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Mauricio Macri se ha mostrado como el único dueño del PRO. | Pablo Temes

Tras la crisis de 2001 y el estallido del que-se-vayan-todos, Mauricio Macri se entusiasmó con la creación de un nuevo espacio político que no iba a nacer de la política. Proyectaba entonces un partido que no tuviera militancia, sino “equipos”. Un partido al que no le interesara el debate ideológico, porque no se iría a autopercibir en términos de izquierda ni de derecha, sino en términos de gestión. Un partido político fundado desde la apolítica. En definitiva, un partido que iba a enfrentar la ineficiencia de los políticos a través de la eficiencia de los empresarios: gerenciamiento y resultados del sector privado para contrarrestar el descalabro y el populismo del sector público. Esa era la utopía macrista. Ese era el sueño que Macri venía a proponer.

Y esa fue la génesis de Compromiso por el Cambio, el espacio que derivó en Propuesta Republicana (PRO), el partido fundado por Macri a principios de este siglo, mientras presidía la etapa más gloriosa de Boca Juniors en los últimos años. Si su faceta de empresario exitoso le había permitido gerenciar tan eficazmente al club más popular de la Argentina, ¿por qué no podía aplicar la misma estrategia empresarial en la política?

Se había entonces logrado la curiosa tarea de dar forma a un partido político que no tenía política. Un partido que, para decirlo sin eufemismos, se iba a administrar como cualquier otra empresa del Grupo Macri. Porque antes que un político que viene de la empresa, Macri es un empresario que va a la política.

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Durante dos décadas, el hijo de Franco intentó ocultar esa faceta. Y, de alguna manera, pudo lograrlo. Fue dos veces jefe de Gobierno porteño y hasta consiguió ser presidente. Para cumplir ese objetivo tuvo que ampliar su horizonte y, en cierto sentido, aceptar que la política avanzara más de lo que estuviera dispuesto a asimilar. Por lo que se vio obligado a convalidar alianzas con políticos profesionales y partidos tradicionales que le ayudaron a ganar caudal electoral pero que le restaron estímulo a su impronta inicial. Parecía ser que el empresario Macri podía ceder al político Macri.

Pero eso ha quedado en el pasado. Y es algo que el propia Macri viene anticipando en Segundo tiempo, la autobiografía de su paso por el gobierno: si de algo se arrepiente, es de haber desistido de su idea original. Por esa razón, ahora que se avecina una nueva crisis política, social y económica similar a la de 2001, Macri ha vuelto esta semana a mostrar su esencia.

Macri no es un político-empresario, sino empresario-político.

Luego de la paliza electoral que sufrió Juntos por el Cambio el domingo pasado, el expresidente volvió a ser lo que fue en sus inicios: un empleador. Y sin consensuar con otros dirigentes de su espacio, ni someterlo a consulta de las bases, convocó en la noche del martes a su casa a Javier Milei para cobijar al libertario y, en un mismo movimiento de pinzas, crear una nueva alianza opositora y dinamitar la que él mismo había fundado hace tan solo una década. El Pacto Secreto de Acassuso lo confirmó: Macri no es un político-empresario, sino un empresario-político.

El expresidente ha hecho en esta semana lo que mejor hizo siempre en política: actuar como un propietario de los medios de producción, esta vez, para apropiarse de lo que aún queda de la plusvalía opositora y poner a la venta a Juntos por el Cambio. En esta vertiginosa e impensada campaña, Macri se desprendió de todos sus prejuicios y volvió a ser el CEO del Grupo PRO. Primero hizo todo lo posible para que Horacio Rodríguez Larreta no sea el candidato de su partido. Y, luego de haber encolumnado a Patricia Bullrich hasta que ganara la interna, también la esmeriló, coqueteando con Milei. Macri se ha manejado en estos meses como si el PRO fuera una empresa y como si él fuera su único dueño. La política quedó, otra vez, relegada para una mejor ocasión.

En Meterse en política, un muy interesante artículo publicado en la revista Nueva Sociedad, el sociólogo Gabriel Vommaro analiza el devenir de Macri. Vommaro, también coautor de Mundo PRO, un indispensable ensayo para entender los primeros pasos del macrismo en la coyuntura local, advierte que Macri resistió constantemente la tentación de que su creación pudiera diluirse en los partidos tradicionales porque pretendió convertirlo en un espacio de renovación de la centroderecha argentina, donde podían convivir políticos de larga data con outsiders, pero que nunca perdiera su innovador perfil empresario, vinculado a las ONGs y a los think tanks liberales y caracterizado por el emprendedorismo y el voluntariado.

Un espacio político nacido de la antipolítica, que no se inspira en el mundo de la política sino en el mundo corporativo. Un espacio en el que el expresidente pueda posicionarse como un líder postideológico, con el perfil propio de un coach empresarial. Eso es lo Macri acaba de gestar junto con Milei.

Un perfil más propio del mundo corporativo que de la política.

 

Pero ocurre que el mero hecho de actuar en política no convierte a un dirigente en político. Porque la política requiere el consentimiento que se logra a través de un acuerdo social. Y esto es lo que la vuelve distintiva. En términos aristótelicos, la política es lo que permitió al ser humano diferenciarse de otras especies. Es lo que hizo que el hombre dejara de ser un animal, o siguiendo a Aristóteles, lo que lo convirtió en un animal superior. En Política, el fundador de la filosofía occidental definió al ser humano como un “zoon politikón”, lo que del griego se traduce como un “animal político”, es decir, un animal que posee la capacidad de relacionarse socialmente con sus pares para organizar la vida en común y resolver los conflictos a través de la política.

La política, por lo tanto, es una ciencia social que iguala a todos los hombres pero que, y esto es lo que la vuelve interesante, permite aceptar voluntariamente los distintos liderazgos que se necesitan para establecer un contrato social. Se trata de voluntades que no se imponen bajo ningún tipo de coacción: ni física ni monetaria. Eso es lo que diferencia a la tiranía de la política. Y, lo que importa en este caso, es también lo que distingue a la empresa de la política.

Hacia el final del mandato de Donald Trump, The Economist publicó una nota de tapa titulada El CEO político, en la que daba cuenta del efecto que el trumpismo había decantado en la política estadounidense, rompiendo los parámetros de la “cosa pública” hasta asociarlos con el mundo de los negocios corporativos. El liberal semanario británico se preguntaba si en algún momento Trump dejaría de ser CEO para convertirse en político. Es la misma pregunta que se le aplica a Macri desde hace veinte años.