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El infierno tan temido

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Desde que nos mudamos vivimos en una pesadilla que tiene un nombre propio: Telefónica. La empresa, que desarrolla uno de los managements más siniestros en la historia del capitalismo, obliga a los despistados que aceptan por necesidad imperiosa el trabajo chatarra de la venta telefónica a llamarme todos los días, una, dos y hasta tres veces, para ofrecerme servicios de internet que jamás contrataría con esa empresa aunque de ello dependiera el futuro de la especie humana (de la que Telefónica se ha apartado ya hace tiempo).
Al principio opté por responder con gritos destemplados, amenazas, sarcasmos coléricos que eran recibidos con una mansedumbre de ovejas moribundas que me exasperaba todavía más. Imaginé mi número de teléfono escrito en todos los cubículos de los vendedores telefónicos. El chiste era decidir cada mañana a quién le tocaba hablar con el energúmeno. Cambié de estrategia y empecé a fingirme enfermo, al borde de la muerte, secuestrado: pedía ayuda con un hilo de voz, me declaraba objeto de mil violaciones físicas. Otras veces les preguntaba a las operadoras qué tenían puesto y si tenían la bombachita mojada. Mi marido me dijo que si esas charlas hubieran quedado grabadas me exponía a una denuncia. Pasé a colgar el teléfono inmediatamente cuando me decían que llamaban del Infierno. Una vez, una operadora tuvo el descaro de llamarme nuevamente y preguntarme: “¿Por qué corta?”.
Porque se me da la gana, porque es mi derecho no ser perseguido durante mis horas de trabajo por una empresa cuyos servicios no quise en el pasado ni querré nunca. Ya adherí mi número fijo al registro “No llame”, pero el hostigamiento no ha cesado y ahora leo que rige una excepción para quienes tienen “una relación contractual vigente” con los acosadores. De todos modos, ya interpuse una denuncia y me sumé a los 14 mil hastiados del repiqueteo telefónico. El próximo paso: dar de baja la línea.