustraciones y ansiedades, nada mejor que este regreso.