Usted está leyendo esto hoy sábado, pero yo lo estoy escribiendo hoy martes, cuando acabo de leer la muerte de la adolescente de Junín asesinada por sus compañeras también adolescentes más una mujer ya no adolescente y con antecedentes penales. Y siento el horror más absoluto ante una muestra descarnada del odio como es la violencia por la violencia, la muerte por la muerte. Muerte por odio, desde ya. ¿Por qué la odiaban? Eso no importa: la odiaban, y el odio no tiene explicación y menos justificativo porque no tiene nada que ver con la humanidad. No tiene nada que ver con nada. Los animales no odian. Un león, un tigre, un tiburón va a matar si tiene hambre, y si no tiene hambre, no. El odio se erige ahí, acá, en cualquier parte, aislado de todo contacto con lo que de humano tenemos los humanos. Anida en algún rincón en el que puede ir creciendo, y quien lo lleva va aprendiendo poco a poco o de pronto, explosivamente, que odia y que tiene que maltratar, herir, torturar, matar. ¿Se aprende el odio? Y, sí. Un tipo se ata a la cintura una ristra de explosivos y va a un supermercado y los hace estallar y se mata él y mata a 150 personas porque aprendió a odiar: aprendió desde niño, se lo enseñaron, que él es el único que existe, que los demás no valen nada, son briznas, minucias destinadas a desaparecer, mientras él vuela hacia la bienaventuranza. Pero que yo sepa, no hay escuelas de odio en Junín, ni en ninguna ciudad o pueblo de este país. ¿Y entonces? ¿En dónde aprendieron a odiar las compañeras de Naira? Posiblemente en hogares violentos con un padre golpeador y una madre maltratadora, y no me digan que eso último no es posible porque sí lo es y a pesar del folclore que asegura que las madres somos buenísimas, dulces y sacrificadas, hay que saber que podemos ser tan violentas como un tipo violento. ¿Allí lo aprendieron? ¿En el hogar? ¿En la televisión, en la calle, en las casas de las compañeras? ¿Y en donde creció el odio? ¿En donde residía, cómodo, abrigado, seguro, esperando su hora? ¿En el corazón, en el estómago, en el cerebro, en los ojos, en dónde? ¿O está ahí afuera y esas chicas lo inhalaban con el aire? No lo sé y no sé si alguien lo sabe y no sé si será importante, me parece que no. Lo importante es averiguar cómo se lo puede extinguir, sacar de raíz, como a una maleza que invade el césped. Tal vez haya que desviar la mirada, desde el hogar, y posarla en la sociedad en la que estamos viviendo. Y creo que ahí he acertado. Lo cual significa que es algo de lo que todos tenemos que ocuparnos. No los de arriba, que lo han fomentado; pero sí desde nuestras propias posibilidades, sin descanso.