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El espectáculo Nisman

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Los escenarios son fundamentales en todos los casos, claves para todos los actores que interpretan las voces protagónicas que representan ideas, emociones y conjeturas, alrededor del fallecimiento de Nisman.

A la derecha de Lagomarsino, un libro dice “La ley y el delito”, puesto en una biblioteca repleta de otros libros vinculados al derecho. Deben haber pensado, entre los abogados y los medios de comunicación, que ese fondo quedaba muy lindo y lógico para el caso. Podrían haber dado la conferencia de prensa en un hotel o en un almacén; pero hasta en los casos de mayor conmoción, parece que el escenario es importante.

En el caso de la Cristina en versión Michetti, con la silla de ruedas como novedad incomprensible, tiene los fondos lógicos y conocidos de la liturgia kirchnerista, con fotos de ella abrazada a Néstor en los momentos más duros de su país. Una foto al fondo levemente cubierta por la cortina, que ella debe haber elegido personalmente, y a la izquierda una botella de agua sin etiqueta con otra foto de la época de su campaña presidencial de 2007, también con Néstor. En Cristina, como en cualquier persona, la representación en un escenario es también parte del juego.

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Los detalles, el recorrido puntilloso de los detalles, también los iguala. Lagomarsino hace de cuenta que puede contar, tal como fue, el día mismo que le entregó el arma, con pedidos y entregas. Lo llama, no lo sorprende el llamado, busca un arma luego de que el fiscal le dijera algo de sus hijas, el café que se hace con una cápsula y un ascensor con cinco personas que no lo dejó despedirse; toma agua.

Cristina, como siempre, vive en el detalle que ella misma relata. Parece saberlo todo, estuvo siempre donde todo sucedió. Alertas rojas de la Interpol, el pedido de Néstor de colocar en la agenda de la reunión con Irán el caso AMIA, cosas de 1996 y un relato detallado del llamado en la madrugada de la ministra de Seguridad. El fiscal dentro del baño, un charco de sangre que sale por debajo de la puerta y hasta se ve un dedo. Escenarios, todos ellos, confortables y cuidados, para la comodidad del detalle. Y también toma agua.

Otro show del detalle lo otorga Santiago Kovadloff, a quien a veces se le entiende menos que a Habermas. Su escenario es la extrema conmoción emocional. Su escenario extendido es el relato pormenorizado de la buscada intimidad del entierro, ya vulnerada por él con sus detalles sobre las hijas y lo que sucedía en el entorno con la tierra golpeando el cajón. El quiebre de la voz, el modo poético de intentar explicar una Argentina que, asegura, no tiene rumbo y en donde nadie estaría ya bien. El culmina en el centro de la escena y de la reflexión lúcida.

Al no tener certezas ni pistas aparentemente muy claras, el mundo Nisman se convierte en debate sobre formas y no evidencias, sobre conjeturas basadas en información difusa y en el uso de todo lo que a mano sirva para dar una opinión. Al no haber contenido, las formas son clave y todo culmina en ellas. La emoción de Kovadloff es el modo irrefutable de expresar que esto ha sido para él un asesinato, mientras el blanco de Cristina y su michettización representan fragilidad y pureza para alguien que ha sido supuestamente la víctima principal. La humildad de Lagomarsino representa la sorpresa del absoluto y contingente inocente. Emoción, fragilidad y sorpresa son el vestuario que viste los roles que ante la opinión pública los protagonistas intentan representar. El jurado de la sociedad argentina los mira, y todos ellos se deben a su público.

El 18 de julio de 1994 me llamó Inés, maestra de mi vida, para decirme consternada que habían volado la AMIA. Yo no sabía qué era eso sólo por pecado adolescente; pero lo que escuchaba no era una actuación, era todo verdad, no había máscaras. Lloraba casi sin poder hablar, como lloraban miles de familiares de las víctimas. A ese episodio, repleto de verdad, se le ha sumado una máscara adicional. Lo de Nisman hoy es un juego de representaciones, formas que batallan por la guerra de las apariencias. Los desesperados llantos de 1994 sólo tienen hoy, como consuelo, el show televisivo de la consecuencia de un intento más, de encontrar la verdad, y encima ya sabemos que al final, en la “tele”, no hay mucho para ver.

*Sociólogo. Director de Ipsos Mora y Araujo.