Argan: ¿No crees en la medicina?
Beraldo: No. Ni veo la necesidad de creer en ella para estar sano.
Argan: ¡Cómo!... ¿No tienes por verdadera una cosa establecida y sancionada por los siglos?
Beraldo: Lejos de creerla verdadera, la considero una de las más desatinadas locuras. No hay farsa más ridícula que la de un hombre que se empeña en curar a otro.
De “El enfermo imaginario” (1673), última comedia escrita por Molière (1622-1673)
Setenta balcones hay en esta casa, setenta balcones y ninguna flor; a sus habitantes, señor, ¿qué les pasa?, ¿odian el perfume?, ¿odian el color? ¿O tampoco se bancan a Riquelme?
El edificio, sin pétalos ni enganches pero rebosante de frío cemento, continúa igual, en la esquina de Corrientes y Pueyrredón. Pero Baldomero Fernández Moreno, el indignado poeta que exigía de aquel consorcio más belleza y menos piedra, murió en 1950 y nunca supo del romántico culto pagano que en estos días venera a Román, flor nacional del fútbol nativo. Una pena. Quién te dice si no le dedicaba algún otro verso.
Falcioni, para los cruzados del Enganche Melancólico, no es más que un vulgar apéndice de la conjura de los necios que, aquí y en el resto del mundo, insiste en negar lo obvio. Yo también soy –lo afirman anónimos escribidores de puertas traseras de baño que viven en Internet– otro mercenario al servicio de la conspiración. O, en el mejor de los casos, un pelotudo que no entiende nada. Eso sí puede ser, muchachos. Vamos, relájense...
¿Cuál es su secreto? ¿Qué hace que en Boca nada sea más importante que su rodilla lastimada o la mala onda con el nuevo técnico y Walter Erviti de Falcioni? ¿Cómo logró que los mismos que endiosaban a guerreros de la talla de Giunta, Serna, Pasucci o Hrabina se rindieran ante su encanto sutil, sin mácula, barro ni sudor? Nadie, desde Rojitas, logró algo parecido. Ni Bianchi, que estuvo y se fue sin que nadie gritara por él en el Obelisco, ni Palermo, ni Guillermo, relegado por Basile sin que tronara el escarmiento. Todo es diferente con Riquelme. Es un caso único.
Lo diré una vez más: es un crack. Recuerdo un inolvidable primer tiempo suyo en el Monumental, jugando para Argentina, con baile y tres goles a Brasil. Fue por las Eliminatorias en 2005. Dio cátedra. Ojo: veo lo bueno que tiene, no soy ciego. Y también valoro su valiente enfrentamiento con Mauricio Macri, cuando el crédito del Barrio Parque reinaba en Boca y aún no se atragantaba con los bigotes postizos. Pero también veo otras cosas. Su fundamentalismo, por ejemplo. Su aporte a la sacralización de la figura del 10, a la eterna espera de su toque de luz divina. Puro misticismo futbolero.
Vi jugar al Bocha Maschio cuando era chico. Para mí era un viejo pero… ¡ops! resulta que el pelado jugaba en toda la cancha; con Perfumo abajo y con el Chango Cárdenas, arriba. Era el patrón del equipo, sí, pero trabajaba como ninguno. Así era, cuentan en Madrid, Alfredo Di Stéfano. Rubén Paz, otro talento deslumbrante que también he visto mucho, tenía menos despliegue, pero sabía cómo compartir el equipo con Miguel Colombatti, otro 10 –en aquel tiempo “enganche” era lo que yo tenía con las mujeres–, sin que se le cayeran los anillos.
No es ése el caso de Riquelme, que necesita espacios, tiempos y hasta satélites propios. Él es así, y todos lo sabían. Por eso, el haberle traído a Erviti fue, además de una decisión legítima y sensata, una declaración de guerra personal. Obvio. ¿Qué esperaban los dirigentes? ¿Acaso un milagro? Imposible.
La gente naif no dura demasiado en un ambiente tan viscoso como el del fútbol, compatriotas. Lo que creo es que todos ellos –Falcioni y los que mandan– jugaron sus fichas con una única certeza: sólo el cuerpo le podría poner un límite. Y eso pasó, justamente, mientras el preparador físico Gustavo Otero, menos ingenuo que despiadado, salió a explicar por radio cómo el jugador “no responde en el gimnasio”. Glup.
Riquelme, que hace unos días juraba que estaba para jugar, ahora cree que fue exigido físicamente no para ponerlo a punto… sino más bien para todo lo contrario. Una teoría acorde a su visión conspirativa de la vida, pero para nada disparatada. ¿Cuál será la verdad? ¿Está o no está mal? ¿Por qué se le inflama la rodilla? ¿Quién miente? ¿Quién no?
El enfermo imaginario fue la última comedia escrita por Molière. La historia gira alrededor de Argan, un burgués que imagina estar siempre enfermo, y cierra a toda orquesta, con una ceremonia bufa donde se lo entroniza como falso médico. En la cuarta representación, mientras hacía el papel del hipocondríaco, Molière empezó a sentirse mal. No era ficción. Intentó disimular, pero un intolerable dolor le impidió terminar la función. Murió poco después, en su casa, todavía con el traje amarillo que usaba sobre el escenario del Palais Royal. Increíble paradoja. Desde ese día, para la gente de teatro ése es un color maldito.
Mmm… Veremos cómo continúa la tragicomedia boquense, compatriotas. Quizá algún día sepamos quién finge acá; quién especula, a quién le duele qué cosa y quién puede llegar a irse de apuro, justo en medio de la función.