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El infierno es la familia

Tomas150
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No por vieja deja de ser una muy buena noticia: el Cine Cosmos, que había cerrado sus puertas en enero de 2009, volvió a abrirlas en noviembre de este año, después de que la Universidad de Buenos Aires (que había comprado el edificio entero donde también funciona la sala) invirtiera dos millones y medio de dólares para rescatar un lugar mítico, donde se formaron varias generaciones de cinéfilos porteños. Dicen que la iniciativa fue del rector de la UBA, Rubén Hallu, y que después de un concurso para el cargo, el escritor Juan José Becerra fue elegido como el nuevo director del espacio, que ahora pasó a llamarse Cosmos-UBA. Se acondicionaron los proyectores y las salas funcionarán, frente a la oferta caníbal de los complejos comerciales, como un espacio para exhibir cine independiente nacional y extranjero. Además, para el año que viene, el complejo volverá a ser una de las sedes del Bafici, y ya se anunció que allí se realizará una retrospectiva de la obra de Martín Rejtman, y que se ofrecerán cursos sobre cine a cargo de Sergio Wolf, Mariano Llinás (¿no es acaso el Cosmos el mejor lugar para que Historias extraordinarias, su desbordante película de cuatro horas, tenga finalmente un lugar de proyección acorde a lo ambicioso del proyecto?) y Alan Pauls.

El Cosmos, en la avenida Corrientes al 2046, está abierto, por ahora, de jueves a domingo. Después de ser reinaugurado con una película de Edgardo Cozarinsky, ofrece actualmente tres programas: El pasante, de Clara Picasso; Burma VJ, de Anders Ostergaard; y Ocio, de Alejandro Lingenti y Juan Villegas. Periodista, crítico musical y programador del Bafici, Lingenti se rodeó de varios amigos para llevar adelante su primer largo, en el que adapta (muy libremente) la novela breve homónima de Fabián Casas. El resultado es esta película extraña, por momentos hipnótica, que se incorpora naturalmente a la tradición del llamado “nuevo cine argentino”, pero no al de los últimos años, sino al primero, al de la década del 90 (el Rejtman de Rapado, el Stagnaro de Pizza, birra, faso, el Trapero de Mundo grúa). Dijimos muy libremente: ¿de qué otra manera volcar con éxito al lenguaje cinematográfico una novela que es, básicamente, el monólogo paranoide y en primera persona de un joven (“esta parte en la que estoy, una mezcla de adolescencia y juventud, siempre imprecisa, a la que no lo encuentro la vuelta”) al que se le ha muerto la madre, y que no puede establecer ningún tipo de relación con los vestigios de su familia: su hermano y su padre? “Mi viejo, mi hermano y yo vivimos, cada uno, en zonas diferentes; la distancia que nos separa es la misma que separa a los planetas. Mi vieja era el cruce de caminos donde nos encontrábamos. Era el motor”, escribió Casas, y ese vagar sin brújula, ese vacío existencial es el que retrata la película de Lingenti y Villegas.

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La relación entre cine y literatura suele ser complicada. Los mejores libros raras veces dan buenas películas. Y una novela pésima puede derivar en un gran largo. Pero en Ocio (la película) la literatura es apenas una sugerencia. Y así, se abre paso a una relación nueva: no estaría mal pensar en film y novela como objetos complementarios, ninguno supeditado al otro sino los dos en un mismo nivel, una especie de experiencia multimedia (leer el libro y después ir al cine, o al revés) en el que la experiencia de sentido se dispara y se enriquece.