lunes 05 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS escenario

El fantasma de la inseguridad

Fui a ver El Fantasma de la Opera. Mi hijo Gastón es quien hizo el diseño del sonido, por eso fui a ver El Fantasma. No soy de musicales. Son en general relatos antiguos con mucho despliegue tecnológico. Es más para la imaginación técnica que para las densidades de estos tiempos tan complejos. Me resultó interesante lo que me puse a pensar mientras.

21-03-2009 01:10

A Seguro, libre y exento de todo peligro, le pegaron un tiro.

Fui a ver El Fantasma de la Opera. Mi hijo Gastón es quien hizo el diseño del sonido, por eso fui a ver El Fantasma. No soy de musicales. Son en general relatos antiguos con mucho despliegue tecnológico. Es más para la imaginación técnica que para las densidades de estos tiempos tan complejos. Me resultó interesante lo que me puse a pensar mientras. La historia de una rostridad dañada como la del Fantasma de la Opera, como el Hombre Elefante, la Bella y la Bestia donde el fantasma tiene talento y se esconde para no verse horripilante. Maestro de canto, compositor y régisseur, sabe más que los que son “reconocidos”. Y para el colmo de la imposibilidad se enamora de su alumna y tiene una muñeca que a ella inmola para la agria soledad de los feos. Desde hace tiempo el Fantasma, con los viejos dueños del teatro y los nuevos, comete “acciones” que hacen saber de su oculta presencia. Detrás del telón, detrás de la obscuridad, detrás de la noche… Y como todo cazador ataca con saña y alevosía a quienes representan ser los “dueños del arte”. Ataca al dueño y a su público.
El Fantasma es un enamorado violador con talento único que obliga a todos por temor a que su música sea cantada. ¿Revancha del desposeído? ¿Carencia atómica? ¿Prepotencia psicótica?
Desde siempre, como Discepolín decía, las revelaciones están en los bordes, marginaciones cósmicas con potencias singulares. La fuerza de King Kong. La capacidad amorosa de la Bestia. La ternura infinita del Hombre Elefante. Todos ellos de origen humilde y humillados. En el Fantasma hay talento, odio, audacia y coraje con toda la intensidad del que no puede tener “la belleza”. Porque la belleza es poder adquisitivo de unos unos.
“Si yo hubiese sentido ese odio tal vez hubiera tenido el coraje de enfrentarlos. Ahora sí lo siento”, decía Perón, en el exilio ecuatoriano, refiriéndose al odio de nuestro pueblo que organizó su retorno.
Todos los “seguros” temen la inseguridad. La inseguridad de un fantasma que aparece y “desaparece”. Como el Zorro, como Robin Hood, como el Che. Pero estos eran hermosos y justos. No sabemos –o nos atontamos– que la seguridad quiere garantizar la desigualdad.
Toda la injusticia produce sociedades con fantasmas –como Las Moscas de Sartre– que obligan a tomar medidas; pero sepan que los fantasmas son subversivos y no hay recetas para cazarlos. No son terroristas ni fundamentalistas. Son odios consecuentes con la impudicia.
¿Cómo puede ser que la expectativa de la pobreza sea conseguir monedas? Este es otro perfil del enmascarado.
Y cuando la humillación es hereditaria se vuelve endémica. Erradicarla toma generaciones. Y aunque hubiese justicia el destiempo del capitalismo es pura reververancia. No hay incidencia, reflexión. Y en esa-esta justicia no hay soluciones para encontrar ni verdades que buscar, son sólo procesos burocráticos que nos alivian ontológicamente por un rato. Esperamos que nos barran los desechos, no queremos ni mirarlos ni olerlos. Y la justicia se vuelve la droga que nuestra sociedad necesita. Somos adictos a ella. No cura, pero saca el dolor. Es la morfina que nos aleja de los desechos endémicos que produce el capital. Se alojan en grandes depósitos lejos de la ciudad.
Cuando los fantasmas están vivos, viven en la sombra de los ghettos del excluido. Tienen su lógica donde incluyen la no culpa y una idea blanca de la crueldad… El pescado en pecera ya no sabe del mar.
Cuento: Rip Thorn hacía el rol en inglés y yo en castellano en Nueva York año 1983. Nos conocimos por eso y me contó que su departamento no tenía llave ni tenía puerta. Entraba y salían quien quisiera. No tenía –claro– nada de “valor”. El teléfono era su único servicio al visitante… me invitó a su casa y cuando fui él no estaba. Entonces me quedé un rato en su amplio departamento, hice una llamada y me fui. Había una pecera. ¿Quién querría llevarse una pecera? ¿Quién?
Queda por delante la confianza de un comunismo de hermanos y el salto de los peces que de vez en cuando sucede caprichosamente.
… Voy a cerrar las puertas, las ventanas, me acostaré con mi muñeca y dormiré la dormidera de mi sofá Capitoné. Si golpean el techo, llamaré a la Scotland Yard.

*Dramaturgo, director, maestro, actor y militante.

En esta Nota