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El futuro en la ciudad

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No es ningún secreto: Barcelona es el mejor lugar del mundo para vivir. A quien haya vivido en la capital especial de ese país que tal vez no existe se le hará imposible regresar a ella sin resoplar aires de nostalgia.

Yo estuve aquí en el ruidoso final de los 90 y desde entonces he visto crecer en cada viaje las torres imposibles de la Sagrada Familia, he visto remozar la arena de las playas y erradicar el castellano de los parvularios, he visto aumentar absurdamente las líneas del metro y los edificios transparentes.

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Esta vez me alojan en una de esas zonas inciertas, replanificadas, cerca del polémico edificio Agbar, al cual –por forma y contenido– los lugareños llaman El consolador o –más brutales y más prácticos– La polla. Es que el edificio de Aguas Barcelonas, con su piel de LEDs que dibuja lo que la gente solicite en internet, es el futuro. Y Barcelona tiene siempre para con el futuro dos gestos opuestos y en conflicto. Igual que los míseros humanos. Por un lado, lo reciben, lo invocan y lo nombran; se le erigen torres como falos, se reemplaza la oscuridad arenosa de la piedra por cristal, espejo y luz de LED de todos los colores. Por el otro, se le desprecia y se le teme. La gente busca los pocos cafés modernistas que quedan como tesoros, pero esta misma gente olvida que esos espacios extravagantes y Art Nouveau fueron también alguna vez nouveau y objeto de malentendido y de desprecio.

El futuro en Barcelona es pornografía explícita porque su contraste con las vanguardias (viejísimas cosas del pasado) es enorme.

Casi no se ven parejas heterosexuales. No es que no las haya, pero creo que las que se hacen ver, las que buscan visibilidad con besos y caricias en el metro o en las playas, son las de chico con chico y –sobre todo– de chica con chica. Mis amigos hétero están criando a sus hijos en las casas y estas cosas son menos públicas, menos demostrativas que el triunfo de la libertad sexual y del amor libre, que –tomando revancha en esta ciudad, en nombre de las ciudades futuras de todo el orbe– necesita mostrarse en cada esquina como libertad ganada y para siempre. Pero, aquí, tales demostraciones conviven con viejitas en el metro, que observan resignadas besos, tatuajes y skates como otrora otros viejos anteriores observaran a Picasso. En los negocios tocados por la crisis, los productos y menúes son en ruso: el turista futuro aquí es ruso. En las playas no se escuchan ni el catalán ni el castellano. Los catalanes porque no saben, o no aceptan, que Barcelona es ciudad de playa. Y el castellano ha sido reemplazado por el sueco, el inglés y el alemán de los guiris.

Barcelona es un barrio de la infancia de cada uno; ya no existe. Y en su versión futura uno se siente siempre un dinosaurio que se extingue. Pero es una extinción dulce y melancólica que no duele nada.

Vivir en Barcelona es atisbar el progreso en primera fila, pero comprando la opción segura de elegir no ser parte de él. Porque en el futuro todos estamos muertos.