Coinciden etólogos y biólogos: el pingüino es uno de los ejemplares del mundo animal que mejor se adapta a las adversidades, a los cambios de condiciones de vida. Quien dude, la prueba: les gusta el frío, es su hábitat, pero también se los encuentra vivos en el Ecuador. Ni dinosaurios, ni mamuts, apenas sobrevivientes. Quien se reconoce “pingüino”, por lo tanto, modifica su comportamiento ante el clima hostil, aun llamándose Néstor Kirchner. Y a pesar de que fue el poco apreciado Sergio Massa quien desplegó el consejo, el ex mandatario aceptó la sugerencia: había que mostrarse diferente, afable, según cierta información técnica de los expertos publicitarios, para lograr otra mirada de la opinión pública. Luego de rabiar un rato –y de gritar: “No crean en las encuestas”–, se entregó Kirchner y ahora se ofrece cariñoso, susurrante, plañidero, con un tono de voz que parece de extremaunción, lexotanilizado en suma. Así se reveló en su discurso tropical del lanzamiento de las candidaturas bonaerenses: parecía otro pingüino, aunque era el mismo.
Simplemente, admitió la camaleónica mutación por los resultados de numerosos “focus groups” que le arrojaron al rostro –núcleos de personas anónimas convocadas para pronunciarse sobre ciertos productos– que indicaban un rechazo general e insalvable por la fiereza de sus mensajes, la belicosidad y crispación con las que los acompañaba. Así el irritable Kirchner se volvió un personaje cercano a esos sacerdotes que cierran las transmisiones televisivas, creyendo que la gente atiende más a las formas del decir que al contenido de sus alocuciones. Casi un agravio al pensamiento, aunque más de uno dude sobre el criterio de quienes van a votar el próximo 28 de junio, electorado que –se piensa– repudia a Kirchner por sus características de energúmeno irascible más que por el saldo de las políticas que instaló en el país. Si fuera así, la Argentina debería mudar de continente, alojarse en el Africa. No está lejos: es un país que vive en vacaciones aun en los períodos de crisis, hoy no funciona el Poder Ejecutivo (envuelto en las convocatorias proselitistas), el Congreso Legislativo se congeló por las campañas y el Poder Judicial, la Corte, ha suspendido dictámenes hasta después de las elecciones. Los sueldos, eso sí, se le pagan a todo el mundo.
El enigma De Vido
Se enorgullece entonces el jefe de Gabinete, se anotó un punto a favor en el entorno de su mandante, aunque nadie sabe si el cambio de modales orales le revertirá la tendencia negativa a Kirchner en la provincia de Buenos Aires o si al menos le alcanzará para detener la caída frente al avance de rivales que parecían de cartón y ahora constituyen una pesadilla. Para Massa es un éxito haber persuadido al santacruceño después de padecer a su vera un exilio despreciable, incluyendo en el cambio no sólo el cambio de tono sino también la catástrofe que habitualmente incluía. Ya no habla de caos, menos de irse con su mujer y, por supuesto, promete la continuidad que nunca debió ser sospechada hasta 2011: es que muchos hombres del Gobierno, también líderes de la oposición, empezaban a barruntar escenarios por si después del 28 de junio el oficialismo renunciaba –Julio Cobos deshoja la margarita al respecto– y convocaba a otras elecciones también anticipadas, pero presidenciales.
De esas máximas alternativas, a otras más pequeñas en el mundo del jefe de Gabinete: le resta el objetivo de convencer a su mandante para que anmistíe al sector empresario de su amistad y, además, que deje de hostigar a Clarín, gestión ésta de dudoso resultado pero que a él le garantiza una mejor exposición fotográfica en todos los medios del grupo, ya que sus instantáneas muliplican por dos cifras a las apariciones de otros ministros. Y todo gratis, por supuesto.
Si Massa sube frente a Kirchner, otro enigma se rumorea en su entorno: Julio De Vido, por decisión propia o imposición de la jerarquía, ingresó en una suerte de ocaso. Si bien visita el distrito bonaerense, asiste a los actos de campaña y hasta formula alguna declaración, su protagonismo ha mermado y se extiende un reconocimiento colectivo de que no participa en responsabilidades de su ministerio que antes eran comunes para él.
En su lugar, casi siempre, aparece un segundo como Roberto Baratta, de imprevista llegada propia a Kirchner y, al parecer, fiel transmisor de cuanta ocurrencia le apetece al ex presidente. ¿Se distanció De Vido de los Kirchner desde que el varón de la familia delató las reuniones del ministro con Hugo Biolcati, las mismas que él había ordenado realizar? Cuesta creer: nadie en el vecindario kirchnerista se ofende con los agravios del jefe, Cancha Rayada para el que lo insinúa. ¿Acaso se recluyó el ministro porque le han encomendado alguna medida extraordinaria para los días previos a los comicios (una estatización, por ejemplo) y esa tarea le insume tiempo completo? Parece difícil: esas nacionalizaciones siempre se improvisaron y, en todo caso, la escuela oficial indica que las correcciones se realizan luego de anunciada la decisión. Se tienta a esa reflexión confiscatoria por los ruidos que producen ciertas importantes empresas o por la llegada de Hugo Chávez, un adalid de las incautaciones y de los presuntos buenos negocios para los contribuyentes de su país: desde que estatizó una compañía de teléfonos, la competidora privada (Telefónica) ha tenido un crecimiento extraordinario, acaba de reconocer que gracias a sus ganancias en Venezuela casi cubre las debacles en otras partes del mundo provocadas por la crisis internacional.
Poco entonces se sabe del enfriamiento que atraviesa De Vido en el Gobierno, propio o ajeno, sólo trasciende que le concede más tiempo a sus pájaros, esa vasta colección en cautiverio que él observa melancólico, atento a los movimientos, amistades o copulaciones, población a la cual distingue individualmente por trinos, colores, procedencias o pelajes. Un hobby al que los Kirchner jamás le concedieron atención: lo que menos les gusta es hablar de jaulas.
Las cuentas no cierran
Casi en silencio el Gobierno impulsa cambios para una medida que soñó determinante para las elecciones. Si éstas ocurrían en octubre, claro: el blanqueo. Pero la urgencia política le hizo olvidar a los Kirchner ese programado acontecimiento que se cierra en septiembre, con lo cual los ingresos adicionales imaginados al presupuesto ya no podrán adornar –como propaganda– los números fiscales previos al comicio. Ni conjeturar que un número determinado de ahorristas ha decidido creer en la Administración y blanquear sus fondos en el exterior. Inclusive, ahora, de acuerdo a la opinión de los votantes de junio, el lanzamiento de la medida hasta puede constituir un fiasco tremendo, al menos para la previsión inicial. Por el momento, la situación se ha estancado y se gasta más en publicidad promoviendo regularización impositiva y repatriación de capitales que lo que han producido las presentaciones para ese menester. Igual, cualquier pronóstico parece atrevido, ya que los blanqueadores seguramente esperarán hasta el final para presentarse, si es que lo hacen.
Conviene tener en cuenta, sin embargo, que hasta para un simple colegial la sola proposición de traer capitales al país supone una contradicción con la política oficial que hasta ahora no logra convencer a nadie para que retire los capitales. No se entiende para qué se convoca al dinero negro cuando no se puede retener el blanco. Cuando, además, las cifras de uno y otro color son tan disímiles. Está claro, salvo milagros no vistos, que jamás el nuevo blanqueo podría devolverle al país los 23 mil millones de dólares que se fugaron –para utilizar una falsa jerga progresista– sólo en el curso de 2008. Tendencia que, por otra parte, este año persiste gracias a la desconfianza que genera el Gobierno. Esta realidad de partida de capitales hace añicos la propia y discutible afirmación de Néstor Kirchner en campaña: por negociar bien la deuda externa, sostiene, hicimos que se quedaran en el país 70 mil millones de dólares. Frente a esa propaganda, lo notable es la facilidad con la cual esos dólares se van de la Argentina. Un modelo que se muerde la cola.
Al margen de la discusión sobre la oportunidad del lanzamiento, hay otras sobre las características inequitativas del blanqueo en marcha que, salvo en Turquía, no registra comparaciones con otros ocurridos en el mundo. Un señor con dinero negro en el exterior, de cualquier origen, con apenas un costo de 1% –por utilizar un posible ejemplo– puede construir un edificio de 100 millones de dólares en Puerto Madero. Una flagrancia contra aquellos que invierten o han invertido con los correspondientes tributos pagos y al día. O la casi graciosa pena de aplicar 8% para aquel que diga que dispone de tantos fondos depositados en el exterior, los cuales confiesa pero que no piensa traerlos al país. Ni se habla ahora de las lucubraciones que, en el mercado financiero, se realizan sobre la aplicación del blanqueo por la compra de títulos públicos. Aún con estas ventajas que rebelan a quienes han honrado con sus impuestos, el blanqueo no termina de convencer a los posibles beneficiados. A pesar de que el titular de la AFIP, Echegaray, y el Procurador del Tesoro, Guglielmino, en los últimos días han exhibido voluntades y escritos para garantizarles tranquilidad a los que incurran en la regularización. Sucede que ciertos riesgos, provenientes de una ley que no se derogó –la 19.359- y que, en apariencia, el Gobierno ya no está en capacidad de derogar, complica a los eventuales participantes.
Blanqueo de dudas
Echegaray hace esfuerzos, giras, promueve seminarios y explica que no habrá complicaciones impositivas para aquellos que se inscriban en el nuevo marco; en simultáneo, el procurador se ha pronunciado asegurando que la Justicia se abstendrá, por un dictamen ad-hoc, de interesarse en las formas que los posibles aportantes obtuvieron sus fondos y los exportaron del país. Pero aquella ley vigente de uno de los pasados regímenes militares, sobre mercados y delitos cambiarios, de los tiempos en que Aldo Ferrer o Cayetano Licciardo actuaban como ministros de Economía, todavía ejerce sombras y dudas en quienes podrían acogerse al nuevo régimen.
A estos no les alcanza la promesa de los funcionarios, ya que no suelen creer en la palabra de los hombres –si así fuera quizás no hubieran hecho sus fortunas—y, en consecuencia, además de saber que esos funcionarios no permanecerán toda la vida en sus cargos, también saben que ciertas lagunas jurídicas les pueden complicar el patrimonio. Aun cuando su deseo se reduzca a transparentarlo.
Tal vez, para ser benévolos, forzadamente se pueda aceptar la garantía de la AFIP de que no se investigará el origen de los fondos (aunque, claro, la justificación de grandes aportes para empresas argentinas siempre estará rodeada de sospechas en el futuro). Quizás el organismo actúe más adelante como hoy asegura su jefe (¿también en grandes volúmenes, si estos llegan a aterrizar?). Pero lo de Guglielmino resulta aún más complicado: asume que ni la Justicia ni ningún miembro de ella –según su criterio– se preocupará para aplicar castigos o penas económicas (de hasta diez veces el monto declarado) como establece y reza la norma de l971.
Allí hay un nudo difícil de resolver, por no hablar de las exigencias burocráticas que se pueden demandar al respecto (por caso, las boletas de cambio de dólares de hace 10 o 15 años atrás). Para avalar su pensamiento, hace pocos días Guglielmino emitió un dictamen en ese sentido, luego de dirimir en apariencia entre dos dictámenes contrapuestos que firmaron conspicuos asesores jurídicos del Banco Central (uno de María de Urquiza, en contra, y otro de Gabriel Del Mazo –un heredero del historiador del radicalismo–, a favor). En verdad, este posible dilema de expertos del BCRA, más que un santo mandamiento del procurador pareció explicar una picardía de la cual no ha sido exento Martín Redrado: es que para justificar la palabra de Guglielmino, por reglamento, la Procuración debía contar con dos dictámenes confrontativos, los que a esta altura de las circunstancias –aparte del respeto profesional que merecen los firmantes–, en rigor, parecen haber sido funcionales a la necesidad reglamentaria de la actuación del Procurador, hombre que ocupa el cargo por su filiación y devoción a quienes diseñaron la norma del blanqueo. Más que una controversia, ésta se ha generado para que Guglielmino avale a Del Mazo –y de paso lo felicite, lo cual no debería ser una mención de doctrina para el asesor letrado–, favoreciendo al que entiende que la Justicia o los fiscales no intervendrán en el futuro para ver si cumple o no una ley vigente. Interesados quizás en el origen de los fondos o los mecanismos utilizados para la compra y salida de dolares del país.
Por lo tanto, se encontró a alguien cercano en el BCRA que se expidió en contra (Urquiza) y luego a otro de la misma inmediatez que lo hizo a favor (Del Mazo), laudando por último Guglielmino como garante de última instancia de que se olvidará la aplicación del Derecho. O de una norma. Más allá de palabras y firmas, los que están dispuestos a blanquear sus capitales quizás deseen ver el blanqueo primero del asesor jurídico o del propio Guglielmino, si llegaran a tener fondos en el exterior, antes de internarse ellos en el procedimiento.