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El dueño de la foto

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Control. “El dueño de la foto será el Papa, que distribuirá el retrato de su alegría o el de su rostro avinagrado”. | cedoc

Difícil que el Presidente llore en su reunión con el Papa. Al revés de lo que ocurrió en su recorrida judía, de su emocionada visita al Muro de los Lamentos abrazándose con su rabino de cabecera: allí cada uno expresa su recogimiento o la plegaria del modo que se le ocurre, tocando la piedra, golpeándola con la cabeza, entregando su suplica con caricias, cantando ensimismado o reclamando el perdón con raros movimientos. Tal vez mañana, en el Vaticano, dos espirituales como Bergoglio y Milei olviden agravios mutuos y, en lugar del llanto, apelen a un simple puchereo para la foto:  son dos emergentes de una sociedad periférica que los habilitó para ser el vicario  de todos los católicos y, el otro más modesto, mandatario de moda en una Argentina doliente, incierta: ambos de inesperada consagración, que el azar y algunos méritos los acercaron a distintos tronos, dos comunes muchachos de barrio –uno de Flores, el otro de Devoto– que llegaron a la cumbre sin haberlo soñado. O, si lo soñaron, evitaron contárselo a alguien porque ni ellos mismos podían creer en esa fantasía.  

El dueño de la foto será el Papa, quien –como siempre hace su oficina– distribuirá el retrato de su alegría, igual que el día en que recibió a Cristina y a La Cámpora con los escarpines o la instantánea con su rostro avinagrado al encontrarse con Macri, luego de que éste no bloqueara el aborto. Entre esas dos alternativas opera su política mediática para la reunión, al margen de las remanidas declaraciones sobre la pobreza y la indigencia. Si no le va bien a Milei en la charla, le queda una variante posterior: le implantará más tarde un beso a la premier italiana, Giorgia Meloni, su otro yo en Europa como cabeza compartida de la nueva derecha internacional. Ambos interpretan el mismo sentido político, se identifican, por edad esperan heredar y participar de la misma construcción ideológica que pretende instalar Trump en los Estados Unidos.

El fracaso de la Ley Ómnibus se trató simplemente de plata

No todo fue llanto en Jerusalén para Milei en su periplo místico: antes de viajar a Roma festejó con cánticos y baile la celebración de Rosh Jodesh, el anticipo de 60 días venideros de energía positiva y éxito, para sustento, hijos, salud, según la costumbre. Un credo, aparte de paz y prosperidad: tratar al otro como se trata a sí mismo, brindar por la felicidad de las mujeres. Sin duda, un sacudón de fe para el ilustre visitante que, en su tierra, padece porfías varias, una insufrible inestabilidad por carecer de número en el Congreso, no poder sacar leyes y pasar del enfrentamiento menor con legisladores a la confrontación institucional con gobernadores por el “guitaducto” de subsidios, ventajas y privilegios. Casi unitarios y federales cuando todavía quedan residuos setentistas de guerrilla versus militares.

El Milei que mañana se ve con el Papa, si se confiesa, admitirá que le cuesta descifrar el revuelo y preferente atención que genera su figura en el exterior, mientras en la Argentina distintas minorías aspiran a recortarle el mandato, abrupta, dramáticamente. Ni Dios desembrolla ese misterio. Pero dispone de una oportunidad para confiar en su espíritu optimista: vuelve al país en los 60 días de prosperidad que anunció el pasado festejo judío, en el cual participó como activo creyente, solidario, ilusionado. Sería un desahucio que así no suceda y se frustre su expectativa por culpa de los intereses que él le atribuye a la “casta”, ahora con los gobernadores Llaryora, Sáenz, Pullaro y Kicillof a la cabeza.

El intenso compromiso presidencial con la religión hebrea, en particular con una rama ortodoxa, parece la de un converso tránsfuga con la fe católica. Sin embargo, Milei abreva en ambas propuestas monoteístas, una por formación, la otra por enamoramiento intelectual en el último lustro. Si se descubren contradicciones en esa conducta, mayor es el contraste de su filiación liberal con el catolicismo y el judaísmo. Como se sabe, el Vaticano y el actual Sumo Pontífice le reservan al liberalismo el peor de los lugares en el Infierno, más dañino aun que el comunismo. Son públicas las diferencias, algunas las reveló el propio Milei cuestionando al mismo Papa y a la Doctrina Social de la Iglesia que, entre otras preocupaciones, se congratula del concepto de Justicia Social al que Bergoglio adhiere por su pasado peronista y formación jesuítica. También son conocidas las escaramuzas de próceres liberales como Benegas Lynch padre, ídolo del jefe de Estado, diferenciando la racionalidad suya del misticismo sacerdotal, cuestionando la proclividad estatista del Vaticano.

Una mínima luz en el tanteador

Pero la Torá que estudia el Presidente no ofrece un cuadro más inclinado al liberalismo, aunque defienda históricamente el derecho a la propiedad o promueva que nadie tiene autoridad ilimitada sobre el individuo. Y sus feligreses hayan luchado por esas consignas. Inclusive, para encontrar semejanzas, habría que recordar la importancia que esa religión le otorgó al dinero como forma de desarrollo, a pesar de que haya sido condenado como un ejercicio repugnante frente a otras actividades. Basta señalar un diálogo de Shakespeare: ¿Para usted es lo mismo criar cabras que hacer dinero?; a lo que el famoso mercader, respondió: “Yo los crió igual”.

Sin embargo, en el libro sagrado, en su tradición oral, también los judíos se indisponen contra la acumulación desproporcionada de riqueza y tierras, claman por un compromiso de caridad con los necesitados, imponen contribuciones obligatorias a favor de los más pobres, viudas y huérfanos, adhiere a otra forma de justicia social, semejante a la católica. A la misma que más de una vez fustigó Milei. En el viaje a Israel no se mezclaron esos temas, si se aplican o respetan los fundamentos, tampoco mañana aparecerán esos contenidos en la cita con el Papa. Son apenas apuntes para una nota periodística, no cambian la vida de los argentinos, a menos que el Rosh Jodesh y la aparición de la luna nueva tenga un efecto milagroso. Pocos creen en la política local en el cumplimiento de ese fenómeno anunciado: ven más dificultades que sosiego en los próximos 60 días. Salvo Milei que va a contramano, reclamando una pequeña ayuda de sus amigos del Cielo.